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Europa se conjura frente a Putin
Silencio y cabezas gachas en el colegio mayor de los cánticos machistas
OPINIÓN | 'No hay vertedero moral para tanto detritus', por Esther Palomera

ANÁLISIS

Putin escenifica un golpe de fuerza que terminará perjudicándole

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Son muchas las dudas sobre las consecuencias que pueden derivarse del discurso de Vladímir Putin de este miércoles, pero hay una certeza que destaca de inmediato: ninguna de las decisiones tomadas le servirá para modificar a su favor la situación actual de sus tropas en Ucrania a corto plazo.

No lo hará, en primer lugar, su mandato a la industria de defensa para que esté en condiciones de abastecer a las fuerzas armadas de todo el material, equipo y armamento que necesiten. Y esto es así no por falta de voluntad, sino porque las sanciones están provocando crecientes dificultades para esas empresas a la hora de disponer de los materiales (incluyendo semiconductores) precisos. Tienen que fabricar sistemas de armas cada vez más complejos capaces de neutralizar la amenaza de unas fuerzas armadas ucranianas cada vez mejor equipadas. A eso se une que, también por efecto de las sanciones, muy pronto el superávit comercial ruso será cosa del pasado al tiempo que aumenta el déficit presupuestario derivado de los crecientes gastos para sostener el empeño bélico.

Lo mismo cabe decir de la movilización que ha decretado. Una decisión que potencialmente puede afectar a millones de hombres, dado que los 300.000 anunciados por su ministro de Defensa no son más que una primera oleada de lo que permite el decreto. Varios expertos han señalado que el decreto está redactado de una forma suficientemente ambigua como para ampliar la movilización. Si, movido por la urgencia, decide desplegarlos rápidamente en el frente, los estará enviando al matadero, enfrentados a unas tropas ucranianas mucho más motivadas y con un nivel de instrucción y operatividad netamente superior.

Si, por el contrario, decide darles la instrucción que precisan, eso supone no menos de seis meses; lo que significa que no podrán aportar nada al esfuerzo que están realizando las unidades ya desplegadas en el campo de batalla para frenar las ofensivas que Kiev está realizando actualmente.

En ambos casos, nada indica que esas tropas adicionales, con un material de inferior calidad, vayan a poder rendir a un nivel superior al que han tenido en estos siete meses las unidades mucho mejor adiestradas y equipadas que Moscú ha empleado en su “operación militar especial”.

El panorama no mejora si se piensa en la decisión de celebrar consultas populares en el territorio ucraniano ocupado por Rusia. Cabe recordar que, en la práctica, Moscú no controla completamente ninguna de las cuatro regiones donde sostiene que se van a celebrar esas votaciones: Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia.

La previsible mayoría de una supuesta voluntad de la población de pasar a formar parte de Rusia como resultado de una pantomima que ni siquiera se preocupa en guardar las formas supone de inmediato una nueva carga para Moscú sin ninguna ventaja a la vista.

Por un lado, dejará a Rusia más señalada, con una condena generalizada por su gesto de prepotencia, y más aislada, en la medida en que no habrá prácticamente ningún Estado que reconozca la anexión. Pero es que, además, deja al descubierto la vaciedad del planteamiento que ha llevado a Putin a amenazar con el uso de todos los medios disponibles para defender a los 'ciudadanos' rusos. No necesitaba anexionarse esas regiones para amenazar con el empleo de armas nucleares porque ya le bastaba con Crimea –territorio ruso, según Moscú–, que ya ha sido atacada durante la guerra. Para lo que sí le puede servir es para ampliar la citada movilización, enviando allí a reclutas con el simple argumento de que siguen estando en territorio ruso.

Por último, la renovada amenaza del uso de armas nucleares y la coletilla “no es un farol” también tienen sus límites. Es cierto que hasta ahora le ha servido para evitar que los países que apoyan a Kiev, sobre todo miembros de la OTAN, se hayan decidido a establecer una zona de exclusión aérea sobre el espacio ucraniano, a desplegar tropas en el campo de batalla o a entregar a Zelenski algunas de las armas que lleva tiempo solicitando. Pero también lo es que nada de eso ha evitado que hayan ido incrementando su nivel de implicación hasta el punto de provocar un cambio de tendencia en la guerra, con Kiev en actitud ya netamente ofensiva. La amenaza nuclear rusa no es obviamente descartable, pero Moscú sabe también que eso significa el suicidio colectivo.

En definitiva, tras un aparente gesto de fortaleza, lo que ha mostrado Putin es su creciente desesperación –presionado por quienes le exigen más dureza contra Ucrania– y la confrontación con sus propios errores de cálculo.

Son muchas las dudas sobre las consecuencias que pueden derivarse del discurso de Vladímir Putin de este miércoles, pero hay una certeza que destaca de inmediato: ninguna de las decisiones tomadas le servirá para modificar a su favor la situación actual de sus tropas en Ucrania a corto plazo.

No lo hará, en primer lugar, su mandato a la industria de defensa para que esté en condiciones de abastecer a las fuerzas armadas de todo el material, equipo y armamento que necesiten. Y esto es así no por falta de voluntad, sino porque las sanciones están provocando crecientes dificultades para esas empresas a la hora de disponer de los materiales (incluyendo semiconductores) precisos. Tienen que fabricar sistemas de armas cada vez más complejos capaces de neutralizar la amenaza de unas fuerzas armadas ucranianas cada vez mejor equipadas. A eso se une que, también por efecto de las sanciones, muy pronto el superávit comercial ruso será cosa del pasado al tiempo que aumenta el déficit presupuestario derivado de los crecientes gastos para sostener el empeño bélico.

Lo mismo cabe decir de la movilización que ha decretado. Una decisión que potencialmente puede afectar a millones de hombres, dado que los 300.000 anunciados por su ministro de Defensa no son más que una primera oleada de lo que permite el decreto. Varios expertos han señalado que el decreto está redactado de una forma suficientemente ambigua como para ampliar la movilización. Si, movido por la urgencia, decide desplegarlos rápidamente en el frente, los estará enviando al matadero, enfrentados a unas tropas ucranianas mucho más motivadas y con un nivel de instrucción y operatividad netamente superior.

Si, por el contrario, decide darles la instrucción que precisan, eso supone no menos de seis meses; lo que significa que no podrán aportar nada al esfuerzo que están realizando las unidades ya desplegadas en el campo de batalla para frenar las ofensivas que Kiev está realizando actualmente.

En ambos casos, nada indica que esas tropas adicionales, con un material de inferior calidad, vayan a poder rendir a un nivel superior al que han tenido en estos siete meses las unidades mucho mejor adiestradas y equipadas que Moscú ha empleado en su “operación militar especial”.

El panorama no mejora si se piensa en la decisión de celebrar consultas populares en el territorio ucraniano ocupado por Rusia. Cabe recordar que, en la práctica, Moscú no controla completamente ninguna de las cuatro regiones donde sostiene que se van a celebrar esas votaciones: Donetsk, Lugansk, Jersón y Zaporiyia.

La previsible mayoría de una supuesta voluntad de la población de pasar a formar parte de Rusia como resultado de una pantomima que ni siquiera se preocupa en guardar las formas supone de inmediato una nueva carga para Moscú sin ninguna ventaja a la vista.

Por un lado, dejará a Rusia más señalada, con una condena generalizada por su gesto de prepotencia, y más aislada, en la medida en que no habrá prácticamente ningún Estado que reconozca la anexión. Pero es que, además, deja al descubierto la vaciedad del planteamiento que ha llevado a Putin a amenazar con el uso de todos los medios disponibles para defender a los 'ciudadanos' rusos. No necesitaba anexionarse esas regiones para amenazar con el empleo de armas nucleares porque ya le bastaba con Crimea –territorio ruso, según Moscú–, que ya ha sido atacada durante la guerra. Para lo que sí le puede servir es para ampliar la citada movilización, enviando allí a reclutas con el simple argumento de que siguen estando en territorio ruso.

Por último, la renovada amenaza del uso de armas nucleares y la coletilla “no es un farol” también tienen sus límites. Es cierto que hasta ahora le ha servido para evitar que los países que apoyan a Kiev, sobre todo miembros de la OTAN, se hayan decidido a establecer una zona de exclusión aérea sobre el espacio ucraniano, a desplegar tropas en el campo de batalla o a entregar a Zelenski algunas de las armas que lleva tiempo solicitando. Pero también lo es que nada de eso ha evitado que hayan ido incrementando su nivel de implicación hasta el punto de provocar un cambio de tendencia en la guerra, con Kiev en actitud ya netamente ofensiva. La amenaza nuclear rusa no es obviamente descartable, pero Moscú sabe también que eso significa el suicidio colectivo.

En definitiva, tras un aparente gesto de fortaleza, lo que ha mostrado Putin es su creciente desesperación –presionado por quienes le exigen más dureza contra Ucrania– y la confrontación con sus propios errores de cálculo.

Son muchas las dudas sobre las consecuencias que pueden derivarse del discurso de Vladímir Putin de este miércoles, pero hay una certeza que destaca de inmediato: ninguna de las decisiones tomadas le servirá para modificar a su favor la situación actual de sus tropas en Ucrania a corto plazo.

No lo hará, en primer lugar, su mandato a la industria de defensa para que esté en condiciones de abastecer a las fuerzas armadas de todo el material, equipo y armamento que necesiten. Y esto es así no por falta de voluntad, sino porque las sanciones están provocando crecientes dificultades para esas empresas a la hora de disponer de los materiales (incluyendo semiconductores) precisos. Tienen que fabricar sistemas de armas cada vez más complejos capaces de neutralizar la amenaza de unas fuerzas armadas ucranianas cada vez mejor equipadas. A eso se une que, también por efecto de las sanciones, muy pronto el superávit comercial ruso será cosa del pasado al tiempo que aumenta el déficit presupuestario derivado de los crecientes gastos para sostener el empeño bélico.