¿Hubo alguna vez un soviet vitoriano?

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En uno de sus libros de memorias ('En busca del tiempo servido') así lo recordaba Manuel Fraga y no es inhabitual escuchar algo similar de algunos de los que estuvieron en ese conflicto que acabó dramática y violentamente aquel 3 de marzo de 1976. Estos días, un grupúsculo comunista invita a asistir a una charla titulada '50 años del soviet de Vitoria'. ¿Existió eso alguna vez?

Un soviet es, en principio, una manera de organizarse los trabajadores desde la base, de manera autónoma y mediante la democracia directa. En ese sentido, lo de Vitoria fue lo más parecido a un soviet. Los huelguistas se organizaron mediante asambleas, voto a mano alzada y comisiones representativas negociadoras. Lo hicieron porque, desde un principio, prescindieron del Sindicato Vertical, tanto por verlo ineficaz y contrario a sus intereses, como por presionar en esa línea sus dirigentes, entre los que eran minoría los partidarios del entrismo en ese organismo (el PCE y sus Comisiones Obreras afines). A partir de ahí, no tuvieron otra que acudir a los mecanismos primarios de reunión, debate, toma de acuerdos y traslado y negociación de estos: la democracia directa. No eran convencidos de las tesis consejistas de Rosa Luxemburg o de Anton Pannekoek, sino que acudieron a esa fórmula de manera instintiva. Y de ahí salieron sus dos dirigentes principales, Tomás Echave y Jesús Fernández Naves, representando respectivamente esas dos líneas autonomistas: la vanguardista marxista y la autoorganizativa más libertaria. Naves, de hecho, reconoció que la primera vez que leyó a Pannekoek fue estando ya en la cárcel, después de marzo.

Las ocho semanas de huelga vitoriana a comienzos de 1976 fueron un ejemplo de autoorganización obrera, desarrollando un sistema muy sofisticado, a la vez que simple, para sus más de seis mil huelguistas, sus familias y el resto de la ciudad. El organigrama de asambleas diversas; el delicado papel de sus representantes, a caballo entre el impulso vanguardista y la simple representación; las cajas de resistencia y el reparto establecido de ayudas según las diferentes situaciones familiares; el protagonismo de las mujeres de los trabajadores en la difusión y denuncia en la calle del conflicto; la conexión con la disposición de los no huelguistas que les apoyaban; la capacidad para resistir juntos y no declinar ante procesos localizados de negociación en algunas empresas; o la manera de convertir un conflicto laboral en otro popular que alcanzase a buena parte de la ciudadanía local son expresiones de esa alta calidad organizativa que lograron. Además, a cargo de una clase obrera que se estaba constituyendo en ese momento a partir de la experiencia que vivía, y de unos dirigentes que tampoco venían bregados por situaciones anteriores. No extraña que uno de los puntos de tensión entre la dirección de la huelga fuera por la mayor o menor confianza en la capacidad de aprendizaje de la clase obrera en su experiencia de conflicto. Los resultados prácticos respaldaban a los más partidarios de la autoorganización, en perjuicio de los vanguardistas.

Las ocho semanas de huelga vitoriana a comienzos de 1976 fueron un ejemplo de autoorganización obrera, desarrollando un sistema muy sofisticado, a la vez que simple, para sus más de seis mil huelguistas, sus familias y el resto de la ciudad

Pero, además de ser una forma de organizarse en un conflicto, un soviet es un instrumento de intervención política revolucionaria. Así fue en la historia. En este punto es más complicado asignarle la denominación. El conflicto vitoriano fue laboral 'sensu stricto' y su politización fue posterior a él. Durante el franquismo, cualquier demanda social tornaba en política por la propia incapacidad e indisposición del régimen. Se pedía un paso de peatones, la policía disolvía la manifestación vecinal, detenía a algún portavoz y la cosa devenía en una impugnación de la dictadura. Así se politizaron también los obreros vitorianos, pero las demandas durante el conflicto no se salieron del marco laboral. No hay constancia de otras más políticas. Estas aparecen meses después, cuando la Transición arranca de verdad, cuando la calle se agita todavía más y cuando las vanguardias partidarias se manifiestan en su lenguaje sin limitaciones, cosa que sí respetaron durante la huelga para mantener la unidad.

En ese sentido, la radicalidad organizativa no tiene su correspondiente política porque no aspiró a transformar nada más allá que sus condiciones de trabajo, y las vanguardias tuvieron un tiempo limitado para incidir en esa experiencia. Fue después cuando esto comenzó. Los huelguistas impugnaron el Vertical e impusieron la lógica de la negociación directa. Así fue después de marzo, cuando se acordó empresa a empresa la tabla reivindicativa que llevaban. Pero no hubo ninguna propuesta revolucionaria y ni siquiera política, como, por otra parte, fue la tónica de la mayoría de los conflictos laborales de ese instante y en ese lugar. Después, se insiste, se añadieron otros ingredientes, y en otros lugares, como las provincias vascas del norte, ya aparecían con antelación estos en sus demandas, pero aquí y entonces no fue así.

De hecho, este tema lo reflexionan los libros de memorias políticas de protagonistas de la huelga (Echave, Val del Olmo) y lo comentaron otros en entrevistas o charlas (Naves, Olabarría). Los de partidos trotskistas o maoístas también le dieron vueltas (Iñaki Martín, Juanjo San Sebastián, Alberto Martínez de Lahidalga, los hermanos Ruiz, Subiés). Los del PCE (Lecuona, Otaegui) se vieron en minoría y se apartaron de ese debate, sin ni siquiera entablar o insistir en otro alternativo. En general, con la evidente excepción de los asamblearios estrictos y antipartido, se lamentaron de no haber dirigido más el conflicto, de no haberlo derivado a una mayor confrontación, y se reservaron la experiencia para traducirla políticamente en favor de sus demandas durante la Transición. Ahí se politiza fuertemente la situación vitoriana y el recuerdo de marzo, todavía en los términos del radicalismo sindical, que no de la nacionalización del mismo, muy posterior y con otros agentes casi por completo ausentes en su origen.

La historia y la memoria del Tres de Marzo son por eso complejas de conciliar. Se recuerda un proceso muy radical en sus formas, trágico en su resolución, antagónico del relato transicional. Pero lo hace en una construcción memorial donde, además de aparecer un nacionalismo vasco ajeno a aquello, se actualiza sobre la base de que aquel radicalismo persistió en el tiempo, cosa discutible. La experiencia vitoriana radicalizó y extremó después las relaciones laborales locales, pero no solo por ella, sino por el lugar donde se desarrollaban. Ahí, por ejemplo, ejerció más influencia el entorno de violencia terrorista y de violencia social mantenido en la segunda mitad de los años setenta y en los ochenta. O derivó en esa segunda década el protagonismo de una lucha sindical radicalizada a los trabajadores de Michelin, cuando estos no habían participado directamente de la experiencia de Marzo. 

Ahora, al cabo de cincuenta años, se plantea qué recordar de aquello: si solo ese radicalismo y el de quienes se atrincheraron en él después para impugnar ese tránsito a una democracia, con sus añadidos terroristas en la práctica y ultranacionalistas en el objetivo final, o si cabe incorporar la memoria de quienes lo tienen como una tragedia en el marco de esa transición de un régimen de dictadura a otro de democracia que defienden. La primera fórmula puede ser más ajustada a lo sucedido —aunque solo en parte, porque sobran los añadidos exóticos posteriores— y la segunda es más integradora y coherente con el tipo de sociedad en que todos vivimos (incluidos los resistentes).