Elecciones en Colombia: el candidato ultra De la Espriella busca hacerse con la presidencia frente al progresista Cepeda
Colombia batió el pasado 31 de mayo su récord histórico de participación electoral sin que sus candidatos presidenciales debatieran una sola vez. En Bogotá, en Medellín o la portuaria Barranquilla, los puestos de votación amanecieron con filas más largas de lo habitual.
El electorado eligió en primera vuelta al aspirante de la derecha radical, Abelardo de la Espriella, quien lideró con 10,36 millones de votos (43,74%). Hoy su rival en las urnas será Iván Cepeda, el representante del oficialista Pacto Histórico, que sumó 9,69 millones (40,90%). Uno de los dos gobernará los próximos cuatro años.
Abelardo De la Espriella, de 47 años, llega a esta segunda vuelta con un impulso que muy pocos habían detectado en el radar. Ningún candidato había alcanzado tantos votos en una primera ronda, ni siquiera el influyente Álvaro Uribe en sus dos victorias de principios de este milenio. Para hacerse una idea, hace tan solo dos meses las encuestas situaban al aspirante ultraderechista en tercer lugar. Pero el desplome de la senadora uribista Paloma Valencia, candidata de la derecha institucional que quedó tercera con menos del 7%, volcó hacia De la Espriella un caudal de votos y obligó a rivales y analistas a recalibrar sus estrategias.
Entre tanto, Iván Cepeda, senador de izquierda de 62 años, heredero del proyecto del presidente y defensor de derechos humanos, había encabezado las encuestas y su campaña llegó a creer que podría ganar en primera vuelta. No fue así. Su resultado trazó con exactitud los límites del izquierdista Pacto Histórico que Gustavo Petro construyó desde el poder: un bloque fiel, movilizado, pero incapaz de ir más allá de sus propias fronteras. El precio de ese repliegue quedó claro en la recta final y la formación no logró captar, en un intento tardío y sin demasiada convicción, al electorado del centro político.
Voto por descarte más que por convicción
Por segunda vez consecutiva, el país se debate entre extremos: un populismo de derecha con fuerte arraigo transversal y una izquierda que moviliza a los sectores más vulnerables. Aunque los partidos históricos mantienen su poder en el Congreso mediante el clientelismo, la pugna por el Ejecutivo opera bajo otra lógica. El politólogo Gustavo Duncan (Universidad EAFIT) plantea una tesis: “Los colombianos ya no confían en la política tradicional para la presidencia”.
En este tablero polarizado, el político tradicional pasó de ser el protagonista de la contienda a convertirse, en algunos casos, en un negociador en la sombra, indispensable para la gobernabilidad pero incapaz a la hora de cautivar al electorado de forma masiva en las urnas.
La gente elegirá a quien represente una menor amenaza para su forma de ver la vida
Bibiana Ortega, politóloga especialista en comportamiento electoral de la Universidad Javeriana, sostiene en conversación con elDiario.es que el domingo se votará más por descarte que por convicción. “La gente elegirá a quien represente una menor amenaza para su forma de ver la vida, para su visión del Estado, para su percepción de seguridad y de los derechos”, explica.
Se trata de la misma lógica que operó en 2022, cuando Gustavo Petro y el entonces ‘outsider’ de derecha Rodolfo Hernández se presentaron como rivales irreconciliables. Las encuestas actuales lo corroboran: según la encuestadora CB Global Data, el 50,4% de los colombianos dice que jamás votaría por Cepeda y el 46,3% afirma lo mismo de De la Espriella.
En esta elección, más de la mitad del país rechaza a uno de los dos candidatos en competencia. La campaña, además, ha dejado cicatrices visibles. El presidente Gustavo Petro nunca reconoció los resultados de la primera vuelta e insinuó que hubo fraude sin pruebas. También dejó abierta la posibilidad de rechazar lo que ocurra este domingo 21 de junio. Su candidato, Iván Cepeda, tardó ocho días en admitir aquella derrota, pese a reconocer el 1 de junio que no había hallado “irregularidades de dimensiones suficientes”.
En la otra esquina, Abelardo De la Espriella celebró su triunfo en Barranquilla, en el Caribe colombiano, con una advertencia: “Vamos a defender la democracia por la razón o por la fuerza”. Dos semanas después instó a las Fuerzas Militares a intervenir si Petro desconocía el resultado del balotaje. Entre tanto, los dos candidatos negociaron durante semanas las condiciones de un debate que nunca llegó a celebrarse.
Negociaciones “condicionadas”
Laura Wills, politóloga de la Universidad de los Andes, observa que, pese a la polarización, las encuestas muestran que la mayoría de los colombianos sigue considerando la democracia como el mejor sistema posible. El problema, apunta, es que cada polo ideológico la ha definido como un sastre a su medida. Por un lado, se presenta un espacio que debe protegerse de actores violentos, incluso con propuestas que estiran los límites del Estado de derecho o las libertades individuales. Por el otro, se concibe como el marco necesario para impulsar cambios estructurales, no siempre consensuados, hacia una sociedad más igualitaria.
Wills descree que, una vez en el poder, los candidatos vayan a romper las reglas formales del juego democrático. Le preocupa, en cambio, que fallen los mecanismos de contrapeso de un sistema presidencialista como el colombiano. O que no exista una oposición con capacidad real de frenar excesos. De momento, el Congreso que heredará el próximo presidente está fragmentado en cerca de una docena de partidos. Ninguno supera el 15% del poder político. “Quien gane tendrá las herramientas para armar coaliciones”, sostiene Wills. “Pero las negociaciones vendrán condicionadas: prebendas, ministerios y clientelismo”.
La conversación va a estar muy degradada y con mucha confrontación, y eso no solía ser así en Colombia
Gustavo Duncan comparte los reparos y plantea otros. Para el politólogo y columnista del diario El Tiempo, el peligro no radica en una ruptura democrática, sino en un proceso más silencioso: la lenta oxidación interna del sistema. Esto implica que gobernar se convierta en el arte de hostigar al adversario en lugar de administrar el país con buen pulso. “Lo más probable es que gane Abelardo y que haga política dura”, afirma el también doctor en Ciencias Políticas, quien advierte de que “la conversación va a estar muy degradada y con mucha confrontación. Y eso no solía ser así en Colombia”.
Juan David Velasco, coautor del exhaustivo libro ¿Quién manda en Colombia?, precisa que en casi el 44% de los municipios existe un electorado de derecha muy estable que votó por Álvaro Uribe en 2006, por el 'No' al acuerdo de paz en 2016 y por el ya fallecido ingeniero Rodolfo Hernández en 2022. A este bloque ahora se sumaron otras élites económicas impulsadas por el miedo. “El 'Arca de Noé' [como bautizó la campaña de la extrema derecha su plan de choque fiscal y energético] fue interpretado como un bálsamo frente a temores como la caída de los ingresos petroleros, el riesgo de un apagón y más impuestos al patrimonio”, explica el académico de la Universidad Javeriana. “Al final, esas preocupaciones económicas pesaron más que las inquietudes sobre sus posturas antiliberales”, concluye.
Ventaja para De la Espriella
Los católicos ultraconservadores son, según Bibiana Ortega, la novedad de esta campaña. Tras alejarse de Paloma Valencia, en parte por incluir en su propuesta una fórmula vicepresidencial de la comunidad LGBTQ, este sector vio bajo amenaza sus principios sobre la familia tradicional. Su alternativa fue De la Espriella. Y para superar el hecho de que el candidato ultra no es evangélico ni devoto, el liderazgo religioso construyó una justificación teológica basada en el rey persa Ciro: el gobernante pagano instrumentalizado por la divinidad. De hecho, uno de sus gritos de batalla electoral ha sido convertir Colombia en una ‘Patria milagro’.
Lo cierto es que las últimas encuestas coinciden: De la Espriella, a quien el presidente Donald Trump ha apoyado sin recato, lidera con una ventaja de entre cuatro y ocho puntos. Ninguna firma prevé un triunfo de Cepeda. En la recta final, el voto en blanco —que llegó a rozar el 16%— se desinfló hasta casi desaparecer. La incertidumbre se disipó y los datos sugieren que la mayoría de los indecisos terminó inclinándose por el candidato de la ultraderecha que ha prometido “destripar a la izquierda” e importar el modelo de cárceles de Bukele a las selvas colombianas.
Pese al panorama, Bibiana Ortega rescata algunas razones para la esperanza. La politóloga argumenta que el verdadero hito de este periodo no es el Gobierno actual, sino la madurez democrática que dejó a su paso. “La derecha aprendió a ser oposición; la izquierda, a gobernar. Y cuando las Cortes o el Congreso debieron frenar al Ejecutivo, lo hicieron”, afirma. Asimismo, concluye, las instituciones locales se consolidaron al superar su mayor examen. El país definirá este domingo si se suma a la tendencia de erosión democrática mundial o mantiene su rumbo a pesar de la retórica de fuerza que crece. “A veces, da la impresión de que en Colombia pasa de todo”, remata Ortega. “Pero en realidad nada pasa”.
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