Afectadas por una terrible sequía que ya entra en su sexto año, las ciudades iraníes se encuentran al borde de lo que la organización meteorológica del país denomina “día cero del agua”: el límite más allá del cual los sistemas de abastecimiento dejan de funcionar. La ciudad india de Chennai superó ese límite en el verano de 2019 y ahora es una amenaza real para las ciudades iraníes de Mashhad, Tabriz y Teherán. De hecho, los grifos de los distritos del sur de la capital ya se habían secado a principios de diciembre.
Los “cortes de presión” nocturnos, en los que se interrumpe el suministro de agua a barrios enteros de la capital, se han convertido en la norma. Los manifestantes que durante el verano reclamaron “agua, electricidad, vida: nuestros derechos básicos” ya se arriesgaron a sufrir represalias.
Según explica en su web Informed Comment el historiador y experto en Oriente Medio Juan Cole, el director de la empresa regional de aguas informó a principios de noviembre de que las cinco principales presas que abastecen de agua a la capital, Teherán, solo estaban al 11% de su capacidad, y criticó al Gobierno por su inacción.
Con una población de 10 millones de habitantes, Teherán se ha visto amenazada con la medida más drástica de todas: la posibilidad de una evacuación. “Si no llueve en Teherán para diciembre, deberíamos racionar el agua; si sigue sin llover, tendremos que vaciar Teherán”, declaró el presidente del país , Masoud Pezeshkian, en noviembre.
Cuando unas semanas más tarde estallaron las mayores manifestaciones en Irán en años, seguidas de una brutal represión gubernamental, la inseguridad fundamental provocada por la falta de agua fue un factor crucial —aunque poco difundido— en los disturbios contra el régimen de la República Islámica, que lleva 47 años en el poder.
Historial de fracasos
Las causas inmediatas de las protestas han sido una mezcla de las medidas de austeridad del Gobierno y la crisis monetaria, la caída del valor del rial ha hecho que la inflación suba más del 40% que ya había alcanzado a principios de año. Sin embargo, este punto de inflexión es resultado de décadas de errores acumulados.
En el caso de Irán, la evidencia apunta claramente a que la crisis climática es la causa profunda de su escasez de agua. Según una investigación iraní citada por Cole en Informed Comment, entre 1990 y 2022, las temperaturas medias en las ciudades iraníes han aumentado aproximadamente el doble de rápido que la media mundial.
El impacto de ese aumento de las temperaturas se ha visto amplificado por la mala gestión de los recursos hídricos de Irán, en un historial de fracasos que se remonta a décadas atrás, mucho antes de la revolución de 1979, y que se ha prolongado bajo los sucesivos gobiernos.
Impulsados por visiones de modernización nacional y autosuficiencia, tanto la anterior monarquía del sha como la República Islámica han supervisado “el abandono” del sistema acuífero qanat de Irán; un sistema con siglos de antigüedad. Compuesto por unos 70.000 túneles excavados en las laderas de todo el país para acceder al agua subterránea, la mayor parte de los 250.000 kilómetros de túneles del qanat de Irán tienen unos 2.500 años de antigüedad y han suministrado agua dulce a sus ciudades y a la agricultura durante milenios.
Durante la segunda mitad del siglo XX, Irán se convirtió en uno de los tres principales constructores de presas del mundo. A partir de 1962, bajo el mandato del sha, se construyeron 58 presas, que almacenaban alrededor de una cuarta parte de los recursos hídricos totales del país, con la prioridad de aumentar su producción agrícola.
Sin embargo, con la construcción de grandes presas en ríos demasiado pequeños para sostenerlas, las autoridades lograron un alivio a corto plazo a costa de una pérdida de agua más duradera: aumentó la evaporación de los embalses, mientras que las zonas altas se vieron privadas de agua, ahora atrapada detrás de las presas. Tras la revolución y el derrocamiento del sha, el intento de pasar a la autosuficiencia económica supuso esfuerzos por maximizar la extracción de agua nacional, principalmente mediante un mayor uso de bombas de agua subterránea, sin prestar la necesaria atención a la sostenibilidad.
La escasez tiene una dimensión internacional crítica. Tras un largo retraso debido a la insurgencia en el país, el régimen talibán de Afganistán supervisó finalmente la finalización de la presa de Pashdan en el río Harirud, cuya construcción había comenzado originalmente en 2011. El Harirud fluye desde Afganistán hacia el este de Irán, pero el funcionamiento de la presa coloca a los talibanes en control del 80 % del caudal del río, lo que significa que podrían tener el poder de decisión sobre el suministro de agua a las principales ciudades, incluida Mashhad, la segunda más grande de Irán.
En el verano de 2023 estallaron enfrentamientos armados entre Irán y Afganistán por el acceso al río Helmand, causando víctimas en ambos bandos, antes de la negociación de una tregua. El Harirud, a diferencia del Helmand, que se rige teóricamente por un tratado de 1973, no cuenta con ningún acuerdo formal sobre el uso del agua, y la retórica sobre el acceso al mismo se ha intensificado durante el último año y más, a medida que la presa se acercaba a su finalización.
En un mundo sin crisis climática, las décadas de mala gestión del agua en Irán quizá no habrían tenido tanta importancia. Pero, junto con el impacto devastador de las sanciones, todo el sistema se ha visto abocado a lo que podría ser una crisis terminal
Mientras tanto, en los últimos 40 años, las reservas de agua subterránea de Irán se han agotado casi por completo. Se han instalado más de un millón de bombas de agua subterránea, el 90% de las cuales se utilizan en el sector agrícola iraní, especialmente cuando las condiciones de la superficie son áridas. El antiguo sistema de qanats ha sido vaciado por la sobreexplotación y la mayoría de los túneles han caído en estado de abandono, lo que ha provocado graves hundimientos del terreno en Isfahán, una ciudad que en otro tiempo dependía de este sistema de túneles para su abastecimiento de agua. El resultado es un agotamiento desastroso de las reservas de agua subterráneas del país, que se reponen lentamente, y que se han agotado en su mayor parte durante los últimos 20 años.
Los gobernantes iraníes han intentado aplicar algunas versiones conocidas de “reforma”, entre ellas recortes drásticos del gasto, en un intento de abordar la inflación vertiginosa, las costosas sanciones y los elevados costes que supone administrar un complejo sistema de subvenciones con “tipos de cambio preferenciales” para productos básicos importados, que en el último año han ascendido a 18.000 millones de dólares (unos 15.500 millones de euros).
Fue la presión sobre las finanzas públicas lo que empujó al Gobierno a intentar poner fin al sistema de tipos de cambio preferenciales a principios de diciembre, junto con la preocupación de que el sistema se hubiera corrompido por completo, ya que unos pocos importadores con buenos contactos disfrutaban de enormes beneficios que la mayoría de los consumidores nunca veían. La intención era sustituir, a partir de marzo del próximo año, esta subvención a los importadores por un refuerzo del sistema existente de pagos directos, que es casi una forma de renta básica. Sin embargo, poner fin al sistema de tarifas preferenciales amenazaba con aumentar los precios internos de los productos básicos, incluidas las importaciones de alimentos, lo que incrementaría aún más la inflación, que ya superaba el 40%, y el 72% en el caso de los alimentos.
Escasez crónica
La inflación es una de las expresiones de la escasez crónica que está haciendo insoportable la vida cotidiana en Irán. Otra es la escasez de agua: cuando los sistemas básicos dejan de funcionar y el acceso al agua se convierte en un privilegio reservado a quienes pueden permitirse comprarla embotellada.
En un mundo sin crisis climática, las décadas de mala gestión del agua en Irán quizá no habrían tenido tanta importancia. Pero, junto con el impacto devastador de las sanciones, todo el sistema se ha visto abocado a lo que podría ser una crisis terminal.
Debemos esperar más disturbios climáticos de este tipo. Un estudio de científicos de la Universidad Nacional de Pusan, Corea del Sur, publicado a finales de 2025, prevé que tres cuartas partes de las regiones más propensas a la sequía del mundo correrán el riesgo de llegar al “día cero” a finales de siglo, y un tercio de ellas se verán afectadas antes de 2030. El colapso del suministro de agua en Irán es solo el ejemplo más dramático que tenemos hasta la fecha de cómo la crisis climática está amenazando nuestros sistemas más esenciales y, con ellos, la estabilidad política. Es poco probable que sea el último.
James Meadway es el presentador del pódcast Macrodose.
Traducción de Emma Reverter.