Arde sobre quemado: los grandes incendios forestales tienen memoria

Luís Pardo

7 de abril de 2026 21:45 h

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El esqueleto carbonizado de un tractor de leña emerge entre la ceniza y la madera quemada. Por el suelo se desperdigan troncos de árboles, talados hace muy poco. La única nota de claridad la pone el blanco de la cinta con el logotipo de la Xunta que perimetra la zona. A falta de lo que concluya la investigación, el vehículo se perfila como el causante del primer gran incendio forestal del año en Galicia. Un fuego que partió de Padróns, en el concello de Ponteareas y que calcinó 750 hectáreas antes de ser controlado veinticuatro horas después. Las intensas lluvias impidieron que las llamas siguiesen avanzando, como sucedió hace casi una década. En octubre de 2017, un foco iniciado en la misma parroquia arrasó 9.000 hectáreas y provocó un cambio en el modo de entender estos fenómenos en la comunidad. Y aquella tampoco era la primera vez.

“Los grandes incendios forestales tienen memoria”. Juan Picos, profesor de la Escola de Enxeñaría Forestal de Pontevedra, es una de las mayores autoridades en la materia. “Y no es magia: hay razones objetivas detrás”. Desde 2018, Picos y su equipo vienen utilizando esa zona concreta como ejemplo de que el gran incendio forestal (GIF) de hoy es el padre del de mañana. “Y, normalmente, los hijos siempre son más grandes que los padres”.

“El análisis de los incendios de 2017, en Galicia y Portugal, indica que una parte significativa de los mismos recorrió áreas previamente afectadas por Grandes Incendios Forestales en el pasado”, escribía en 2019 en el documento de conclusiones del convenio de colaboración entre la Deputación de Pontevedra y la Universidade de Vigo para mejorar la gestión forestal en la provincia.

Picos explica que, tras un GIF, lo normal es que se produzca un mayor abandono del monte y ese ya es un primer factor de riesgo. Igual de normal es que la regeneración natural llegue a la vez, lo que homogeneiza el paisaje, porque todo el matorral rebrota al mismo tiempo. Al no haber un “mosaico” con distintos tipos de vegetación, es más fácil que el fuego se propague. Si, además, el incendio ha sido muy intenso y ha alcanzado temperaturas extremas, es probable que produjese daños en el suelo: pérdida de materia orgánica, erosión y una menor capacidad para almacenar agua. Por tanto, ese terreno se secará más rápido, será más propenso a manifestar antes la sequía y trasladarla a la vegetación. Así que, una vez declarado, “el incendio no elige, pero va por zonas que le son más favorables, y esta lo es especialmente”. Por eso, en grandes áreas afectadas, la propagación del siguiente foco puede ser mayor y en menos tiempo. “Tenemos zonas recalcitrantes con independencia de que la causa de ignición se repita o no”.

En octubre de 2017, tras un verano especialmente seco, el paso del huracán Ofelia desató los incendios, primero en Portugal y, después, en Galicia. Sólo en el fin de semana del 14 y el 15 se calcinaron 35.000 hectáreas, el doble de lo que había ardido el resto del año. Las llamas llegaron a correr por el centro de Vigo. El fuego iniciado también en Padróns quemó entonces 9.000 hectáreas y se extendió por el monte, siguiendo la línea de cumbres –y de los años anteriores–, hasta el concello de Ponte Caldelas.

Una oleada de ese calibre, en pleno otoño y con la campaña de incendios ya finalizada, obligaba a repensar el modelo. El Parlamento de Galicia creó una comisión especial para hacerlo. Tras recibir luz verde a su dictamen, el diputado impulsor, José González, fue nombrado conselleiro de Medio Rural y desde allí empezó a girar poco a poco hacia la prevención una política basada, hasta entonces, en un servicio de extinción que se presentaba como modelo en Europa.

Tras los incendios de 2022 –cuando, por primera vez, dos fuegos simultáneos superaron en Galicia las 10.000 hectáreas–, su departamento empezó a trabajar en una nueva ley de prevención. Pero González, demasiado reformista para algunos sectores, cayó en las luchas internas del PP tras la marcha a Madrid de Feijóo. Rueda lo desplazó a Emprego y el propio presidente, con chaleco reflectante y sin afeitar, se encargó de liderar –por encima de la actual titular, María José Gómez– la lucha contra el fuego de este verano, cuando Galicia sufrió la peor crisis de su historia y vio arder casi 120.000 hectáreas.

Las condiciones meteorológicas de este lunes eran, según Picos, muy parecidas a las de octubre de 2017, con Galicia bajo la influencia de una “mini Ofelia”: una ola de viento sahariano que dejó temperaturas por encima de los 30 grados –en Ponteareas se registraron 28º–. “Estamos en primavera y no al final del verano, la vegetación está más verde, el viento es menor pero de componente sur, llega un golpe de calor con bajas humedades, se produce una circunstancia de ignición... y el fuego siguió el mismo camino”.

Si, esta vez, el hijo se quedó más pequeño que su padre de nueve años antes, en buena medida fue gracias a las fuertes tormentas que azotaron Galicia, sobre todo a partir de medianoche, cuando la Xunta daba por estabilizado el fuego en torno a las 600 hectáreas. Antes de que descargase el agua, el viento que precede a la tempestad todavía complicó un poco más las cosas. “Meneó el avispero”, describe gráficamente Picos. El fuego generó una convección, levantó cortezas de eucalipto incandescentes y las lanzó por delante de su propio frente –lo que se conoce por paveseo– provocando nuevos focos secundarios que, como es habitual, extendieron la hipótesis de la intencionalidad.

“Romper este ciclo de susceptibilidad al fuego resulta clave y debe ser una labor prioritaria en aquellas áreas que fueron afectadas por los incendios de octubre de 2017”, concluía en el documento que presentó a la Deputación en 2019. Tras las casi 120.000 hectáreas quemadas en Galicia en 2025, hoy esa prioridad parece todavía más acuciante.