Del mito de la caverna a TikTok: el método de un profesor para enseñar a pensar
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La conversación transcurre frente al mar, lejos del ritmo de las aulas, aunque el foco permanece en ellas a falta de un mes para finalizar el curso escolar. Pedro Oliver (Palma, 1972) habla desde la experiencia acumulada en el instituto, donde observa cómo muchos adolescentes crecen rodeados de estímulos constantes mientras la presión por la imagen, el éxito o el reconocimiento termina condicionando su forma de relacionarse con los demás y consigo mismos. Frente a ese escenario, sostiene que la escuela no solo debe transmitir conocimientos, sino ofrecer herramientas para que los jóvenes aprendan a conocerse y desarrollen un pensamiento propio.
Oliver encuentra en uno de los grandes clásicos de la filosofía una forma de explicar el presente. A su juicio, el mito de la caverna de Platón sigue plenamente vigente, aunque las sombras ya no se proyectan sobre una pared, sino a través de pantallas, algoritmos y redes sociales. El filósofo considera que la sociedad atraviesa un periodo especialmente complejo y sostiene que funciona apenas a “una fracción” de su capacidad emocional. En ese contexto, compara la dependencia de la validación digital con la prisión descrita por Platón: una realidad construida a partir de imágenes, estímulos y reconocimiento inmediato que muchas personas terminan aceptando como si fuera la única posible.
Los ‘me gusta’, la viralidad o la búsqueda permanente de visibilidad acaban ocupando, según explica, un espacio que dificulta distinguir entre la realidad y la imagen proyectada. Esa dinámica, añade, afecta especialmente a los jóvenes, que construyen buena parte de su identidad en un entorno donde “el algoritmo condiciona aquello que ven, consumen y comparten”.
Frente a esa realidad, Oliver sitúa el principal objetivo de su labor docente: ayudar a que los alumnos descubran capacidades que, en sus palabras, traen “de fábrica”, así como los valores que hay que recuperar y no descubrir por primera vez. Habla de la empatía, el amor o la templanza como virtudes que ya forman parte de la persona y que deben desarrollarse para que los jóvenes aprendan a dirigir su propia vida en lugar de dejarse arrastrar por las dinámicas del entorno.
El 'Método Pedro'
Ese planteamiento se concreta en lo que denomina el Método Pedro. Lejos de responder a una cuestión personalista o acaso egocéntrica, explica que el nombre nace de la etimología de Pedro —petra, piedra en latín—, una referencia a la firmeza y la solidez sobre las que, a su juicio, debe construirse la identidad. Oliver define ese método como un “búnker espiritual”.
No se trata de levantar barreras frente al mundo, sino de fortalecer el interior de la persona para que pueda afrontar con criterio la presión social, los conflictos cotidianos o la incertidumbre propia de la adolescencia sin quedar completamente condicionada por ellos.
El autoconocimiento constituye el punto de partida de todo ese proceso. Según explica, la identidad siempre se construye desde el interior, mientras que el entorno ejerce una presión constante para moldearla. Por eso considera que quien no dedica tiempo a conocerse termina siendo especialmente vulnerable a las expectativas ajenas, a las tendencias del momento o a los modelos de éxito que predominan en las redes sociales.
El docente considera que es necesario fortalecer el mundo interior de la persona para que pueda afrontar con criterio la presión social, los conflictos cotidianos o la incertidumbre propia de la adolescencia
A partir de esa convicción, su propuesta educativa busca que los alumnos dejen de ser espectadores de su propia vida para convertirse en protagonistas de sus decisiones. La filosofía y la educación, sostiene, deben servir precisamente para eso: ofrecer herramientas que permitan interpretar la realidad con criterio antes de actuar sobre ella. De esta forma, todo el método gira en torno a tres preguntas que Oliver considera esenciales y que traslada a sus alumnos dentro del aula. Las tres pertenecen a la tradición filosófica, pero, según explica, siguen siendo plenamente vigentes para afrontar los retos del siglo XXI. La primera invita a preguntarse cuál es la verdadera realidad de las cosas; la segunda, cómo es posible conocer la verdad en un contexto marcado por la desinformación; y la tercera, cómo deberíamos vivir para hacer el bien. Sobre esas tres cuestiones construye buena parte de su propuesta educativa.
Todo el método gira en torno a tres preguntas que pertenecen a la tradición filosófica: cuál es la verdadera realidad de las cosas, cómo es posible conocer la verdad en un contexto marcado por la desinformación y cómo deberíamos vivir para hacer el bien
TikTok, inteligencia artificial y filosofía
En clase, la primera pregunta puede partir de un vídeo viral de TikTok o de una imagen creada con inteligencia artificial: antes de aceptar su contenido, los alumnos analizan qué están viendo, quién lo ha difundido y hasta qué punto refleja la realidad o responde a una construcción interesada. La segunda de las preguntas sobre las que se articula el método de Oliver pertenece al ámbito de la epistemología: ¿cómo podemos llegar a conocer la verdad? En una época marcada por la sobreabundancia de información, considera que la respuesta no pasa por memorizar más datos, sino por desarrollar la capacidad de analizarlos de forma crítica. Esa reflexión abandona pronto el terreno teórico para trasladarse al aula.
En lugar de recurrir únicamente a los ejemplos tradicionales de la filosofía, Oliver lleva a clase vídeos virales de TikTok o contenidos manipulados mediante inteligencia artificial. Su objetivo no es decir a los alumnos qué deben creer, sino ofrecerles herramientas para que aprendan a cuestionar aquello que consumen cada día en las redes sociales. El ejercicio comienza con preguntas sencillas. ¿Quién ha publicado ese contenido? ¿Qué emoción pretende despertar? ¿Qué interés puede haber detrás? ¿Hasta qué punto influye el algoritmo en aquello que aparece en la pantalla? A partir de ese análisis, los estudiantes aprenden a identificar sesgos, a distinguir hechos de opiniones y a desconfiar de los mensajes que apelan únicamente al impacto emocional.
En lugar de recurrir únicamente a los ejemplos tradicionales de la filosofía, Oliver lleva a clase vídeos virales de TikTok o contenidos manipulados mediante inteligencia artificial
Para Oliver, el pensamiento crítico no consiste en rechazar toda la información, sino en aprender a formular las preguntas adecuadas antes de aceptar una afirmación como verdadera. En ese sentido, considera que la filosofía sigue siendo una herramienta plenamente vigente para interpretar un entorno digital donde la velocidad con la que circulan los contenidos dificulta detenerse a reflexionar sobre ellos.
Del pensamiento a la acción
La tercera pregunta que plantea a sus alumnos traslada la reflexión al terreno de la ética: ¿cómo deberíamos vivir para hacer el bien? Para Oliver, esa cuestión cobra una especial relevancia en un contexto en el que, a su juicio, predomina el individualismo y resulta cada vez más difícil mirar al otro, sobre todo cuando las relaciones cara a cara entre los jóvenes se ven relegadas cada vez más por acciones ‘a(pantalladas)’. El profesor intenta convertir esas reflexiones en experiencias cotidianas dentro del instituto mediante dinámicas de justicia restaurativa aplicadas a conflictos reales de convivencia. Cuando surge un problema entre alumnos o una situación de aislamiento, explica que procura desplazar el foco del castigo hacia la reparación del daño.
En esos casos, los estudiantes deben analizar qué ha ocurrido, asumir las consecuencias de sus actos y proponer soluciones que contribuyan a reconstruir la convivencia y reparar el perjuicio causado al compañero afectado. El objetivo, explica, es que comprendan que sus decisiones tienen un impacto directo sobre quienes les rodean y que la responsabilidad individual también implica cuidar de la comunidad.
Oliver considera que esa forma de abordar los conflictos permite a los alumnos experimentar de manera práctica los conceptos éticos que trabajan en clase. La filosofía deja así de ser una disciplina exclusivamente teórica para convertirse en una herramienta que puede orientar decisiones cotidianas dentro y fuera del aula. Como ocurre también en sus, como él los llama, “deberes de la vida”, una actividad que él lleva a cabo con sus pupilos y que implica cumplimentar y explicar en alto en clase un diario semanal con las buenas acciones que los alumnos han desarrollado durante los últimos siete días. Hacer, entregarse a los demás y ‘elevarse’ como persona.
La filosofía deja de ser una disciplina exclusivamente teórica para convertirse en una herramienta que puede orientar decisiones cotidianas dentro y fuera del aula. Un ejemplo son los 'deberes de la vida': un diario semanal con las buenas acciones que los alumnos han desarrollado durante los últimos siete días
Traducir la filosofía al lenguaje de los adolescentes
Una de las preocupaciones de Oliver consiste en acercar conceptos filosóficos complejos al lenguaje con el que se comunican sus alumnos. Lejos de reproducir un discurso académico, intenta establecer puentes entre las grandes preguntas de la filosofía y referencias que forman parte de su día a día. Por eso explica que el autoconocimiento o la práctica constante del bien acaban generando lo que describe como un “flow” o un “aura”. Oliver utiliza esos términos porque entiende que facilitan la comprensión de una idea más profunda: el carisma, sostiene, no depende de la imagen proyectada en las redes sociales, sino de una identidad construida desde la coherencia entre lo que una persona piensa, dice y hace.
A su juicio, ese trabajo interior resulta mucho más sólido que cualquier reconocimiento obtenido a través de la aprobación externa, algo que cogería distancia con el refuerzo positivo externo al que últimamente se ha tendido. Mientras la popularidad en las plataformas digitales puede ser efímera, considera que una identidad basada en el autoconocimiento ofrece una estabilidad que permanece más allá de los cambios de tendencia o de la exposición pública.
Oliver afirma que mientras la popularidad en las plataformas digitales puede ser efímera, una identidad basada en el autoconocimiento ofrece estabilidad
Una carta al Papa que obtuvo respuesta
La aplicación práctica de esa forma de entender la educación no se limita al trabajo diario en el aula. Oliver recuerda especialmente una iniciativa desarrollada durante el pasado Año Jubilar, cuando propuso a alumnos de distintos centros escribir una carta colectiva dirigida al Papa León XIV. Entonces, cada estudiante aportó varias líneas explicando qué significado tenía para él la asignatura de religión. Una vez reunidos todos los textos, Oliver viajó a Roma y, a través del equipo de seguridad del Pontífice, consiguió entregar personalmente la carta en el Vaticano.
Pese a que reconoce la dificultad de recibir una contestación por el protocolo que rodea este tipo de comunicaciones, un mes después llegó una respuesta en papel a su domicilio con una bendición del Papa dirigida a las clases, a los alumnos y a sus familias. Para Oliver, aquella experiencia reforzó una de las ideas que intenta transmitir a sus estudiantes: la importancia de trabajar con convicción y perseverancia en torno a un objetivo compartido.
Reivindicar el fracaso para aprender
Asimismo, Oliver sostiene que una parte importante del aprendizaje pasa por aceptar el error como un proceso natural. Frente a una cultura que, en su opinión, penaliza el fracaso y premia únicamente el resultado, defiende que equivocarse forma parte del camino hacia el autoconocimiento y el crecimiento personal. “La sociedad penaliza el error”, viene a plantear durante la conversación. Para él, el fracaso no representa el final de un proceso, sino una oportunidad para revisar decisiones, corregir el rumbo y volver a intentarlo con una comprensión mayor de uno mismo.
Es entonces cuando durante la entrevista se cuela el caso de un conocido empresario que tuvo que encadenar doce fracasos empresariales antes de encontrar un proyecto que realmente reflejara su identidad y le permitiera prosperar. La historia sirve a Oliver para ilustrar una idea que traslada con frecuencia a sus alumnos: el éxito difícilmente puede entenderse sin las experiencias previas que obligan a replantearse objetivos, prioridades y formas de actuar.
Frente a una cultura que, en su opinión, penaliza el fracaso, Oliver sostiene que una parte importante del aprendizaje pasa por aceptar el error como un proceso natural
Esa visión también modifica, a su juicio, la manera de entender la educación. Considera que las calificaciones tradicionales, de puntuación numérica, ofrecen una fotografía parcial del aprendizaje, ya que existen otros aspectos igualmente importantes, como son la capacidad para levantarse después de un revés, mantener la esperanza o el hecho de aprender de los propios errores. Es en ese contexto donde sitúa en el mapa tres virtudes que considera fundamentales: la fe, entendida como la confianza para superar los obstáculos; la esperanza, como el impulso para seguir avanzando hacia una meta; y la caridad, vinculada a la capacidad de compartir con los demás aquello que uno ha conseguido.
La actividad de Oliver no termina cuando acaba la jornada lectiva. El profesor trabaja actualmente en la escritura de un libro en el que pretende recoger muchas de las experiencias acumuladas durante su trayectoria docente. Según explica, el proyecto nace de situaciones reales vividas dentro y fuera del aula y busca trasladar a un público más amplio las reflexiones que habitualmente comparte con sus alumnos sobre la identidad, la educación, la filosofía y la fe.
El libro responde a la misma idea que guía su trabajo como docente: la enseñanza solo resulta transformadora cuando nace de la experiencia. Así, sostiene que los alumnos identifican con facilidad cuándo un profesor habla desde la teoría y cuándo lo hace desde vivencias que forman parte de su propia trayectoria. Es por eso que insiste en que la práctica educativa no puede desligarse de la experiencia personal. Considera que solo así las ideas consiguen dejar huella y ayudan a despertar capacidades que, según defiende, el ser humano ya posee desde el nacimiento y que la educación debe contribuir a desarrollarlas en lugar de sustituirlas.
Filosofía y religión: dos caminos, misma pregunta
En el sistema educativo, la filosofía y la religión suelen presentarse como disciplinas enfrentadas: una asociada al pensamiento racional y la otra a las creencias. Oliver rechaza esa dicotomía y defiende que ambas pueden desempeñar un papel complementario dentro del aula. A su juicio, las dos persiguen un objetivo común: ayudar al alumno a mirar hacia su interior antes de buscar respuestas en el exterior.
Mientras la filosofía proporciona herramientas para cuestionar la realidad, argumentar y formular preguntas, la religión aporta una dimensión que identifica con la confianza, la esperanza y la voluntad de orientar la propia vida hacia el bien. “No chocan”, viene a sostener durante la conversación con elDiario.es. Considera que ambas disciplinas pueden convivir porque comparten una finalidad educativa: formar personas capaces de pensar por sí mismas y de actuar con responsabilidad en la sociedad. Esa convicción atraviesa toda su manera de entender la enseñanza. Las grandes preguntas filosóficas, explica, siguen teniendo sentido porque obligan a detenerse, reflexionar y cuestionar aquello que muchas veces se acepta de manera automática en un entorno dominado por la inmediatez.
Hacer visibles acciones desapercibidas
Si hay una idea que Oliver repite a lo largo de la conversación es la importancia de escuchar. Reconoce que durante años ese fue uno de sus principales errores como docente y asegura que aprender a hacerlo cambió por completo su relación con los alumnos. Con el tiempo, explica, comprendió que detrás de muchas conductas disruptivas o de un aparente desinterés por las clases suele haber problemas personales, familiares o sociales que pasan inadvertidos para la mayoría de los adultos.
El profesor considera que, detrás de muchas conductas disruptivas o de un aparente desinterés por las clases suele haber problemas personales, familiares o sociales que pasan inadvertidos para la mayoría de los adultos
Por eso insiste en que la primera tarea de un profesor consiste en mirar más allá del comportamiento visible, en mantener una escucha activa e interés ante las debilidades y conyunturas adversas de los estudiantes. Es ahí cuando surge un ejemplo vivido recientemente por otro docente en un centro educativo. Tras un conflicto entre dos alumnos, uno de ellos regresó al día siguiente decidido a pedir disculpas públicamente después de haber reflexionado sobre lo ocurrido. Ese docente reforzó ese gesto con una respuesta inmediata: “Eres el mejor”. Oliver celebra esa reacción porque considera que reconocer ese tipo de comportamientos resulta tan importante como corregir los errores. “Es importantísimo decírselo y repetírselo muchas veces, porque el sistema los vuelve casi invisibles”, afirma.
Para el profesor, momentos como ese resumen el sentido de la profesión docente. Ver cómo un alumno reconoce un error, intenta reparar el daño causado y da un paso hacia la reconciliación representa una recompensa que trasciende cualquier evaluación académica. “Es una parte muy importante de la nómina que cobramos los docentes”, concluye con una sonrisa.
Con todo y más allá de los contenidos de filosofía o religión, Oliver resume así la finalidad de su trabajo: ofrecer a los jóvenes herramientas para comprender mejor la realidad, pensar con autonomía y construir una identidad propia en un contexto donde, a su juicio, cada vez resulta más difícil distinguir entre el ruido y lo verdaderamente importante.