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El cumpleaños de la cooperativa de mayores

Imagen del comedor donde almuerzan cada día los cooperativistas. / Trabensol

Imagen del comedor donde almuerzan cada día los cooperativistas. / Trabensol

Trabajadores en solidaridad es el significado de Trabensol, nombre de la cooperativa sin ánimo de lucro formada por personas de la tercera edad que desde hace un año viven juntas pero independientes unas de otras en la localidad madrileña de Torremocha del Jarama. El edificio está formado por zonas comunes, pero cuenta con 54 apartamentos individuales que en este tiempo ya han sido todos adquiridos. “El proyecto empezó a fraguarse hace 12 años cuando nos juntamos varios que proveníamos de movimientos asociativos de [los distritos madrileños de] Moratalaz y Vallecas y empezamos a hablar que queríamos envejecer y seguir haciendo cosas juntos”, explica la presidenta de la cooperativa Paloma Rodríguez. Los que ya estaban jubilados se dedicaron a buscar terreno y después de ver más de 100 sitios encontraron un solar en una localidad de apenas 900 habitantes situada al norte de Madrid.

La cooperativa, ya constituida, compró el terreno -con un dinero que llevaban ahorrando desde hacía seis años- y en 2010 comenzaron a construir lo que serían las futuras casas del resto de sus vidas. “Con los arquitectos empezamos a ver cómo queríamos que fuera el edificio y con ellos fuimos hablando lo que más nos interesaba de las zonas comunes”, cuenta la presidenta. Así por ejemplo, hay una serie de espacios comunes como es un claustro central y un jardín, y alrededor se distribuyen los edificios, donde también hay un gran comedor y diferentes salas para realizar todo tipo de actividades, desde costura, bricolaje, yoga o pintura. Luego están los 54 apartamentos, que pueden ser individuales o compartidos. “Mi vecina de Madrid y yo nos conocemos desde hace 40 años, las dos estábamos viudas y decidimos venirnos a vivir juntas para que nos saliera más económico”, cuenta Rodríguez, quien señala que la experiencia está funcionando muy bien.

Porque la idea de la cooperativa es que cada miembro pueda vivir de forma independiente en su casa, pero que al mismo tiempo también pueda estar acompañado cuando lo desea. “Hay muchas actividades organizadas y quien quiere puede apuntarse o no”, señala Rodríguez. Ella, por ejemplo, cuenta que cuando se cansa de estar en su casa por la noche pues se baja a la zona común y siempre encuentra alguien con quien charlar.

Desayunos y cenas, independientes

Cada cooperativista hace los desayunos y las cenas por su cuenta. “Hay algunos que madrugan mucho y otros que dormimos más, así que mejor que cada uno se organice como quiera”, indica. La única asistencia que se pide, a no ser que alguien se vaya fuera, es la comida. “También es una manera para saber y controlar si a alguien le ha pasado algo”, señala.

El edificio tiene una arquitectura bioclimática, lo que le hace sostenible y respetuoso con el entorno. El tipo de energía que emplean es geotermia. “Construimos 15 pozos a 150 metros de profundidad, donde siempre hay una temperatura estable, lo que nos hace estar frescos en verano y en inviernos emplear menos calefacción”, explica Fernández. Al final de una de las salas comunes hay un aljibe en el que recogen la lluvia para poder regar en verano. “Está todo muy pensado y hasta tenemos un huerto en altura, para que la gente no se tenga que agachar”, añade la presidenta.

La cooperativa es la propietaria de los pisos y los que están en ella han pagado unos 150.000 euros para adquirirlos. Si en algún momento alguien quiere marcharse se le devuelve la mayor parte del dinero en cuanto entra un nuevo cooperativista que pueda sustituirle. Luego, al mes, por los servicios de limpieza, comida y gastos fijos de agua, luz y calefacción pagan entre 1.150 euros y 900, dependiendo de si la persona vive sola o no.

La cooperativista señala que la experiencia durante este año ha sido muy positiva. Asegura, que ella por ejemplo, no echa de menos Madrid, a pesar de que siempre ha vivido allí y es donde también residen también sus cinco hijos. “Cuando quiero cojo el coche y me voy para allá”, afirma. Ellos pueden venir a visitarla cuando quieran, e incluso sus nietos se han quedado algunos días con ella.

El centro tiene también mucha relación con el resto de habitantes de Torremocha del Jarama. “Varios nos hemos apuntado a un asociación cultural que tienen y hacemos cosas juntos”, explica, y señala que también echan un mano en otra entidad que se ocupa de los jóvenes que dejan el centro de acogida de menores al cumplir 18 años que la Comunidad de Madrid tiene en la localidad. “Nos hemos juntado muchos que seguimos teniendo ganas de hacer cosas”, afirma. Y a pesar de que tienen dos habitaciones medicalizadas con grúas, el espíritu de la cooperativa es “usar los servicios públicos todo lo que podamos”, subraya.

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