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Esa soberbia nuestra de baja intensidad

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Los últimos días de agosto un amigo vasco, viene desde Alemania a pasar unos días en Cáceres. Ha programado dos días, que se vuelven tres gracias al tren que desarticula Extremadura. Y entre las aventuras y desventuras voy enlazando reflexiones. 

En un año de crisis económica como el que vivimos, he optado como muchas personas de la región por prepararme unas oposiciones. Apruebe o suspenda estoy contenta con lo aprendido, incluso aunque no me presente, puedo decir que soy una persona más sabia en el terreno de lo práctico que hace un año. 

Dentro del temario entra la Ley 39/2015, de 1 de octubre, del procedimiento administrativo común de las Administraciones Públicas, que dice: 

1.2 Derecho de las Personas en sus relaciones con las Administraciones Públicas. 

e) A ser tratados con respeto y deferencia por las autoridades y empleados públicos, que habrán de facilitarles el ejercicio de sus derechos y el cumplimiento de sus obligaciones (al efecto, el art.54.1 del texto Refundido de la Ley del Estatuto básico del empleado público, aprobado por el Real Decreto Legislativo 5/2015, prescribe que los empleados públicos tratarán con atención y respeto a los ciudadanos, a sus superiores y al resto de empleados públicos").

Uno pensaría que es de sentido común que las personas nos tratemos con respeto, y que ofrezcamos la mejor versión de nosotras mismas cuando tenemos un trabajo que implica un servicio al resto, sobre todo cuando ese servicio se ofrece a personas en condiciones de vulnerabilidad, pero rara vez el sentido común es el más común de los sentidos. 

Mi amigo viene de Alemania en tren, pero llega a Cáceres en autobús desde Salamanca. Y aunque ha pagado su billete a Renfe, se marcha en blablacar. 

Antes de eso desayunamos en una terraza del centro. Una mujer y una niña se acercan y nos preguntan si sabemos de algún piso que se alquile. Vienen huyendo de la Casa de la Mujer. De la violencia de un maltratador, han pasado a la violencia institucional (tres pañales al día para los bebés de tres meses), malos modos y violencia verbal; y buscan con premura un lugar donde puedan ser y vivir en paz. Nos volcamos en ayudarlas a encontrar alojamiento y se despiden entre asombradas y tristes. ¿Qué tan extraña es la amabilidad?

Pero la tristeza no nos dura demasiado porque tenemos que recuperar dos años de ausencias. Y llega la hora de tomar el tren. 

El tren que debía llevar a mi amigo a Sevilla se retrasa hora y medía, le advierten en la estación de Cáceres, que está en obras y no ofrece ni baños, ni cafetería, ni sombra para la espera. “Váyase a comer” y él, ciudadano alemán, regresa una hora y cuarto después para encontrarse con que el tren se ha marchado “porque fue ganando tiempo”. Y se queda así, con su mochila al hombro y su cámara de fotos reposando en el pecho, con ganas de gritar, pero sin decir nada, ante un funcionario de Renfe que lo mira impasible desde la ventanilla y le dice que si quiere puede poner una reclamación en la web. 

Duerme en un sofá que se improvisa como cama, y va a desayunar con su familia de acogida a una churrería del centro. Se sientan y una camarera toma nota de sus preferencias. Antes de servirles el desayuno, otra camarera les dice que no se pueden sentar más de cuatro personas (son 4 personas adultas y una menor de 8 años). No hay más mesas disponibles en el local. Tendrán que desayunar por turnos, o marcharse. Se crispa la mañana. Pagan el desayuno que no han disfrutado, y se van. 

Otro local, unas calles más allá acoge con amabilidad a cuatro personas adultas y una menor, porque las personas convivientes pueden sentarse juntas a desayunar. 

Han sido tres días inolvidables, salpicados de esa soberbia de baja intensidad tan nuestra. Mi amigo, de recuerdo, se lleva el conocimiento de una joven camarera que entre plato y plato nos regala su experiencia como temporera en el campo Francés. “Allí existe mucho racismo hacia los españoles, pero pagan legalmente todas las horas trabajadas y las pagan bien.” Y añade:  “la política no es una opción, es imprescindible para la vida”. Quizás porque ella ha sido extranjera, o porque está en periodo de prueba contractual nos muestra la mejor versión de sí misma. Justo la que esperábamos.

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