Utopía 37. La fuerza de las mujeres
Hace unos días he escuchado una entrevista a una mujer que ha sido maquinista de RENFE. Entre otras muchas cosas ha contado las dificultades que tuvo para ejercer esa profesión. Necesitó la autorización paterna para realizar los cursos de formación y aprendizaje y para poder trabajar por las noches, porque cuando ella tenía 20 años las mujeres, ni podían conducir trenes -era un trabajo de hombres-, ni podían hacer turnos nocturnos, a no ser que fuesen enfermeras o cigarreras. También he sabido que en el Senado hay una sala llamada “Clara Campoamor”, en homenaje a aquella diputada que con su ahínco consiguió que la Constitución de 1931 incluyese el derecho al voto de las mujeres. Las españolas tuvieron que esperar al año 1933 para poder votar.
Este tipo de cosas me lleva a afirmar que las mujeres hemos avanzado mucho. En este 2026 estamos presentes en todos los sectores: fábricas, oficinas, universidades, hospitales, consejos de administración, cine, literatura y en la sociedad en general. Las mujeres somos iguales en derechos y deberes. Igualdad legal que deberíamos hacer valer y a la que no podemos renunciar.
También es bueno recordar que, a principios del siglo XX, la unión y el esfuerzo colectivo de las mujeres tanto en Estados Unidos como en Europa supusieron un punto de inflexión en la mejora de las condiciones laborales y salariales. Gracias a su lucha, la situación de semi esclavitud en la que muchas trabajaban comenzó a cambiar. Nuestras antepasadas, abuelas y bisabuelas, soportaban jornadas de hasta 14 horas en fábricas, en casas como sirvientas, recibían salarios inferiores a los de los hombres y asumían por completo el trabajo doméstico. No existían permisos de maternidad, ni bajas por enfermedad, y en muchos casos, sufrían abusos sexuales y malos tratos por parte de sus jefes o maridos. La literatura y el cine han sido testigos y altavoces de estas injusticias.
Nuestras madres, las jóvenes del franquismo, estuvieron sometidas a la “licencia marital”, que les impedía ejercer la patria potestad de sus hijos, solicitar un pasaporte, firmar escrituras o abrir una cuenta bancaria sin la autorización del padre o esposo. Con el establecimiento de la democracia todos, hombres y mujeres, hemos recuperado derechos y libertades.
Somos iguales ante la ley, pero la igualdad real todavía no la hemos conseguido. Ejemplos de desigualdad son esa brecha salarial que continúa perjudicándonos y que, según las estadísticas, en España las mujeres cobran un 23% menos que los hombres. También somos las primeras en recortar la jornada laboral para cuidar a niños y mayores y en pedir excedencias especiales para atender a nuestros familiares. Todo ello se traduce en menos vacaciones, menor cotización a la seguridad social, jubilaciones inferiores a las de nuestros compañeros… En nuestro país necesitaríamos 37 años para que la igualdad salarial y económica de las mujeres fuese igual a la de los hombres. A nivel mundial muchos más 123, según los últimos datos de finales de 2025 que publicó toda la prensa nacional.
Si hablamos de violencia machista nos han reducido a números: “Diez mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas en España en lo que va de año. También un niño de 10 años y una niña de 12. (Atención porque para cuando esto se publique las cifras habrán aumentado). Si además sumamos los casos de violencia y acoso sexual, las noticias se producen en todos los ámbitos e instituciones. Sabemos que las medidas de protección son insuficientes y no funcionan. El llamado sistema ”vioGén“ tiene demasiadas goteras. Las órdenes judiciales de alejamiento no se respetan. A veces son ellas, las que retiran denuncias y regresan a una convivencia mortal. En otros casos, a las mujeres se les invita a no denunciar, a callar, como si fueran culpables. El caso de Gisèle Pelicot, en Avignon (Francia), la mujer que fue drogada por su marido para que una decena de hombres desconocidos la violase durante 10 años, la hemos sabido porque ella permitió la retransmisión del juicio para que todo el mundo estuviera al corriente del horror que había vivido.
El reciente caso de la funcionaria de la Policía Nacional, que ha denunciado por violación en un juzgado de Madrid al máximo responsable de una institución encargada de proteger a todos los ciudadanos, o sea a las mujeres en igual medida que a los hombres, se ha hecho público cuando ese juez ha llamado a declarar a José Ángel González, así se llama el ex alto cargo que se ha visto obligado a dimitir ante la magnitud del escándalo. Otro ejemplo reciente es el del alcalde de Móstoles, que continúa en su cargo amparado por su propio partido político, pese a que una concejal de su mismo grupo y organización, a quién ni le han atendido, ni le han escuchado, haya tenido que dimitir y denunciar el acoso al que se ha visto sometida, por no acceder a tener relaciones sexuales con ese hombre.
Si nos fijamos en países como Afganistán, Irán, Somalia… Es evidente que aquellas mujeres siguen ancladas en siglos pasados. En Irán los ataques de Estados Unidos e Israel, no solo han acabado con el Ayatollah Jamenei y otros mandatarios, sino con un centro en el que estudiaban 50 niñas.
La unión de las mujeres en la primera mitad del siglo XX fue la mejor fuerza para nuestros intereses. Con la unión de las mujeres en este siglo XXI, avanzaremos en igualdad. Solo la fuerza de nuestra unión podrá evitar el avance de quienes quieren devolvernos al pasado. Les deseo a todas y a todos un muy feliz 8M.
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