Mujeres mayores que rompen prejuicios al vivir solas: “Soy feliz así. Vivo sola sin sentirme sola gracias a mis amigas”
Cuando se habla de una mujer que vive sola inmediatamente en el imaginario colectivo aparece la figura de una anciana triste, en una situación de salud física, psicológica y social negativa que vive una soledad no deseada, pero gran parte de ellas -por no decir la mayoría- son mujeres mayores a las que vivir solas no supone una experiencia negativa, tanto si eligieron libremente este estilo de vida en su juventud para independizarse de su familia de origen como si han llegado a ella por circunstancias vitales sobrevenidas, tales como la viudez o la ruptura de pareja, entre otras. “Tengo 77 años, empecé a vivir sola antes de cumplir los treinta. No he seguido el modelo tradicional de familia y, por eso, la gente en aquella época me miraba raro, me decían cosas. Pero yo seguí con mi vida, con lo que quería hacer”, reconoce una de ellas, mientras otra confiesa que es la viada que siempre ha querido tener. “Yo tengo 88 años, y he vivido sola desde los 29 años. Aunque en aquella época era muy raro ser mujer y vivir sola, sin marido ni hijos, yo tenía claro que era mi vida, la que quería hacer”, asegura.
Estos son dos de los testimonios recogidos en el informe resultado de la beca que concede el Instituto Vasco de la Mujer (Emakunde) ‘Mujeres mayores que viven solas en la Comunidad Autónoma de Euskadi: ¿permiso social concedido?’ realizado por los investigadores Iratxe Herrero y Carlos Díaz de Argandoña y que busca conocer qué aspectos socioculturales pueden condicionar negativamente el modo en que las mujeres mayores que viven solas afrontan esta experiencia, para establecer las medidas oportunas que reduzcan su vulnerabilidad y garantizar su calidad de vida. El estudio llega, entre otras, a la conclusión de que vivir sola no equivale obligatoriamente a sentirse sola como se desprende de la imagen estereotipada que la sociedad tiene de las mujeres mayores.
“Antes nos casaban para siempre. Nadie se separaba, ninguna de las de mi edad lo hacíamos, ahora ya es más normal separarse y, entre las que somos mayores, es más normal hacerlo si tenemos sesenta y tantos, pero en las más mayores, las que viven solas yo veo que son viudas en su gran mayoría”, detalla una de las participantes de la investigación que, a diferencia de las mujeres, sostiene que los hombres mayores, generalmente, “no aguantan tanto viviendo solos y buscan una solución en cuanto pueden: una pareja o irse con la familia”.
Quiero hacer yo las cosas todo lo que pueda, sin ayuda, pero si algún día tengo que hacerlo, la pediré
La realidad de la que parte el estudio es que del total de las personas que viven solas en Euskadi, el 32,5% son mujeres de 65 y más años, y la mayoría de ellas, un 75,4%, son viudas. Así, en la etapa vital de la vejez, resulta más probable vivir sola siendo mujer que siendo hombre, si bien influye el género en la percepción social de las personas mayores que viven solas. Además de la parte teórica de la investigación, se cuenta con entrevistas a 54 mujeres con edades comprendidas entre los 65 y los 97 años que viven solas en Euskadi. “Desde siempre he sido muy independiente para hacer las cosas también porque he elegido vivir sola desde joven. Estoy acostumbrada a ir al cine sola, a conciertos, me gustan las manualidades, leer, cosas que puedo hacer sola y que disfruto haciéndolas”, defiende una de ellas. Otra de las entrevistadas, por su parte, considera que estar sola no es un “handicap” para ella. “Me gusta hacer muchas cosas estando sola: leer, pintar, escuchar música, son cosas que no hace falta que esté acompañada para hacerlas. Por eso yo veo que estar sola para mí no es un handicap”, reconoce.
La mayoría de estas mujeres que viven solas, como sucede también en el caso de la población mayor en Euskadi, es decir, contando también a la población masculina, son personas autónomas y con un buen estado de salud, lo que facilita que cada vez haya más mujeres que vivan solas, durante más tiempo y con una buena calidad de vida. Sin embargo, también hay mujeres que presentan alguna enfermedad o discapacidad que les genera, en algunos casos, cierto grado de dependencia. En estas situaciones, y para continuar viviendo solas, algunas de ellas resuelven sus necesidades de cuidados a través de la ayuda familiar, de servicios privados o de recursos públicos de atención como, por ejemplo, el servicio de ayuda a domicilio, los servicios de comida a domicilio, el sistema de telealarma o los centros de día, lo que les permite tener la autonomía suficiente para seguir con este estilo de vida. En aquellos casos en que, por diferentes circunstancias, la atención de la familia o de los recursos no es suficiente para garantizar su autonomía, suele resultar muy complicado para estas mujeres seguir viviendo solas, aunque este sea su deseo. “Quiero hacer yo las cosas todo lo que pueda, sin ayuda, pero si algún día tengo que hacerlo, la pediré. Ahora no me preocupo, ya se verá si se da el caso”, reconoce una de ellas.
Muchas de ellas, pese a su autonomía o independencia, siguen cuidando algo que algunas ven como algo positivo, mientras que otras le ven su parte negativa. “El cuidado a otras personas, eso es en lo que están entrenadas, para lo que les han preparado. Eso se nota mucho más en las que viven solas y son madres y abuelas. Que muchas siguen cuidando a otros a pesar de estar viviendo solas. Hay amigas que viven solas como yo y me dicen: ”Cuidando a los nietos estoy feliz, con mis hijos en casa estoy feliz…“ Bueno, pues no sé yo si será tanto como dicen. Yo creo que es que creen que de otro modo no van a ser felices, que es lo que se nos ha dicho a las mujeres toda la vida”, reconoce una de las entrevistadas.
Vivo sola muy contenta, tengo amigas con las que salir. Para mí, tener amigas, amigos, es lo que me facilita vivir sola sin sentirme sola. Saber que estás acompañada en la vida, aunque vivas sola en tu casa
Para muchas la clave para vivir sola, pero no sentirse sola, son las amigas. “Tengo buenas amigas y gente también con la que trabajé y como siempre he vivido sola, pues he cultivado mucho las amistades y ahora que soy mayor las conservo y eso se nota”, señala una de ellas. “Yo vivo sola muy contenta, tengo amigas con las que salir. Para mí, tener amigas, amigos, es lo que me facilita vivir sola sin sentirme sola. Saber que estás acompañada en la vida, aunque vivas sola en tu casa”, reconoce otra. Mientras que una tercera considera que esas relaciones sociales son las que están cambiando a mejor su experiencia de vivir sola. “Necesito mucho las relaciones sociales y, si no las tuviera, yo creo que es lo que me haría vivir diferente porque, al final, el problema no es vivir sola, el problema es no tener afecto y esa es una cuestión ligada a tus relaciones, no a si vives sola o acompañada”, sostiene.
Para ello, es fundamental que la familia y el entorno apoyen la decisión de estas mujeres de seguir viviendo sola siempre que su estado de salud se lo permita. En el estudio, no obstante, se ha visto que no es siempre así y que miembros de la familia impiden que las mujeres mayores sean libres y tomen las decisiones que quieran. “Con lo que me ha costado hacerme a vivir sola y a salir yo sola, y mi hija no me deja, y venga llamarme y hoy me dice: ”Cómo vas a venir a mi casa tu sola, en autobús, yo te voy a buscar“. Yo que me había animado a hacerlo, hoy me llama y me dice que no, que viene a buscarme. Y ya no me deja hacerlo a mí. Me trata como a una niña”, lamenta una de las entrevistadas. Otra, incluso habla de control. “Me llama todos los días, que ya no sé ni qué decirle. Y si me llama y no le cojo tengo un montón de mensajes. Me controla, no me deja hacer nada sola. Ni estar con mis amigas o haciendo actividades. Me llama, qué haces, dónde estas, con quien estás”, dice de una de sus hijas.
Cuando sienten el apoyo familiar, sin embargo, sienten los beneficios de vivir sola. “Mi familia siempre me apoyó en mi decisión, y eso que la tomé en una época en la que una mujer no hacía estas cosas de quedarse soltera, vivir sola y tener una profesión”, reconoce una de las entrevistadas. Otra, por su parte, se atreve a enfrentarse a los comentarios negativos sobre su soledad deseada. “¿Y cómo vives sola?” Me lo decían de joven porque era mujer y me lo dicen ahora que soy mayor porque me ven mayor. Y yo les decía y les digo todavía: “Pero bueno, dejadme sola que ya sé yo cómo hacer mi vida”. Lo que está claro es que casi con noventa años que tengo todavía cansa un poco, pero ya no me afecta“, reconoce.
Ahora es el momento para estar conmigo, dedicarme el tiempo a mí. Eso de llegar a casa y estar a tu aire, tener la casa como quieras. ¡Qué paz! ¡Qué felicidad! Eso antes no lo tenía
“Yo estoy en varios grupos: de monte, el coro, el centro… eso hace que me relacione, que me sienta acompañada y, aunque vivo sola, no me siento sola. Antes, hace años, no había tantos recursos y ahora es más fácil relacionarte y así puedes vivir sola pero no sentirte sola. Estar sola es beneficioso para mí. Lo es, incluso después de haberme quedado viuda y de haber sido muy feliz con mi marido. A mí ahora me dices: ”¿Quieres vivir con tus hijos?“ Y te digo con rotundidad: ”No, no, no. Que he descubierto otra vida.“, reconoce una de ellas.
Otra de las mujeres, que acaba de descubrir lo que es vivir sola, lo describe como una “paz y felicidad que antes no tenía”. “Me gusta estar sola, viajar sola, andar sola. Para mí ha sido una experiencia muy positiva, después de ser esposa y madre dedicada siempre a los demás, y de haber sido muy feliz siéndolo. Pero ahora es el momento para estar conmigo, dedicarme el tiempo a mí. Eso de llegar a casa y estar a tu aire, tener la casa como quieras. ¡Qué paz! ¡Qué felicidad! Eso antes no lo tenía”, defiende.
A modo de conclusión el estudio determina que para estas mujeres vivir sola requiere de un proceso de aprendizaje y desaprendizaje que ofrece oportunidades que favorecen la calidad de vida de las mujeres mayores que viven solas. Tenemos más independencia para hacer nuestra voluntad. Estás en tu casa, con tus pertenencias y te organizas a tu manera. Yo salgo con amigas que viven acompañadas y me dicen: “Me voy corriendo que tengo que hacer la comida para mi marido”, “No me puedo quedar más que hoy tengo a los nietos…” y yo tan tranquila, me vuelvo a casa tranquilamente, cuando quiero“, asevera otra de las participantes de la investigación.
Como reto, los investigadores consideran que la sociedad debería trabajar en ese “permiso social” que no se les da a las mujeres que deciden libremente vivir solas. “A pesar de estos obstáculos y de los estereotipos sociales, se constata a lo largo de la investigación que vivir sola es una oportunidad para el crecimiento personal y la contribución social, valorada mayoritariamente por las protagonistas de esta experiencia vital en términos positivos. Por esta razón, es imprescindible abordar la cuestión de cómo eliminar o, en su caso, reducir el efecto negativo de la falta de permiso social para evitar que se convierta en un factor de riesgo que incremente la vulnerabilidad de estas mujeres mayores y para garantizar que puedan disfrutar de esta experiencia con calidad de vida”, concluye la investigación.