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ANÁLISIS

Qué está pasando en el conflicto de Etiopía y qué riesgos tiene para el resto de la región

Hombres tigriños que huyeron del conflicto de Tigray corren para recibir arroz cocido en el campo de refugiados de Umm Rakouba, en Qadarif, Sudán oriental, 27 de noviembre de 2020.
6 de octubre de 2026 22:02 h

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El anuncio de la creación de la Alianza de los Pueblos Etíopes por la Supervivencia (Tsimdo, en lengua tigriña) el pasado 20 de septiembre ha disparado la inquietud en el Cuerno de África (sin que la situación anterior fuera en ningún caso pacífica). No solo se trata de la reactivación de los conflictos internos que Etiopía lleva sufriendo desde hace tiempo, sino también del temor a que la inestabilidad reinante termine por provocar una escalada hacia un conflicto regional de grandes proporciones.

Mucho ha cambiado desde 2019, cuando el primer ministro etíope, Abiy Ahmed, recibió el premio Nobel de la Paz en reconocimiento a su esfuerzo democratizador y a su labor para poner fin a la guerra fronteriza con su vecino, Eritrea.

En el ámbito interno, es obligado reconocer su claro impulso inicial para poner fin al largo periodo de autoritarismo y represión (1991-2018) de la mano de la coalición de partidos de base étnica conocida como Frente Democrático Revolucionario del Pueblo Etíope (FDRPE), controlada internamente por el Frente Popular para la Liberación de Tigray (FPLT). Un empuje que se tradujo en la liberación de prisioneros políticos, legalización de partidos, aumento de la presencia de las mujeres en la vida pública, garantías de independencia del poder judicial y un largo etcétera.

Pero la contraportada de esa imagen positiva –sin poder determinar si el giro que llegó a continuación fue forzado por la necesidad de hacer frente al resurgimiento de los conflictos étnicos territoriales (con los líderes del derrotado FPLT en cabeza, desde su feudo en la región de Tigray) o por el temor de Ahmed por perder su poder personal– fue el estallido de la guerra en Tigray. En tan solo dos años, de noviembre de 2020 a noviembre de 2022, se registraron no menos de 600.000 víctimas mortales.

En cuanto a Eritrea, Ahmed se empeñó en apagar (no definitivamente, como ahora puede comprobarse) los últimos rescoldos de la guerra que enfrentó a ambos países en 1998-2000. Con ese propósito, Ahmed decidió aceptar la retirada completa de sus tropas y ceder la estratégica localidad de Badme a su vecino; un movimiento de considerable significación geopolítica si se tiene en cuenta que, desde la independencia de Eritrea, en 1993, Etiopía ha perdido la salida directa al mar Rojo. En todo caso, y aun contando con que incluso Eritrea se situó al lado de Etiopía en el contexto de la ya mencionada guerra de Tigray, las relaciones entre ambos países nunca han llegado a normalizarse hasta el punto de que ahora no se puede descartar un nuevo choque frontal.

Los frentes para Adís Abeba

La situación actual fuerza a Adís Abeba, capital de Etiopía, a atender simultáneamente muchos frentes. Por un lado, se enfrenta a los siete grupos armados que conforman Tsimdo: el ya citado FPLT, el Movimiento Nacional Amhara Fano, el Ejército de Liberación Oromo, el Frente de Liberación Nacional de Ogadén, el Frente de Unidad Revolucionaria Democrática Afar (también conocido como Ugugumo), el Movimiento de Liberación del Pueblo de Benishangul y el Movimiento Democrático del Pueblo Gumuz-.

El problema inmediato es que, si estos grupos logran coordinar sus acciones, atacando simultáneamente en las seis regiones que les sirven de feudos, tienen la posibilidad de plantear una amenaza que la Fuerza de Defensa Nacional de Etiopía no parece capaz de neutralizar. En realidad, en lo único que puede confiar Ahmed es en que las divisiones internas entre unas milicias que han combatido en bandos enfrentados en ocasiones anteriores terminen por debilitar su empuje inicial. De momento, el foco principal de los combates vuelve a ser Tigray, con las fuerzas leales al Gobierno central retomando el control de algunas localidades, aunque también se detectan enfrentamientos en las regiones vecinas de Amhara y Afar.

A todo esto se añade la injerencia de actores externos muy interesados en debilitar aún más a Etiopía. En posición destacada, aunque se empeña en negar toda implicación en los combates en suelo etíope, aparece de inmediato Eritrea. La tensión vecinal ha ido creciendo hasta el punto de que el pasado 1 de octubre, Adís Abeba decidió cerrar su embajada en Asmara, expulsando de paso a una decena de diplomáticos eritreos, mientras, un día después, Eritrea anunciaba la ruptura total de las relaciones con su vecino.

El rol de Egipto

Entretanto, ambos países continúan acumulando tropas en la frontera común. En una posición menos visible, pero no menos incisiva, aparece Egipto, implicado en una seria controversia con Adís Abeba por el control de las aguas del Nilo, especialmente en relación con la Gran Presa del Renacimiento –ya plenamente operativa desde septiembre del pasado año–, que El Cairo percibe abiertamente como una amenaza a su seguridad hídrica. De momento, Egipto y Etiopía han procedido a la expulsión recíproca de diplomáticos. Y también hay que incluir a Sudán, con su presidente, Abdelfatah al Burhan, mostrando su apoyo a los rebeldes tigriños; lo que ha llevado a que Adís Abeba termine por alinearse con las fuerzas rebeldes comandadas por el general Mohamed Hamdan Dagalo (Hemedti) en su lucha contra Al Burhan.

En esa misma línea de debilitamiento de Etiopía hay que interpretar la iniciativa del presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi, de emitir el pasado 4 de octubre la Declaración Conjunta de Alamein, a la que se han sumado los mandatarios de Sudán, Eritrea y Somalia. En esencia, los cuatro gobiernos plantean que la seguridad del mar Rojo y de la zona costera debe ser gestionada exclusivamente por los países ribereños (excluyendo, por tanto, a Etiopía), al tiempo que rechazan cualquier medida unilateral (pensando nuevamente en Etiopía) que pueda afectar a los intereses hídricos de Egipto y Sudán.

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