La huelga general de Brasil se ve obligada a compartir espacio con las nuevas protestas

Carreteras cortadas. Puertos bloqueados. Comercios cerrados. Bancos sin clientes. Manifestaciones llenas de banderas rojas. El guión planeado por la docena de centrales sindicales que convocaron la huelga general que Brasil vivió el jueves se cumplió a rajatabla. Sin embargo, el plan B cocinado en red, sin organizaciones ni líderes, compuso otra entrega de su nueva sinfonía: miles de personas rodearon las redacciones de la Rede Globo, ciudadanos ocuparon plenos municipales, personas saltaron sobre los torniquetes de estaciones de metros de todo el país, hubo manifestaciones alrededor de palacios de Gobierno.

Los convocantes de la huelga general cumplieron su objetivo: incorporarse a las protestas para presionar a la presidenta Dilma Rousseff hacia la izquierda. Sin embargo, el lado B del Brasil en pie entonó un #TomaLaHuelga sin complejos, tomando redes y calles.

¿Qué está pasando en Brasil? La avenida Paulista de São Paulo, principal escenario de las protestas del último mes, está tomada. Banderas blancas, como las de la Unión General de los Trabajadores (UGT). Rojas, como la Central Única de Trabajadores (CUT) en la que creció políticamente el expresidente Inácio Lula da Silva. Encima de un trío eléctrico –un camión muy habitual durante el carnaval y los mítines– desfilan líderes políticos y sindicales. Repiten consignas reconocibles: “Unidad”, “el pueblo unido”, “la clase trabajadora”.

Es el turno de Karina, de la Unión de Estudiantes de São Paulo: “Seguimos en las calles, unidos y organizados”. Sergio Marques, de la central sindical Conaccovest, charla animadamente con Norberto Marques, un metalúrgico jubilado. Ambos coinciden en algo: Dilma hace una política neoliberal. “Desvió dinero de la salud y la educación para el gran capital, para el beneficio de los especuladores”, afirma Sergio. Norberto destaca que él y “los compañeros de Força Sindical están en la calle para forzar un giro izquierdista en el Gobierno”. Norberto destila rabia contra los partidos políticos: “Se han distanciado del pueblo, son un pésimo ejemplo”.

Sin embargo, rápidamente surge el consenso partidista. “Sin partidos esto es fascismo”, afirma Sergio Márques. Y el recelo a las megamanifestaciones del último mes surge a coro: “En esta manifestación no hay confusión, hay organizadores, somos responsables, tenemos las cosas claras”. A unos cien metros, dos adolescentes pasean sobre dos patinetes. Miran sin entusiasmo una concentración mucho menor que la de las últimas semanas.

“No sé, está como muy contaminado el ambiente. Demasiadas banderas, una estructura muy rígida, ¿no?”, asegura Giovanna Benvenuti, de 16 años. Su amiga Bárbara Aragón, sobre su tabla de madera, también apuesta por el lado B de las protestas brasileñas: “Me gustaron más las manifestaciones de los primeros días, había más libertad, carteles más plurales”. Ninguna de las dos ha votado nunca. Ni piensan hacerlo, a pesar de que en Brasil es obligatorio. Ninguna lee medios de comunicación. “No veo la televisión”, matiza Giovanna. Su lado B, confiesan mientras se alejan sobre el patinete, suena a You Tube, a redes, a amigos, a calle.

La jornada de huelga nacional nació con una fotografía no prevista. Un cartel (“Jesús es gay”), bajo el crucifijo de la Câmara Municipal de Porto Alegre, poco antes de la medianoche del #11J. La imagen, colocada por uno de las personas que ocuparon el pleno municipal en nombre del pueblo, dio el pistoletazo de salida a una jornada de huelga general que no encajó en los moldes del pasado. Mientras los grandes medios informaban sobre las 13 carreteras cortadas en el país o sobre la paralización del puerto naval de Santos, las calles y redes de Brasil vivieron otra jornada imprevisible.

Los ocupas del pleno municipal de Porto Alegre realizaron asambleas con streaming, para discutir la transparencia en el transporte. El Frente de la Lucha por el Transporte de Florianópolis (Santa Catarina), como muchísimos colectivos del país, continuaron con su grito de tarifa cero. Y los catracaços –que promueve saltarse los torniquetes en el transporte público como hace YoNoPago en Grecia o España– se repitieron en todo el país.

“Las piezas están desordenadas en el tablero, y hay mucha gente que quiere que todo vuelva a ser como antes. Pero no hay manera”, aseguró en São Paulo la activista Diná Ramos, del Colectivo A Rua. El tablero político-social de Brasil, más allá del desorden, tiene nuevas piezas en la partida.

El último estudio del núcleo de visualizaciones de redes Interagentes sobre el junio brasileño no deja lugar a dudas: “Los partidos y sindicatos perdieron en junio el lugar de intermediación privilegiado de convocación y la organización de multitudes, los medios de masas perdieron el monopolio de interpretación de los acontecimientos”.

El Día Nacional de Luchas acabó con un final no planeado por las centrales sindicales: miles de brasileños rodearon las redacciones de la Rede Globo en ciudades como Belo Horizonte o São Paulo. El odio contra los medios de comunicación, patente desde el inicio de las revueltas, canalizó en el 1º Gran Acto contra el monopolio de los medios. En São Paulo, los manifestantes recorrieron las calles entonando gritos contra los medios de masas: “Va a caer, va a caer, la Rede Globo va a caer”, “fuego en la Rede Globo”, “Globo miente”.

El #OcupeAMídia (ocupa los medios) se vio en carteles, pegatinas, grafitis, redes, streamings.... Incluso se llegó a leer Ocupe a Mídia en los relojes/termómetros digitales de la ciudad, hackeados para la ocasión. Los manifestantes, incluso rebautizaron un puente como Vladimir Herzog, uno de los iconos de la lucha contra la dictadura. La imagen que resume el lado B de la huelga general, el #tomalahuelga de redes y calles, fue la de un rayo láser verde que el activista Paulinho Fluxus colocó en la mismísima cara del presentador del telediario de São Paulo de la Rede Globo. Una imagen efímera, que salió de antena rápidamente, que resume el día en el que las redes dispersaron una huelga general.