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El libro 'El silencio de tu muerte' rescata la historia del aprendiz de un empresario nazi en Hernani

A. Lliteras

30 de septiembre de 2026 21:46 h

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Felipe González Arana tenía apenas 14 años cuando cruzó por primera vez la puerta de Talleres Hernani. Corría el año 1944 y la Segunda Guerra Mundial se acercaba a su desenlace. Mientras el Tercer Reich comenzaba a desmoronarse en Europa, en la localidad guipuzcoana un adolescente que había sobrevivido a la Guerra Civil y al exilio encontraba trabajo como aprendiz de tornero fresador en una empresa fundada por un alemán llamado Erich Schröder. Ocho décadas después, a sus 95 años, Felipe conserva recuerdos que permiten reconstruir uno de los capítulos menos conocidos de la posguerra vasca: la presencia de empresarios alemanes vinculados al nazismo en Euskadi y las huellas que dejaron en la sociedad de la época.

La historia ha sido recuperada por su nieto, periodista y escritor, Josu González, en el libro El silencio de tu muerte. A partir de los recuerdos familiares, la ficción se adentra en un terreno donde se cruzan la memoria de contienda española, la llegada de ciudadanos alemanes a la España franquista, las redes económicas que sobrevivieron a la derrota nazi y algunos de los silencios que todavía persisten en la historia reciente de Euskadi. El relato de Felipe no es el de un dirigente político ni el de un militar. Es el de un trabajador que observó desde dentro una realidad que durante décadas apenas fue objeto de atención pública.

Fue un niño refugiado durante la Guerra Civil, un adolescente que encontró trabajo en una empresa dirigida por un alemán vinculado al nazismo y un hombre que observó cómo Euskadi atravesaba algunas de las transformaciones más profundas de su historia contemporánea

Un regreso a una Hernani devastada

Su infancia quedó marcada por la Guerra Civil. Entre 1936 y 1939 permaneció refugiado en Francia junto a su familia mientras el conflicto arrasaba buena parte del territorio vasco. Cuando regresó a Hernani, la imagen que encontró era la de una localidad golpeada por la guerra. Su propia vivienda había quedado destruida y la necesidad económica condicionaba el día a día de muchas familias. Como tantos otros vecinos, los González Arana tuvieron que empezar prácticamente de nuevo en un contexto de escasez y reconstrucción.

Con el paso de los años comenzaron a instalarse en la zona varios empresarios alemanes relacionados con la industria metalúrgica. En un entorno donde el empleo era escaso, aquellas empresas se convirtieron rápidamente en una oportunidad para muchos jóvenes. Conseguir un puesto de trabajo significaba estabilidad económica en una época en la que sobrevivir seguía siendo la principal preocupación de numerosas familias. “Y claro”, explica Josu González, “claro, todos quieren trabajar ahí”.

Fue en ese contexto cuando Felipe entró como aprendiz en Talleres Hernani. Durante cuatro años aprendió el oficio de tornero fresador en una fábrica dedicada principalmente a la producción de bisagras, herrajes y otros componentes metálicos destinados tanto al mercado español como al extranjero. Como ocurría con muchos trabajadores de la época, desconocía cuál era el destino final de buena parte de las piezas que fabricaban.

El empresario alemán

El fundador de la empresa era Erich Schröder, una figura que todavía hoy despierta interrogantes. Felipe lo conoció siendo apenas un adolescente y su recuerdo está marcado por la cercanía personal que desarrolló con él. Lejos de percibirlo como un jerarca nazi o como un personaje vinculado a los grandes acontecimientos de la época, lo veía como el hombre que ofrecía empleo a decenas de familias en un momento de enormes dificultades económicas. “Erich fue muy amable conmigo; se portó muy bien y al saber que yo había perdido a mi padre y durante la Guerra Civil me cuidó”, cuenta Felipe.

La relación entre ambos fue estrecha. El vasco frecuentaba Villa Annelise, la residencia familiar de Schröder en Hernani, bautizada con el nombre de una de sus hijas. Allí compartió momentos con la familia del empresario y conoció a quien siempre recuerda como “el patrón”. El vínculo fue tan cercano que Schröder llegó a asistir a su boda y, según relata Felipe, incluso le ofreció una vivienda para él y su esposa cuando más lo necesitaban.

La imagen que conserva de aquel hombre está llena de matices. Por un lado, recuerda a alguien que se preocupó por él y por otros trabajadores. Por otro, describe a una persona de carácter duro, exigente y profundamente autoritaria, fruto de la ideología que inspiraba su vida. La disciplina dentro de la fábrica era una norma innegociable y quienes no cumplían con las expectativas podían ser despedidos o relegados a los trabajos más duros.

Los documentos que apuntan al nazismo

La visión personal de Felipe contrasta con la documentación histórica existente sobre Schröder. Diversos informes elaborados por los servicios de inteligencia aliados tras la Segunda Guerra Mundial situaron al empresario alemán dentro de la órbita principal del nazismo. Uno de ellos, un informe Safehaven fechado el 29 de diciembre de 1945 y elaborado a partir de investigaciones británicas y estadounidenses, señalaba que Talleres de Hernani S.A. podía constituir una estructura destinada a ocultar la propiedad de bienes alemanes en España una vez consumada la derrota del Tercer Reich.

Según ese mismo documento, Erich Schröder ocupaba una posición relevante dentro de la organización nazi en su región de origen. Las investigaciones también apuntaban a su hermano Paul —o Pablo— Schröder, descrito como un “nazi activo”, y señalaban que ambos estaban siendo objeto de seguimiento en el marco de las medidas impulsadas por los aliados para localizar y bloquear activos relacionados con el régimen de Hitler.

La España franquista se convirtió durante aquellos años en un refugio para numerosos ciudadanos alemanes vinculados de una u otra forma al nazismo. La afinidad ideológica entre ambos regímenes, unida a las relaciones económicas y políticas existentes desde la Guerra Civil, facilitó que algunos de ellos encontraran en territorio español un lugar donde establecerse y desarrollar actividades empresariales e incluso utilizar el territorio nacional como trampolín para buscar refugio y radicar en Sudamérica. La cercanía de Gipuzkoa con la frontera francesa añadió además un valor estratégico a la zona durante los últimos años de la guerra y la inmediata posguerra. En apenas seis semanas, entre mayo y junio de 1940, la Alemania nazi conquistó Francia mediante una rápida ofensiva militar. 

“Estamos perdiendo la guerra”

Felipe conserva recuerdos que reflejan el clima que se vivía entre algunos de aquellos alemanes instalados en Euskadi mientras el Tercer Reich se derrumbaba. Con el avance aliado y la evidencia de una derrota cada vez más cercana, las conversaciones sobre la guerra se hicieron frecuentes. El joven trabajador escuchaba aquellos comentarios sin llegar a comprender entonces toda su trascendencia histórica. “Vaya, estamos perdiendo la guerra…”, le decía en ocasiones Schröder. Hoy, más de ochenta años después, Felipe resume aquella situación con una frase tan sencilla como contundente: “Perdieron y agacharon las orejas”.

Durante la entrevista con elDiario.es, el nonagenario también recuerda una reflexión sobre la crudeza de los conflictos armados. A su juicio, las guerras terminan desdibujando las fronteras morales entre los bandos y empujan a las personas a actuar únicamente para sobrevivir. Como ejemplo menciona que, en los frentes más extremos de la Segunda Guerra Mundial, algunos soldados alemanes llegaban incluso a robar combustible a sus propios compañeros para evitar morir congelados en condiciones extremas. Sálvese quien pueda.

Los visitantes de Villa Annelise

Entre los recuerdos más llamativos de Felipe figura el día en que Schröder le pidió que acudiera a la estación de tren de Hernani para recoger a un ciudadano alemán recién llegado. El joven aceptó sin hacer preguntas y trasladó al visitante y sus maletas hasta Villa Annelise. Nunca supo exactamente quién era aquel hombre, aunque conserva la impresión de que ocupaba una posición importante. Felipe recuerda que era alguien “con estudios” y con cierta relevancia dentro de aquel círculo de relaciones que orbitaba alrededor de la residencia del empresario alemán. La escena forma parte de una memoria fragmentaria que, observada desde el presente, permite intuir la existencia de contactos y movimientos que siguen siendo objeto de investigación histórica. Como ocurrió en otros puntos de España, el País Vasco fue también escenario de la presencia de ciudadanos alemanes que buscaban reorganizar sus vidas tras el colapso del régimen nazi. 

Una pistola entre Hitler y ETA

Uno de los hallazgos más llamativos de la investigación de Josu González establece un inesperado puente entre la historia de los empresarios alemanes asentados en Euskadi tras la Segunda Guerra Mundial y otro de los episodios más traumáticos de la historia vasca. Mientras figuras como Erich Schröder encontraban refugio y oportunidades de negocio en Gipuzkoa, la industria vasca mantenía desde años atrás vínculos comerciales con Alemania. Entre esas empresas figuraba Unceta y Cía., fabricante de las pistolas Astra en Gernika, que durante la contienda suministró miles de armas al régimen nazi. Décadas después, una de aquellas pistolas emprendió el camino inverso. El arma utilizada por Francisco Javier 'Txabi' Etxebarrieta en el asesinato del guardia civil José Antonio Pardines en junio de 1968 —considerado el primer asesinato de ETA— había formado parte de las partidas adquiridas previamente por la Alemania de Hitler. El recorrido de aquella Astra, fabricada en Euskadi, enviada al Tercer Reich y devuelta años después al País Vasco, conecta de forma simbólica dos de las grandes violencias que marcaron el siglo XX europeo: el fascismo y el terrorismo. 

Los silencios que permanecen

Para Josu González, la investigación no responde únicamente a una inquietud histórica. También nace de una experiencia familiar atravesada por la violencia de ETA. Uno de sus tíos, funcionario de prisiones en Martutene, se vio obligado a abandonar su entorno habitual debido a las amenazas recibidas. La propia cárcel fue escenario de algunos de los episodios más duros de aquellos años. “En Euskadi hay muchas cosas que no se han hablado”, cuenta Josu. La frase resume buena parte del espíritu de 'El silencio de tu muerte'. El libro busca rescatar historias que quedaron enterradas bajo décadas de silencio, miedo o simple desinterés. Historias que ayudan a comprender cómo los grandes acontecimientos del siglo XX dejaron huellas profundas en la vida cotidiana de miles de personas.

Con todo, a sus 95 años, Felipe González Arana sigue siendo uno de los pocos testigos vivos capaces de contar aquella realidad desde la experiencia directa. Fue un niño refugiado durante la Guerra Civil, un adolescente que encontró trabajo en una empresa dirigida por un alemán vinculado al nazismo y un hombre que observó cómo Euskadi atravesaba algunas de las transformaciones más profundas de su historia contemporánea. Su memoria no ofrece respuestas sencillas ni juicios absolutos. Precisamente por eso resulta tan valiosa. Porque recuerda que la historia rara vez se divide entre buenos y malos, y que detrás de los grandes acontecimientos siempre hay vidas corrientes marcadas por contradicciones, pérdidas y silencios.