El archiduque Luis Salvador, el erudito que lucha contra el mito de ser “el padre del turismo” en Mallorca
Antes de que el archiduque Luis Salvador de Austria (1847–1915) llegara a Mallorca, la isla formaba parte de las rutas del Mediterráneo occidental, pero aún no existía un relato capaz de construir una interpretación compartida. La belleza del paisaje y la riqueza de su cultura todavía no se habían traducido en categorías inteligibles para el observador europeo. Faltaba una mediación capaz de ordenar esa realidad y hacerla comunicable.
Y ese mediador fue s’Arxiduc —así le bautizaron los mallorquines—, una figura que parece salida de una novela: aristócrata bohemio, erudito, políglota y dotado de una curiosidad insaciable. Espíritu inquieto y sin anclajes, su figura se inscribe en la tradición de aquellos viajeros románticos y elitistas del siglo XIX que recorrían el mundo impulsados por una búsqueda íntima, casi inasible, más cercana al deseo que a la realidad. Sin patria fija, encontró, sin embargo, en Mallorca —y especialmente en la Serra de Tramuntana— un territorio al que acabó vinculado de manera profunda.
“A principios del siglo XIX ya había algunos viajeros que dieron a conocer Mallorca al mundo –Gaspar Melchor de Jovellanos o Frédéric Chopin–, pero sin duda una de las figuras que más contribuyeron al conocimiento de Balears fue el archiduque Luis Salvador de Habsburgo-Lorena”, afirma el profesor emérito de la Universitat de les Illes Balears (UIB), Francisco Sastre.
A principios del siglo XIX, ya había algunos viajeros que dieron a conocer Mallorca al mundo –Gaspar Melchor de Jovellanos o Frédéric Chopin–, pero sin duda una de las figuras que más contribuyeron al conocimiento de Baleares fue el archiduque Luis Salvador de Habsburgo-Lorena
En 1867, s’Arxiduc recaló por primera vez en Eivissa y en Mallorca a bordo del vapor correo Rey Don Jaime. La llegada por mar fijó una primera impresión decisiva. Al entrar en la bahía de Palma, la ciudad se le presentó como una de las imágenes más bellas del Mediterráneo. No llegó como un turista —una categoría que aún no existía—, sino como un viajero con la disposición de observar y reconocer una realidad virgen abierta a ser interpretada. Recorrió la isla con método científico. Tomaba notas, estudiaba, dibujaba y también adquirió fincas en la Serra de Tramuntana, entre ellas Miramar y Son Marroig. A partir de ese momento, su relación con la isla cambia: ya no se limita a mirar, también interviene, abre caminos, levanta miradores y restaura espacios.
La invención del imaginario
Ese vínculo cristalizó en su obra mayor, “Die Balearen in Wort und Bild geschildert” (“Las Baleares descritas en palabras e imágenes”), un trabajo de ambición enciclopédica en el que combinó rigor científico y sensibilidad descriptiva. A través de textos y grabados, el archiduque Luis Salvador de Austria construyó un retrato minucioso de las islas y de su sociedad en el tránsito entre los siglos XIX y XX, dejando un testimonio que aún hoy sigue siendo una referencia imprescindible.
Entre 1869 y 1891, publicó esta obra monumental. Sastre recuerda que “a lo largo de su vida realizó numerosas publicaciones, de las que 21 hacen referencia a Baleares; pero la más importante para el conocimiento del archipiélago fue ‘Die Balearen’, un magnífico trabajo que daba una amplia visión de cada una de las islas permitiendo su conocimiento y divulgación”.
Más que un libro de viajes, era un sistema de conocimiento donde geografía, flora, fauna, arquitectura, economía, costumbres y formas de vida quedaron registrados, ordenados y clasificados, y las islas dejaron de presentarse como una realidad fragmentaria y pasaron a configurarse como un conjunto bello y coherente para el observador europeo.
Mallorca pasó de ser un territorio visible en los mapas a convertirse en una realidad inteligible para Europa
La Mallorca que describe y dibuja s’Arxiduc es una construcción pensada para ser leída desde fuera, en sintonía con las expectativas de una Europa que proyecta su mirada hacia territorios donde cree reconocer formas de vida exóticas. En ese proceso, el archiduque fijó la imagen de una Mallorca preindustrial, armónica y accesible, donde paisaje y vida cotidiana aparecían como un oasis de un mundo anterior a la industrialización que se extendía al galope por Europa. De esta forma, las islas comenzaron a funcionar como objeto cultural que podía ser leído, comparado y comprendido.
Aunque su impacto en el momento fue limitado, como explica el escritor José Carlos Llop: “Lo tuvo entre las cortes centroeuropeas de su tiempo y los artistas y científicos a los que convocó para su magna obra sobre las Islas Baleares, pero en aquel momento no inventó nada: su eco quedó en las élites locales y algunos parientes austrohúngaros”.
Llop también señala que “este modelo fue y es para los Happy Few, las élites de antes, los buscadores de lo desconocido”. Y añade que la observación científica, la sensibilidad estética y una cierta ética de conservación “podríamos contemplarlos como parte de su herencia”. “Por el camino se perdieron muchas cosas buenas y se ganaron otras basadas en lo material y el confort”, añade.
Luis Salvador fue esencial para el conocimiento y valoración de las islas por parte de los nativos, sistematizando su etnografía, cultura, geografía, etc.
La actriz mallorquina Catalina Solivellas, que encarnó sobre los escenarios a Catalina Homar, amante del archiduque, sitúa a Luis Salvador como mediador cultural: “Mallorca es una isla bendecida en un lugar no demasiado recóndito, así que era cuestión de tiempo que se la descubriera. Pero, efectivamente, él, como royalty outsider, presentó la isla a otras celebrities como su prima Sisi –Isabel de Baviera emperatriz de Austria y reina consorte de Hungría–, que era famosísima en Europa, y con sensibilidad para apreciar todo aquello que a él le deslumbró y que les debía resultar tan exótico y virgen”.
Según apunta Antònia Morey, profesora de la UIB, “ofreció al viajero europeo de alto nivel intelectual y con espíritu aventurero del Norte de Europa la certeza de que en las islas podría contemplar todavía una sociedad preindustrial, pero a la vez bien comunicada con el exterior y con la posibilidad de acceder a los lugares más recónditos de la isla sin temer por su seguridad”.
Ofreció al viajero europeo de alto nivel y con espíritu aventurero del Norte de Europa la certeza de que en las islas podría contemplar todavía una sociedad preindustrial y acceder a los lugares más recónditos de la isla sin temer por su seguridad
De esta forma Mallorca, Menorca, Eivissa y Formentera empezaron a existir para una élite minoritaria, ya que Die Balearen convirtió a Mallorca en un destino que puede ser comprendido y, con el tiempo, deseado.
El mito del “padre del turismo”
La lectura más extendida sitúa al archiduque como precursor del turismo en Mallorca. Se le atribuye un “efecto llamada”, una supuesta capacidad de activar el interés europeo por la isla y de abrir el camino hacia su conversión en destino. Esa interpretación se ha repetido hasta consolidarse como lugar común. Sin embargo, las evidencias obligan a matizarla.
José Carlos Llop señala que “es un error mirarlo como un promotor del turismo; nunca fue su intención”: “Otra cosa serían Chopin y George Sand, que sí impactaron en Europa desde el principio y se asoció su nombre —y obra— a la isla. Pero la aportación del archiduque al redescubrimiento de Mallorca es posterior a su tiempo: surge a partir del último cuarto del siglo XX, no antes”.
La asociación entre el archiduque y el desarrollo turístico es, en gran medida, retrospectiva. Se construye desde el presente, proyectando hacia el siglo XIX un efecto que no se produjo en su tiempo. A lo que sí contribuyó el archiduque fue a definir por qué desplazarse hacia la isla y cómo mirarla. En su obra, lo cotidiano deja de ser solo experiencia y pasa a convertirse en registro. José Carlos Llop sitúa ahí una parte esencial de su legado y recuerda que “Luis Salvador fue esencial para el conocimiento y valoración de las islas por parte de los nativos, sistematizando su etnografía, cultura, geografía, etc.”.
Además, tejió una red cultural basada en el mecenazgo, el intercambio intelectual y la circulación de saberes. S’Arxiduc se convirtió en pequeño rey humanista y caprichoso. Fascinado por el mundo de los Medici, el archiduque Luis Salvador de Austria convirtió Miramar en un espacio para la alta cultura y reunió a su alrededor a poetas y escritores como Jacint Verdaguer, Pons i Gallarza, Alcàntara Penya, Joan Alcover o Rubén Darío; eruditos lulistas como Mateu Obrador; pintores, escultores y grabadores como Giulio Monteverde, Cristòfol Pizà, Joan Fuster, Erwin Hubert y científicos como Édouard-Alfred Martel, entre otros muchos.
Solivellas subraya que esa relación incluía también una atención especial al catalán de Mallorca, al recordar que “le interesaba mucho la cultura popular que se transmite con el lenguaje. Recopiló ‘rondalles’, se interesó por las canciones y tonadas populares que le proporcionaba Catalina Homar. La lengua propia es parte indisociable de la estética y la ética de la conservación que nombra. Eso se puede abrazar o rechazar. Me gusta pensar que él lo abrazó”.
En su tiempo, el impacto en la atracción de visitantes fue limitado. Sin embargo, la estructura intelectual que construyó sí tuvo una clara capacidad de proyección en las generaciones futuras. La imagen de Mallorca que fijó en su obra no se agotó en su época: permaneció, circuló y quedó disponible como marco interpretativo desde el que el turismo podría desarrollarse más adelante. Cuando cambiaron las condiciones —transporte, economía, invención del turismo—, esa imagen encuentra su momento y se activa.
La lengua propia es parte indisociable de la estética y la ética de la conservación que nombra. Eso se puede abrazar o rechazar. Me gusta pensar que él lo abrazó
Si el archiduque regresara hoy a las islas, “sin lugar a dudas se sorprendería”. “La población de Mallorca a principios del siglo XX era de unos 310.000 habitantes, con la mayor parte de la población viviendo en zonas rurales y en la actualidad es de unos 1,25 millones”, afirma Sastre. Morey añade que “dado el potencial que él mismo había visto en las islas, no le sorprendería en absoluto el desarrollo turístico y el cambio de modelo económico, aunque, por supuesto, estaría en total desacuerdo con la forma en que se ha llevado a cabo”. Solivellas señala que “no le gustaría ni la cantidad ni la calidad de los visitantes”. “A mí me gusta pensar que apreciaba la profundidad de la riqueza cultural construida durante siglos por los habitantes de las islas. Ahora tendría que escarbar más para encontrarla, pero la encontraría, porque existe y lo seguirá haciendo”, añade. Y, tal y como concluye José Carlos Llop, “podría sufrir una gran decepción: las islas y el resto del Mediterráneo se han convertido en un palco con buenas vistas desde el que observar el fin del mundo tal como lo hemos conocido”.