ENTREVISTA
Luis Camnitzer, artista: “Milei, Trump y Bukele son los cabecillas de un suicidio cultural que cada día se acelera más”
“Herramienta de liberación que los opresores han convertido en ornamento de salón”. Así definiría la cultura el pedagogo y filósofo venezolano del siglo XIX Simón Rodríguez, según la IA. Este es uno de los aforismos que forman parte de El diccionario del poder, la resurrección de Simón Rodríguez, el proyecto que Luis Camnitzer presenta esta semana en Es Baluard Museu, en Palma. El artista, escritor y ensayista nacido en Lübeck (Alemania) en 1937, considerado una figura fundamental del arte conceptual latinoamericano, descubrió la historia del pensador a mediados de los años ochenta y, desde entonces, pensó que si en algún momento pudiera tomarse un café con algún personaje histórico, solo podría ser con él. Ese deseo fue el punto de partida de la serie de trabajos que ahora presenta, por primera vez, en España.
Afincado en Nueva York desde 1964, Camnitzer lleva más de seis décadas explorando las relaciones entre arte, lenguaje, conocimiento y poder. En esta ocasión, utiliza la IA para imaginar conversaciones entre Rodríguez y pensadores de distintas épocas y tradiciones, como Simón Bolívar, Joseph Jacotot, Johann Heinrich Pestalozzi, Stéphane Mallarmé, Antonio Gramsci o Maria Montessori. A través de estos encuentros imaginarios, confronta las ideas del pedagogo venezolano con los dilemas del presente: quién decide qué es verdadero, quién tiene autoridad para producir conocimiento y qué papel puede desempeñar la educación en la capacidad crítica de las personas.
¿Cuándo se produce ese encuentro con Simón Rodríguez y qué encuentra en su pensamiento que le lleva a dedicarle esta investigación tan exhaustiva?
Fue a mediados de los ochenta, leyendo La ciudad letrada, de Ángel Rama. Cada capítulo empieza con un aforismo de Simón Rodríguez. Me sedujeron inmediatamente y me puse a investigar quién era este tipo, del que nunca había oído hablar. Cuando fui a Caracas conseguí sus obras completas, que ya no son completas: la mitad de su archivo se perdió en un naufragio durante su vida.
Había dos cosas que me interesaban. Una era su pensamiento como pedagogo, que para mí está más avanzado que el de muchos educadores contemporáneos. En Rodríguez, la educación descolonizadora es algo profético. La otra era su manera de escribir: recurría a caligramas, diagramas y cambios de tipografía y tamaño para que entre lo que pensaba y lo que leía el lector no hubiera pérdida de información. Para mí, es un origen del conceptualismo latinoamericano mucho más fuerte que cualquier arte hecho dentro del arte conceptual hegemónico.
¿Es el uso de la IA en este proyecto una forma de intentar reconstruir su pensamiento, de rellenar aquello que falta a partir de lo que él pensaba inicialmente?
La primera muestra que hice sobre Simón Rodríguez fue en 1992. Eran objetos inspirados en sus aforismos, a los que daba una formalización visual. Después escribí Didáctica de la liberación, donde lo sitúo como origen del conceptualismo latinoamericano. Hay dos capítulos polémicos: uno sobre él y otro que utiliza la guerrilla tupamara como otro origen. Un grupo de investigadores mexicanos, los rodriguistas, me hizo miembro honorario en base al libro. También trabajan en Chile y Bolivia y están rescatando material.
La entrada de la IA tuvo que ver con una obsesión mía: me gustaría tomar una taza de café con él. Es el único personaje histórico con el que me interesaría tener una charla. Otra de las cosas que hice fueron diálogos entre Simón Rodríguez y Simón Bolívar, que para mí fue un traidor de Rodríguez en términos de educación.
La entrada de la IA tuvo que ver con una obsesión mía: me gustaría tomar una taza de café con Simón Rodríguez. Es el único personaje histórico con el que me interesaría tener una charla
¿Por qué?
Bolívar había pensado nombrar a Rodríguez embajador para asuntos educativos, pero la relación entre ambos no funcionó. Rodríguez era antiburocrático y Antonio José de Sucre, muy burocrático; finalmente, Bolívar optó por contratar al pedagogo inglés Joseph Lancaster, de planteamientos autoritarios y religiosos, frente al pensamiento secular y antieclesiástico de Rodríguez. También me interesó imaginar qué conversaciones podría haber mantenido Rodríguez con otros pensadores de su tiempo y de épocas posteriores, como Joseph Jacotot, Pestalozzi, Mallarmé, Gramsci o Montessori. Hay unos sesenta diálogos con pedagogos y pensadores de distintas culturas y países: son encuentros imaginarios, pero creíbles, que, de haber sucedido, habrían sido buenos documentos.
Eso lleva a otra cuestión: el concepto de objetividad que teníamos en el siglo XX. Hoy ha pasado a basarse en la credibilidad. Y ese asunto genera toda la discusión sobre las fake news frente a la información verdadera. Está basado en qué es creíble y no en qué es factual. Y ese es un cambio muy traumático. Todo eso está en esta muestra. Luego, una parte de la obra consiste en pedirle a Simón Rodríguez que proponga definiciones de palabras relacionadas con el poder. Una educadora del museo me contó que habían comparado su definición de educación con la del diccionario de la Real Academia Española y la diferencia es ideológicamente de nocaut. Te aclara cuán distorsionada está la acepción del diccionario. Todo eso es gracias a la IA.
Antes hablaba de su reivindicación de Simón Rodríguez como precursor del conceptualismo latinoamericano y de cómo el poder condiciona qué entendemos por arte. En sus textos también plantea cómo la cultura puede convertirse en un ornamento al servicio de las élites y alejarse del público, que no siempre siente que el arte le pertenezca. Después de más de sesenta años de trayectoria, ¿cree que ha cambiado quién decide qué es arte y a quién pertenece?
La palabra arte ya limita la posibilidad de conocimiento, porque restringe lo que aceptas como arte a lo que cabe en esa palabra, en lugar de permitir entenderlo como una forma de conocimiento ampliada. A veces especulo: ¿qué pasa si prohibiéramos la palabra arte? El conocimiento debería incluir lo que no se puede describir, lo que no es lógico, el absurdo, el humor y la ironía; cosas que no caben en los sistemas científicos. Quizá, cuando se formalizara ese conocimiento integral, necesitaría una palabra particular: a lo mejor arte.
La palabra arte ya limita la posibilidad de conocimiento, porque restringe lo que aceptas como arte a lo que cabe en esa palabra, en lugar de permitir entenderlo como una forma de conocimiento ampliada. A veces especulo: ¿qué pasa si prohibiéramos la palabra arte?
Pero esa palabra debería ser una consecuencia y no la puerta de entrada. Cuando es la puerta de entrada, define el espacio que hay detrás y te obliga a funcionar dentro de él. El dadaísmo fue probablemente el único movimiento que cuestionó realmente todo esto. Hoy está en los museos y sus obras alcanzan precios millonarios en las subastas. O sea, que los otros ganaron la batalla. De lo que se trata ahora es de cómo podemos ganar la batalla nosotros.
Sobre otras batallas: quería preguntarle también por la cuestión de Simón Rodríguez y su función pedagógica. Defendía que las sociedades latinoamericanas debían construir sus propios modelos educativos, al margen de la referencia occidental y europea. A lo largo del desarrollo de su investigación, y tal y como está el mundo —me refiero a Milei, Bukele, Trump...—, ¿considera que América Latina ha conseguido emancipar su pensamiento o sigue dependiendo de esas categorías occidentales?
Las dos cosas. Paulo Freire, obviamente, logró un quiebre. Desgraciadamente, su pedagogía no consiguió los éxitos que quería, en parte porque la propia definición de éxito tampoco estaba abierta a aceptar sus ideas. En general, hoy hay más conciencia sobre la educación progresista que hace cincuenta o cien años. Pero Montessori y escuelas similares siguen siendo de pago y están abiertas a clases sociales altas. Reggio Emilia, una versión más progresista y contemporánea, sí logró convertirse en el sistema público de esa provincia italiana, pero no consiguen imponer ese modelo en la enseñanza pública de otros lugares.
En general, hoy hay más conciencia sobre la educación progresista que hace cincuenta o cien años. Pero Montessori y escuelas similares siguen siendo de pago y están abiertas a clases sociales altas
Además, la función de maestro es un empleo de tercer o cuarto grado. En Estados Unidos ganan menos que los recolectores de basura, aunque se supone que estamos formando a la generación del futuro. Recuerdo que cuando todavía enseñaba en la universidad, los estudiantes que aplicaban al departamento de educación no eran vocacionales o los más capaces, al contrario, eran los que veían que por ahí había empleos abiertos y un salario y el seguro médico, no porque les interesara los problemas de educación. Eso es un suicidio cultural del que Milei, Trump y Bukele son los cabecillas. Es el movimiento de deseducación que se está acelerando cada día más.
La función de maestro es un empleo de tercer o cuarto grado. En Estados Unidos ganan menos que los recolectores de basura, aunque se supone que estamos formando a la generación del futuro
Volviendo a Latinoamérica, en el sector artístico europeo ha habido críticas recientes sobre la manera en la que se está mostrando el arte latinoamericano en Europa. Se cuestiona que se esté exotizando la obra de muchos artistas y que algunos se autoexoticen también para resultar más interesantes al mercado. ¿Qué opina de esta cuestión?
Estoy totalmente de acuerdo con la crítica. Creo que hay artistas latinoamericanos culpables de esto, tan culpables como el mercado que los obliga o los conduce a someterse a esas reglas. No tengo ningún problema en aceptar la acusación. Esa situación existe porque hay un mercado y, para sobrevivir, tienes que ver por qué rendirte a determinadas reglas para tener cierto éxito.
Hay gente auténticamente dedicada al arte identitario, aunque no siempre de una forma que a mí me interese. Existe un cuidado de las tradiciones que me parece cosmético, pero no real. En los años ochenta hubo mucho arte identitario y un retorno al barro y a la paja como materiales. Los artistas creían que estaban representando a Latinoamérica. Hoy, si analizas esa década y las anteriores, ves que el conceptualismo político definió mucho más la cultura latinoamericana de la época que los trabajos en barro. Pero el oportunismo en el arte existe, como existe en todo lo demás.
Hay gente auténticamente dedicada al arte identitario, aunque no siempre de una forma que a mí me interese. Existe un cuidado de las tradiciones que me parece cosmético, pero no real
Para terminar. Quería preguntarle por Masacre de Puerto Montt, una de sus obras históricas donde abordó la violencia del Estado chileno en 1969 contra 90 familias que ocuparon unos terrenos para construir sus viviendas en plena crisis habitacional. ¿Encuentra paralelismos entre aquel episodio y los conflictos de hoy, que están provocando movilizaciones en distintos puntos de Europa? ¿Qué responsabilidad política debe asumir el arte ante la realidad de su tiempo?
Es divertido porque aquí, en el museo, descubrieron una frase mía de una charla que di hace décadas y que yo mismo había olvidado. Es algo así como que el arte no sirve para parar la violencia, pero sirve para identificar y denunciar el deshonor. Sabias palabras. Porque hacer una obra panfletaria denunciando la violencia es como levantar la mano para intentar parar un tren. Lo único que te dicen es que saques la mano.
Pero identificar la violencia, que al final es un subproducto del deshonor, sí es un papel del arte. La violencia ejecuta el acto de deshonrar a la víctima. Esa denuncia más sutil sirve para concienciar: no para parar la violencia, pero sí para señalar que no solo es violencia, sino que trata de eliminarme como ser humano, física o no físicamente. Hay mucho arte que solo expresa la opinión del artista, sin interesarse por el cambio o la conversión de quien no está de acuerdo. Si quieres tener éxito en tu misión, lo que quieres es convertir al enemigo para que llegue a la conclusión a la que tú has llegado, que crees que es buena. Al final, todo termina en educación, no en arte. ¿Te das cuenta?
Completamente.