Vivir después del suicidio: el duelo invisible de los que se quedan
El suicidio sigue generando grandes silencios en los círculos sociales. Se suele hablar poco de él, se evita, e incluso incomoda. A pesar de ello, detrás de cada fallecimiento hay muchas vidas que siguen, atravesadas por una ausencia difícil de comprender y de poder explicar. Unos son padres, otros son hermanos. E incluso hay parejas e hijos. Personas que, además de enfrentarse a la pérdida, también se abocan a un duelo lleno de preguntas sin respuesta, culpa persistente y, en muchas ocasiones, el peso del estigma. Se los conoce como supervivientes, al ser personas que han experimentado altas intensidades de sufrimiento, de vivencia traumática, tras la muerte de un familiar cercano.
Juan (nombre ficticio por petición propia) perdió hace unos años a su hermano mayor, una de las personas clave en su vida. Lo describe como alguien “profundamente generoso”, siempre dispuesto a ayudar, incluso a costa de sí mismo. “Nunca tenía un ‘no’ para la gente”, recuerda. Nada hacía prever lo que ocurriría. Sin embargo, un día, el de Reyes, la familia esperaba reunirse como cada año. Los minutos pasaban y él no llegaba y tampoco respondía a las llamadas. “El nerviosismo y la ansiedad fueron en aumento”, explica Juan. Ese momento, aparentemente cotidiano, quedaría acaso grabado como el inicio de una ruptura definitiva.
Desde ese instante, todo cambió. “Fue un golpe terrible. Entré en estado de shock”. Fueron días, semanas, en las que este hermano pequeño vivió en una especie de piloto automático, centrado en gestionar lo más urgente: trámites, llamadas, organización. “Era como si no tuviera otra opción que seguir adelante sin dejarme caer”. Hasta el día en que esa inercia se detuvo y apareció el vacío; el suyo, uno profundo y difícil de llenar con palabras.
El silencio tras el impacto
“Un silencio desgarrador que lo invade todo. Su voz se fue apagando poco a poco: ya no hubo llamadas, ni respuestas, ni mensajes”. La forma en la que Juan describe la ausencia refleja un vacío que comparten muchos supervivientes: no solo desaparece la persona, también todo lo que gira en torno y sostiene la relación en lo cotidiano.
Un silencio desgarrador lo invade todo. Su voz se fue apagando poco a poco: ya no hubo llamadas, ni respuestas, ni mensajes
Con todo, ese enmudecer no es únicamente interno. También es social. La psicóloga sanitaria Silvia Sevilla explica que el duelo por suicidio tiene elementos que lo diferencian de otros procesos de pérdida: “No solo se pierde a la persona, también se pierde la sensación de seguridad y muchas veces la narrativa que teníamos sobre esa relación”. Es decir, se rompe la historia tal y como la entendíamos, con todos los matices que la configuran.
A partir de ahí, emergen preguntas que no cesan en un tiempo: “¿por qué?”, “¿cómo no lo vi?”, “¿podría haber hecho algo?”. Son pensamientos recurrentes, intrusivos, que buscan reconstruir lo ocurrido con la esperanza de encontrar una explicación que calme el dolor. Sin embargo, en la mayoría de los casos, esa explicación no llega.
La culpa y el “permiso para vivir”
Ana (nombre ficticio) también perdió a su hermano, en su caso, el menor. Su relato comienza con una frase que resume el impacto: “Cambió radicalmente todo en una milésima de segundo”. Recuerda aquellos primeros días como un torbellino en el que apenas había espacio para sentir. “Había que hacer muchas cosas… y las hice. No sé ni cómo”.
Ese estado de urgencia, explica la psicóloga, es habitual. El cuerpo y la mente entran en un modo de supervivencia para sostener lo que es inmediato. No obstante, cuando la intensidad inicial disminuye, aparecen emociones más profundas y difíciles de gestionar. Entre ellas, la culpa ocupa un lugar central. “Por no haberme dado cuenta de que no estaba bien y no haberle podido ayudar”, dice Ana. Una culpa que no solo respira en el pasado, sino que también condiciona el presente. Porque, como ella misma explica, hay algo que cuesta especialmente: “Darte permiso para seguir viviendo”.
[Lamento] no haberme dado cuenta de que no estaba bien y no haberle podido ayudar
Acompañar sin juzgar
Desde el Teléfono de la Esperanza, su portavoz en Balears, Lino Salas, señala que esa mezcla de dolor, culpa y desconcierto es una constante entre quienes buscan ayuda. Muchas personas llegan con una necesidad urgente de entender lo ocurrido, pero también con miedo a expresar lo que sienten.
En ese contexto, el acompañamiento temprano resulta fundamental. No se trata de encontrar respuestas rápidas ni de ofrecer soluciones, sino de sostener. Escuchar sin juzgar, validar emociones —aunque sean contradictorias— y estar presente en lo cotidiano. “A veces lo más importante no es lo que se dice, sino el hecho de no dejar sola a la persona”, resume.
Sin embargo, ese acompañamiento no siempre se produce de forma adecuada. Como explica Silvia Sevilla, el entorno puede caer en errores bienintencionados: minimizar el dolor, evitar el tema o presionar para que la persona “avance”. Todo ello puede aumentar la sensación de aislamiento. “El silencio social pesa mucho”, advierte.
El peso del estigma social
Laura (también nombre ficticio) perdió a su esposo tras 17 años de vida en común. Aunque llevaban meses separados, mantenían un vínculo cercano y compartían la crianza de su hijo. “Lo primero que pensé fue: ‘¿Cómo se lo voy a explicar a mi hijo?’”. Esa pregunta marcó el inicio de un proceso en el que el duelo propio y el de su hijo se entrelazaban.
A la avalancha emocional, inundada de culpa, tristeza y miedo, se sumó una dificultad añadida: la reacción del entorno. “Recibía comentarios como ‘qué egoísta’ o ‘qué cobarde’”, recuerda. Palabras que, lejos de consolar, aumentaban el dolor. “Simplificaban una realidad muy compleja y cargada de sufrimiento”.
Recibía comentarios como ‘qué egoísta’ o ‘qué cobarde’
Este tipo de respuestas, advierten los expertos, forman parte del estigma social que aún rodea al suicidio. Según explica la presidenta del Teléfono de la Esperanza, Maria Antònia Mateu Oliver, ese estigma no solo afecta a quienes están en riesgo, sino también a quienes sobreviven a la pérdida, dificultando que puedan hablar abiertamente de lo ocurrido.
Un duelo que nada tiene de lineal
Tras la pérdida, el primer año suele ser especialmente intenso. Silvia Sevilla lo describe como una montaña rusa emocional. Al principio, predomina el impacto: insomnio, desconcierto, incluso una especie de anestesia emocional. Después, cuando la realidad se asienta, aparecen el vacío y las preguntas.
Entre los tres y los seis meses, muchas personas experimentan un aumento de la rumiación, la sensación de abandono o incluso la ira: hacia la persona fallecida, hacia uno mismo o hacia el entorno. Y a partir de ahí, el proceso puede avanzar hacia la integración o, en algunos casos, estancarse.
“No es un proceso lineal”, insiste la psicóloga. Hay avances y retrocesos, momentos de aparente calma y otros en los que el dolor regresa con fuerza, especialmente en fechas significativas. Comprender esta dinámica es “clave” para no añadir presión a quien atraviesa el duelo, apostilla.
Hablar salva vidas
En este contexto, hay una idea que los profesionales repiten con claridad: hablar del suicidio no aumenta el riesgo. Al contrario. Desde el Teléfono de la Esperanza, Lino Salas insiste en que preguntar directamente, escuchar sin alarmismo y abrir espacios de conversación puede ser un factor protector.
Este enfoque desmonta algunos de los mitos más extendidos, como pensar que quien expresa ideas suicidas no las llevará a cabo o que preguntar puede incitar a hacerlo. La evidencia científica señala justo lo contrario: el silencio es lo que más aísla. Y los propios supervivientes lo confirman. Ana lo expresa con claridad: “Que se dejen ayudar… que no se cierren”. Porque, en muchos casos, compartir el dolor es el primer paso para empezar a sostenerlo.
Precisamente, el Consejo de Ministros ha aprobado este martes la creación del Observatorio para la Prevención del Suicidio, en el marco de los compromisos adquiridos en el Plan de acción 2025-2027, dotado con 17,83 millones de euros. Su objetivo es “reforzar la coordinación institucional y avanzar en una respuesta integral ante uno de los principales retos de salud pública”, según indican desde el Ejecutivo. Y es que, como se indicaba en este mismo medio y según los datos del Instituto Nacional de Estadística, en 2024 se produjeron 3,953 fallecimientos por esta causa en España, siendo la segunda por muerte externa, por detrás de las caídas accidentales.
El papel de los medios: informar sin dañar
La forma en que se habla del suicidio también influye en la percepción social y en la prevención. Durante años, el silencio fue la norma. Hoy, investigaciones como las de la periodista Ángeles Durán, presidenta de la Asociación de Periodistas de las Islas Baleares (APIB) y profesora universitaria en el Centro de Enseñanza Superior Alberta Giménez (CESAG), apuntan a la necesidad de informar, pero hacerlo con responsabilidad.
Más de 800.000 personas se suicidan cada año en el mundo, lo que implica una cada 40 segundos, según datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Ante esta magnitud, la visibilidad se entiende como una herramienta necesaria, siempre que se eviten enfoques sensacionalistas o simplificaciones. En Balears, esta preocupación llevó hace unos años a la APIB a impulsar un código ético con 25 puntos sobre el tratamiento mediático del suicidio, que se elaboró en 2018 en colaboración con el Teléfono de la Esperanza, el Colegio Oficial de Psicología de Balears y el CESAG.
El objetivo de este documento era claro: dar visibilidad y contribuir a paliar lo que los expertos consideran un grave problema de salud pública y evitar el denominado “efecto llamada”. “Sabemos que hay que conjugar las recomendaciones sanitarias y las necesidades informativas, pero, ante la duda, siempre hay que hacer caso a los expertos porque el periodismo responsable es fundamental para contribuir socialmente”, explica Durán, doctora en Comunicación, quien destaca un cambio positivo en los medios de comunicación. “Hay periodistas que siguen saltándose las normas deontológicas, publicando, por ejemplo, el método empleado, pero hemos observado una mejora considerable. Sí nos parece importante, pese a que los expertos insistan en hablar de multicausa, incidir en el detonante, porque ocultarlo es tapar otro problema social grave, como puede ser el bullying, también convertido en ciberacoso. El riesgo más preocupante ahora son las redes sociales”, añade.
Para los familiares de este reportaje, ese enfoque no es una cuestión abstracta. Juan, por su parte, habla de la importancia del respeto y la empatía. Mientras, Laura insiste en no simplificar. Y Ana recuerda que, muchas veces, no hay palabras que consuelen, pero sí gestos que acompañan. Y es que informar bien, en este contexto, no solo es una responsabilidad profesional: también es una forma de cuidado colectivo.
A pesar de todo, los tres coinciden en que es posible seguir adelante. No en el sentido de olvidar, sino de aprender a convivir con la ausencia. La terapia, los grupos de apoyo y el acompañamiento de otras personas en situaciones similares aparecen como pilares fundamentales. “Aprendí a convivir con ello y a seguir adelante”, explica Juan. Ana lo resume con una idea que desmonta muchos tópicos: “El tiempo no cura, simplemente mitiga”. Laura, por su parte, añade una mirada que mezcla dolor y resiliencia: “Aunque la pérdida deja una huella permanente es posible reconstruir la vida”.
Quizá ahí reside la clave: no en cerrar el duelo, sino en transformarlo. Y, sobre todo, en dejar de vivirlo en silencio. Contarlo y pedir ayuda, como le ocurrió a quien escribe estas líneas, para sanar y saber cuidar mejor a los que nos rodean.