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“No a la guerra”: lenguaje, memoria y responsabilidad política

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El “No a la guerra” no es solo una consigna; es un símbolo profundamente arraigado en el imaginario social español. Desde las movilizaciones contra la invasión de Irak, en 2003, esa expresión condensa una ética cívica: el rechazo a la violencia como herramienta política y la defensa del derecho internacional. Entonces, millones de personas entendieron que no solo estaba en juego una guerra lejana, sino algo más profundo: los límites de lo que una democracia debe aceptar.

Hoy, ese debate sigue vigente, pero no solo en el terreno moral, sino también en el lenguaje. Porque las guerras no empiezan únicamente con misiles: empiezan con palabras. La forma en que se nombran los conflictos condiciona cómo los entendemos y qué estamos dispuestos a aceptar. Como bien explica George Lakoff, quien define el marco del debate define también la realidad política. Hablar de “intervenciones”, “operaciones de seguridad” o “respuestas defensivas” no es neutral; es una forma de suavizar, legitimar o desplazar responsabilidades.

La guerra de Irak es un ejemplo claro. Se construyó sobre una idea repetida hasta la saciedad: la existencia de “armas de destrucción masiva”. Aquella expresión no solo informaba, sino que creaba un marco de urgencia y amenaza que justificaba la intervención. Después se demostró que no era cierto, pero el daño ya estaba hecho. Hoy, en el contexto de Irán, vemos dinámicas similares. Se habla de “ataques preventivos”, de “disuasión” o de “seguridad nacional”. Son términos que sugieren necesidad y defensa, incluso cuando lo que está en juego es una acción que vulnera la legalidad internacional. 

También en España se libra esta batalla por el lenguaje. El PP se mueve en la posición compleja de autodefinirse por oposición al Gobierno de Pedro Sánchez. Esa estrategia le lleva a adoptar posturas que, en ocasiones, recuerdan a la lógica de 2003: alineamiento con determinados aliados y apelaciones abstractas a la estabilidad, incluso cuando el consenso social es más crítico. Al mismo tiempo, el rechazo a medidas internas, como el decreto orientado a proteger a la ciudadanía, queda atrapado en una dinámica de confrontación que prioriza el desgaste político sobre el debate de fondo.

Vox refuerza ese marco con un lenguaje más directo y polarizador: “enemigos”, “amenazas” o “respuesta contundente”. Es un vocabulario que simplifica la realidad y facilita la aceptación de soluciones drásticas. Frente a ello, la izquierda insiste en términos como “derechos humanos”, “legalidad internacional” o “protección social”. No son solo diferencias ideológicas: son formas distintas de construir la realidad.

A este marco se añade el uso de los derechos de las mujeres en Irán como argumento moral de la derecha. El problema no es denunciar esas vulneraciones, que existen, sino utilizarlas de forma selectiva para justificar posiciones políticas o militares. Un ejemplo especialmente revelador es el uso del argumento feminista de Isabel Díaz Ayuso apelando a la situación de las mujeres iraníes para criticar posiciones contrarias a la intervención. Sin embargo, esa apelación plantea una contradicción evidente: los mismos actores políticos mantienen relaciones estrechas con países como Arabia Saudí o Qatar, donde los derechos de las mujeres también están seriamente limitados. Desde alianzas económicas hasta grandes eventos deportivos, el criterio parece variar según el contexto.

Como advierte Lakoff, los marcos no solo describen el mundo: lo moldean. Y cuando se utilizan de forma selectiva, distorsionan el debate público. Por eso el “No a la guerra” sigue siendo relevante. No como consigna automática, sino como ejercicio de memoria y de responsabilidad. Recordar Irak no es mirar al pasado, sino entender cómo se construyen los relatos que hacen posible una guerra.

Porque, en última instancia, las palabras no solo describen la realidad: marcan los límites de lo aceptable. Y cuando esos límites se, lo que se debilita no es solo el debate público, sino la propia democracia. Decir hoy “No a la guerra” es también decir “no” a la manipulación del lenguaje. Es exigir claridad, coherencia y responsabilidad. Y es, en definitiva, una forma de compromiso cívico con una idea sencilla, pero fundamental: que la paz también se defiende con palabras.