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De la Intifada a la ofensiva en Gaza: qué fue de los militares que se negaron a servir en los territorios ocupados

Dos soldados tras recuperar el control en el kibbutz Bari.

Hace 21 años, en pleno pico de violencia durante la Segunda Intifada, dos soldados israelíes publicaron una carta –con el apoyo y la firma de otros 50 compañeros de filas– en el principal periódico nacional declarándose objetores de conciencia y negándose a servir en los territorios ocupados palestinos:

“Nosotros, reservistas y soldados de las Fuerzas de Defensa de Israel, educados en los principios del sionismo, el sacrificio y la entrega al pueblo y al Estado de Israel,

Nosotros, soldados que hemos recibido órdenes que no tienen nada que ver con la seguridad de nuestro país y que tenían el único propósito de perpetuar nuestro control sobre el pueblo palestino,

Declaramos que no seguiremos combatiendo esta guerra de asentamientos y no seguiremos combatiendo más allá de las fronteras de 1967 con el objetivo de dominar, expulsar, matar de hambre y humillar a un pueblo entero“.

Alrededor de mil soldados se unieron a la iniciativa, que se convirtió en una de las mayores acciones políticas de la izquierda sionista israelí en décadas.

Las autoridades reaccionaron con contundencia. Alrededor de 500 personas cumplieron penas cortas de prisión, incluidos los dos ideólogos del movimiento: David Zonsheine y Yaniv Iczkovits. Dos décadas después, su legado prácticamente ha desaparecido y sus integrantes han tomado caminos opuestos. Iczkovits, que hoy es escritor, se ha vuelto a unir al Ejército para luchar en la nueva ofensiva lanzada en Gaza por Israel; y Zonsheine, cuyo tío fue asesinado en el ataque de Hamás del pasado 7 de octubre y cuya prima está secuestrada, pide un alto el fuego.

Noam Sheizaf, periodista fundador del medio +972 Magazine, sirvió cuatro años y medio en el Ejército y fue otro de los firmantes de la carta. “En términos del debate público israelí, ninguna otra iniciativa de la izquierda sionista ha tenido tanto impacto. Fue su última defensa. Desde entonces, la izquierda judía busca su voz en la conversación israelí”, escribía en un artículo conmemorando los 20 años del movimiento de objetores de conciencia.

“Cuando nació en 2002 no era un grupo homogéneo. Algunos ya teníamos preguntas sobre el sionismo en sí mismo y muchos, como Zoneshine, nos hemos radicalizado. Creo que la mayoría sigue pensando que el sionismo puede ser una cosa moral, pero que es necesario acabar con la ocupación del 67”, dice a elDiario.es Tamir Sorek, uno de los firmantes de la 'carta de los combatientes'.

En una columna en la que explica su decisión de unirse al Ejército, Iczkovits afirma: “Lo que ocurrió el 7 de octubre no tiene nada que ver con la ocupación, ni siquiera con el conflicto palestino-israelí en los territorios. Lo que ocurrió el 7 de octubre fue que una organización terrorista que controla por la fuerza la vida de millones de habitantes envió a miles de terroristas a asesinar, masacrar, violar y quemar a civiles inocentes”.

“Hoy sigo convencido de que la ocupación israelí es inmoral y de que los extremistas israelíes quieren destruir cualquier posibilidad de reconciliación. El hecho es que, para esta guerra, voy a luchar sin dudarlo”, sostiene el escritor. “Si realmente es posible soñar con una realidad diferente algún día, quienes planearon el 7 de octubre y todos los que participaron en estas operaciones deben pagar el precio. Permitir la existencia de una organización terrorista en nuestras fronteras significa contar los días hasta la próxima tragedia”.

Mientras tanto, Zonsheine pide el final de la guerra: “Estoy lleno de rabia, pero no deberíamos atacar y entrar en Gaza y deberíamos parar la venganza contra los civiles. Si queremos eliminar a Hamás, solo lo podemos hacer como parte de un plan mayor de terminar el bloqueo, negociar internacionalmente con los palestinos y crear un futuro mejor para ambos pueblos”.

Zonshiene dirigió hasta 2022 la ONG B’Tselem (Centro de Información Israelí para los Derechos Humanos en los Territorios Ocupados), que denuncia a Israel como un régimen de apartheid. Durante su mandato, la ONG dejó de trabajar con el ejército en las investigaciones sobre abusos en los territorios ocupados al considerar que esa colaboración era una herramienta de las fuerzas armadas para un blanqueamiento internacional y una tapadera para seguir cometiendo abusos.

En su artículo, Iczkovits culpa del ataque del 7 de octubre al Gobierno de Netanyahu por “reforzar a Hamás para debilitar a la Autoridad Palestina en una estrategia de divide y vencerás para eliminar la posibilidad de un acuerdo diplomático”. Sin embargo, “la izquierda israelí también tiene parte de culpa”, señala. “Muchos en la izquierda creían que el objetivo de Hamás era la independencia de Palestina, no la destrucción del Estado de Israel. Que se trataba de un conflicto sobre territorios, no sobre el fundamentalismo más oscuro”.

“Hoy no lo hubiese hecho”

Hoy, muchos de los firmantes de la carta inicial de 2002 forman un grupo de Whatsapp en el que “se discute todo el rato sobre lo que está pasando ahora. Hay discusiones entre los que siguen pensando que hay que negarse a servir y los que no”.

“Cuando muchos de nosotros miramos la carta de hace 21 años, nos parece vieja. Muchos habríamos utilizado hoy un lenguaje y símbolos diferentes. Parece demasiado patriótica”, dice Sorek. “Entonces pensábamos que utilizando nuestras credenciales militares podríamos aumentar las opciones de influir. Hoy no lo hubiese hecho porque creo que contribuye a la militarización del discurso. El activismo político más importante en este momento es un activismo conjunto entre palestinos e israelíes y poner el servicio militar en primera línea ahora es un obstáculo”.

“Serví en el Ejército porque se me enseñó que era lo correcto y porque era obligatorio, pero está lejos de ser a día de hoy un elemento importante en mi identidad como símbolo político”, añade.

Según escribe Sheizaf, “la carta de los combatientes fue parte de un momento de transformación en la historia de la ocupación y en la historia de la izquierda israelí”. “Para muchos, incluido yo, negarse a servir era también parte de una transformación personal. Una entrada a una nueva forma de ver el conflicto”, subrayaba en su artículo para el vigésimo aniversario de aquel movimiento.

A pesar de los debates sobre el legado de la ‘carta de los combatientes’, el negarse a servir en los territorios ocupados fue un proceso de transformación y deconstrucción individual irreversible para muchos de ellos. En el caso de Sorek, su actividad política comenzó con la firma de la declaración. Para Zonshiene, la carta “cambió” su vida para siempre.

“Crecí en la frontera con Líbano y desde pequeño sabes que estás en peligro porque hay terroristas al otro lado. No sabes nada de historia, solo que son malos. Lo que les pasó a muchas de estas comunidades cerca de Gaza el pasado 7 de octubre es la realización de mi propia pesadilla”, dice Torek. “Requiere mucha educación, lecturas y, sobre todo, escuchar historias de palestinos. Cuando estás listo para escuchar, aprendes cosas. Aprendes que aquellos del otro lado que intentan entrar y atacarte son descendientes de refugiados expulsados de donde tú estás y que las tierras agrarias que yo trabajaba les pertenecían. Todo tiene un contexto y hay que aprenderlo”.

Algo similar le ocurrió a Zonshiene. “Para alguien como yo, para el que buena parte de su identidad se basaba en ser comandante de una compañía de élite, era una decisión difícil y fundamental. Tras un año de lecturas y de conocer a gente, me di cuenta del salto que había entre lo que yo creía y la realidad sobre el terreno”, escribió Zonshiene en redes sociales recordando el vigésimo aniversario de la carta. “Me di cuenta de que no había posibilidad de seguir participando en este sistema al que tanto quería y al que estaba tan conectado y me negué a servir en los territorios ocupados”.

En un mensaje al futuro, Zonshiene le decía a Sheizaf: “Si alguien me hubiera dicho entonces que el Ejército bombardearía Gaza desde aviones, me hubiese parecido una locura. Nosotros nos negamos a hacer mucho menos. Así que si las cosas empeoran, y tienen el potencial de empeorar mucho, la gente tiene que saber que existe la opción de decir no”.

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