PERIODISMO
El misterio de un salto mortal o cómo Londres se convirtió en un cascarón vacío de opulencia sin escrúpulos
A las dos y veintitrés de la madrugada del 29 de noviembre de 2019, una cámara de la sede de los espías británicos grabó la imagen de un joven en un balcón del quinto piso de un edificio de fachada ondulada, piedra clara y aluminio bronceado junto al Támesis. La figura se asomó, primero por el centro y luego por una esquina. Volvió al punto de partida y saltó al río. Se llamaba Zac Brettler, tenía 19 años y no era quien decía ser.
El misterio de ese salto vertebra el nuevo libro del periodista Patrick Radden Keefe, London Falling, que se acaba de publicar en inglés y se editará en español y en catalán en otoño (el autor lo presentará en octubre en Barcelona, donde escribió el manuscrito durante una estancia en el Centro de Cultura Contemporánea). Keefe, reportero de The New Yorker, es autor de No digas nada, sobre un asesinato sin resolver del IRA, y El imperio del dolor, sobre la familia Sackler, propietaria de la farmacéutica ligada a la crisis de los opiáceos.
El reportero estadounidense llegó a la historia que cuenta ahora durante el rodaje en Londres de la serie sobre No digas nada, en verano de 2023. Un hombre amigo del director de la serie se le acercó a conversar en una espera. Hablaron de una rabina de la ciudad conocida por ambos y casi por casualidad el espontáneo mencionó a la familia Brettler.
Así empezaron 18 meses de investigación exhaustiva sobre un caso en el que ningún otro periodista había indagado hasta entonces. La muerte de Zac Brettler había quedado sin resolver, según una investigación oficial, y su vida seguía llena de incógnitas. Después de su desaparición, sus padres habían descubierto que el joven se hacía pasar por el hijo de un oligarca ruso conectado con Roman Abramovich, entonces propietario del Chelsea, y que había acabado en un círculo de truhanes ricos de Londres. Cuando Keefe empezó a tirar del hilo no había salido ni un breve en ningún medio británico.
Las sombras detrás de la opulencia
London Falling desentraña algunos de los misterios de la vida y la muerte de Zac Brettler, pero también retrata la corrupción económica y moral de una ciudad convertida en una fachada de opulencia que encubre un mundo oscuro de mansiones fantasma vacías, empresas pantalla, oligarcas, asesinos, gánster de medio pelo y policías incompetentes o cómplices.
El libro relata el cambio radical de una ciudad portuaria e industrial convertida en el centro de las finanzas mundiales por la desregulación de Margaret Thatcher de 1986. Llegaron los brokers estadounidenses sin horarios y las fortunas de pseudo empresarios que habían rapiñado lo que quedaba de la Unión Soviética o los restos del imperio británico en India, Uganda y Oriente Próximo. Y fueron acogidos con los brazos abiertos por el establishment vetusto y en parte arruinado del Reino Unido en declive. Durante años, este proceso fue a más y se mezcló con la política, como han contado también otros libros, en particular los de Oliver Bullough, Tom Burgis, Catherine Belton y Heidi Blake.
En plena crisis financiera, el Gobierno británico en 2008 lanzó las llamadas golden visas (visados dorados) para vender el derecho a la residencia a cualquiera que pusiera la promesa (a menudo era solo eso) de unos millones de libras por delante.
“Londres es para el multimillonario como la jungla de Sumatra para el orangután… Estamos orgullosos de ello, bueno, tenemos sentimientos encontrados”, dijo Boris Johnson en 2014, cuando era alcalde de la capital. “La presencia de estas criaturas exóticas, los multimillonarios, es buena para todo el ecosistema… Pedirle a la gente que te traiga el coche delante de la puerta del hotel, o lo que quiera que hagan, suma a la actividad económica de la ciudad”.
Era el apogeo de la venta de permisos de residencia, entradas a clubes y escuelas privadas, apartamentos de lujo y, sobre todo, lo que Keefe describe como “el encanto del cuento de hadas de la cucharilla de plata” que seguía y sigue rentando al país entre la pompa, los títulos nobiliarios y el pasado a veces de cartón piedra.
Una historia muy londinense
La historia de Zac Brettler tiene que ver con su personalidad, su familia, el algoritmo de las redes sociales, la obsesión local por las clases y los complejos adolescentes difíciles de dilucidar, pero también con la ciudad donde creció. Lo que le pasó también se explica con la mezcla de inutilidad, falta de recursos y conexiones oscuras de las autoridades. Londres no es el único lugar que puede ser descrito así, pero al autor solo se le ocurre uno tal vez parecido.
“Es una historia muy específicamente londinense”, explica Patrick Radden Keefe a elDiario.es durante una presentación del libro esta semana en Bath. “Fue curioso durante la gira del libro en Estados Unidos porque, en la ciudad de Nueva York, donde hay una enorme cantidad de riqueza y muchos problemas de este tipo, creo que la gente no conectaba emocionalmente con esto de la misma manera. Pero en Miami, cuando describía el barrio de Mayfair, todas las cabezas en la sala asentían. Era bastante curioso… Miami: el último refugio de los canallas”.
Keefe recuerda que vivió en Londres a principios de este siglo y desde entonces ha visto cómo ha cambiado la ciudad: “El Londres donde creció Zac, en particular esa zona del oeste de Londres por donde se movía, era un mundo de supercoches y consumo ostentoso. Era muy distinto en comparación con lo que habían conocido sus padres, había a su alrededor una exhibición ostentosa de riqueza en plena calle”.
El mundo de los ultrarricos
Cuando apenas era un adolescente, Zac entró en un colegio privado a las afueras de Londres donde compartía clase con hijos de millonarios en una ciudad que no le hacía ascos al blanqueo de capitales. “No filtramos dinero de la mafia porque no se puede. No se sabe de dónde llega el dinero”, decía años antes en The Guardian un responsable del reclutamiento para escuelas privadas.
El mundo de los ultrarricos misteriosos no era el de Zac, que venía de una familia adinerada pero parca en sus costumbres.
A su padre, Matthew, le había ido muy bien en la City acumulando dinero y posición. Su madre, Rachelle, hija de un respetado y acomodado rabino, escribía en una revista para ricos y sobre ricos del Financial Times. Su familia vivía en un apartamento en una de las mejores zonas de Londres y se podía permitir pagar decenas de miles de libras al año para la educación de sus hijos, pero no paseaba en Maserati ni tenía casas en islas caribeñas ni derrochaba dinero en clubs de moda.
En medio de su obsesión por los coches y la opulencia visible, Zac se interesó por Vladímir Putin, a quien decía admirar, y sus conexiones o supuestas conexiones en Londres, entre lo que veía a su alrededor y las fantasías en redes sociales. Sus fingidas raíces rusas lo llevaron por el peor camino posible.
La conexión rusa
La pasividad con la que la policía de Londres trató la investigación durante meses hizo sospechar a los padres de Zac que podían estar ante un nuevo caso en que las autoridades evitaban investigar episodios de violencia contra ciudadanos rusos o su entorno. El libro cita varias muertes que, según la CIA, fueron asesinatos, y, según Scotland Yard, suicidios o muertes por causas naturales.
Keefe describe con cuidado y sutileza los misterios alrededor de las muertes de varias personas relacionadas con Rusia y va desentrañando algunos enigmas. El periodista es cuidadoso al escribir y también al hablar en público de estas conexiones.
“Quiero ser muy cuidadoso sobre esto”, dice en Bath al ser interrogado sobre este asunto. “No hubo ninguna implicación rusa en la muerte de Zac. Quiero dejar esto completamente claro. Pero sí creo que hay cierto comportamiento aprendido por parte de la policía metropolitana de Londres: una suerte de pasividad adquirida, una tendencia a decir, ‘mira, si se trata de un asesinato corriente, un suicidio evidente o agresión típica, sabemos qué hacer. Pero si algo tiene un atisbo de algo más exótico, que puede ser difícil de perseguir para la Fiscalía, nuestra inclinación es decir que tal vez fue un suicidio, tal vez esto no es algo a lo que tengamos que mirar”.
Mirar hacia otro lado
Keefe retrata una policía, pero también una comunidad de empresarios, políticos e incluso periodistas que están acostumbrados a mirar para otro lado. O a quedarse en la superficie de la riqueza aparente. También la complicidad de una generación de jóvenes profesionales “moralmente flexibles” que creció con el dinero que ha cambiado radicalmente la ciudad en este siglo y borra las fronteras entre lo admirable y lo criminal.
“Londres es un lugar tan bonito que mientras paseas por la ciudad puede resultar fácil olvidar que gran parte fue construida sobre el saqueo imperial. Londres es la capital de fachadas impecables, a menudo pintadas en tonos crema o marfil, como de pastel de bodas: la estética dominante de la ciudad es un blanqueo literal”, escribe Keefe. “Lavar algo —sea dinero o reputación— es mezclar lo sucio con lo limpio, y una de las consecuencias de la nueva identidad de Londres como una lavandería de dinero sucio abierta 24 horas es que la ciudad está llena de maleantes con pretensiones de respetabilidad y de empresarios que parecen un poco turbios”.
Keefe cita en el libro un informe sobre la influencia del dinero “corrupto” en la política británica escrito por Margaret Hodge, miembro de la Cámara de los Lores y empresaria del acero que fue diputada laborista entre 1994 y 2024. Se titula Perdiendo nuestra brújula moral y dice en la introducción: “Nuestras estructuras corporativas, nuestro floreciente mercado inmobiliario y nuestro ejército de facilitadores en el exitoso sector de los servicios financieros sirven para facilitar la corrupción, la financiación del terrorismo y el blanqueo de capitales”. Un donante del Partido Conservador fue acusado después de intentar silenciar a Hodge con una querella mordaza.
El Reino Unido, y Londres en particular, prometió limpiar el país de dinero ruso después de la invasión a gran escala de Ucrania en 2022 —la de 2014 no les importó tanto como tampoco los asesinatos relacionados con el Kremlin en suelo británico—. Más allá de las sanciones y los vetos a los empresarios más famosos, Keefe refleja dudas de que haya habido un cambio tan sustancial. Cita a un millonario ruso que comenta que cuando los servidores públicos desarrollaron un “apetito por la corrupción” en su país se empezaron a parecer a “la gente que ha bebido sangre, no podían parar”.
Y los rastros que quedan del caso que Keefe investiga muestran que, sea ruso, saudí, indio o local, un dinero opaco se sustituye con el siguiente con naturalidad y pocas repercusiones.
Poder y secretismo
Los padres de Zac, que se entregaron a su propia investigación, y el libro de Keefe desvelan un “entramado de poder y secretismo” que ellos mismos no esperaban encontrar.
Los enigmas que persisten, escribe el reportero, tienen que ver con una ciudad que no conocían, “el poder maligno de la metrópolis – las mansiones vacías, la cuentas en paraísos fiscales, el dinero sucio, las empresas pantalla anónimas, los empresarios amorales, los delincuentes depredadores, las autoridades incompetentes, la grandeza de todas esas superficies deslumbrantes que ocultan un inframundo de sombras”.
El artículo publicado en 2024 en el New Yorker que precedió al libro ayudó a Keefe a conseguir más fuentes e incluso ahora, después de la salida del libro, está recibiendo más pistas.
Durante la presentación en Bath, un lector le preguntó si no está recibiendo también amenazas y si teme por su seguridad después de entrevistar y escribir sobre mafiosos, tramposos y policías turbios.
“He escrito sobre gánster, pesos pesados de cárteles de drogas, todo tipo de gente que ha hecho cosas muy malas… La única gente que me ha amenazado alguna vez es gente rica. Habitualmente, van a los abogados”, explica Keefe.
Aun así, el periodista dice ser muy cuidadoso tanto en sus citas —suele avisar sobre sus movimientos y toma precauciones sobre el lugar y las circunstancias— como en las expectativas de las entrevistas. También cree que su actual fama o el no vivir en el Reino Unido le dan algo de protección. Y, medio en broma, medio en serio, dice: “Si me cayera por una ventana, dejando de lado a las fuerzas del orden, mis 50 mejores amigos son periodistas de investigación”.