Las mujeres que llenan las despensas desde La Rioja: vidas entre conservas, techos de cristal y trabajos por campaña
Por sus manos han pasado espárragos, alcachofas, pimientos y muchas más frutas y hortalizas. Sus espaldas cargan las consecuencias de movimientos repetitivos y pesos. Sus cabezas, la incertidumbre del trabajo por campañas y las dificultades para acceder a los puestos de responsabilidad. Todas, sin embargo, guardan buenos recuerdos de las fábricas en las que trabajaron o siguen trabajando. Han visto al sector de la conserva agroalimentaria de La Rioja convertirse en una referencia nacional. Y todas son mujeres, puesto que la conserva es el sector industrial más feminizado. Emplea en La Rioja a alrededor de 3.500 personas trabajadoras y hacia un 70% son mujeres, un porcentaje todavía mayor en las líneas de producción.
Son miles de mujeres de mano de obra entre las cadenas de producción del pasado y las de hoy. Como Isabel Ezquerro y Silvia Rodrigo, que ya salieron del sector pero dedicaron décadas de sus vidas a las fábricas desde que eran prácticamente adolescentes o Rosa y María Gracia, que siguen madrugando para trabajar en las conserveras de Alfaro y Calahorra. Sus testimonios son el retrato humano de un sector que, sin ellas, no existiría.
Isabel Ezquerro tiene 83 años y ya está jubilada, pero empezó a trabajar antes incluso de cumplir los 14 años. “Faltaban tres meses así que ese tiempo estuve sin asegurar porque con menos de 14 años no se podía trabajar”. Cuenta que los dueños de la fábrica de San Adrián en la que empezó se enteraron al formalizar el contrato, pero que “como hacía falta trabajadoras”, no la despidieron. El mismo día que cumplió los 14 años firmó el contrato y, aunque no lo recuerda, en aquel momento probablemente necesitó la autorización de su padre. En su fábrica la mayoría eran mujeres, salvo algunos hombres dedicados a los trabajos de manipulación de pesos. Entre los encargados, la amplia mayoría femenina desaparecía: “El mayor responsable era un hombre y sí que había una mujer como encargada, en la confitería -la parte dedicada a la conserva de frutas en almíbar- los encargados eran dos hombres”. De esta parte de confitería conserva Isabel una fotografía en la que aparece trabajando con sus compañeras, entre las que solo hay un trabajador varón, mientras que los responsables eran dos hombres.
Sigue habiendo una creencia general de que las mujeres son más hábiles con las manos y los hombres se llevan mejor con las máquinas
El techo de cristal todavía no se ha roto en el sector. Como se observa en los Planes de Igualdad de las empresas y advierten de forma recurrente los sindicatos, más de un 90% de la plantilla de las líneas de producción son mujeres, en logística y almacén son minoría (en torno al 20%), aunque es el trabajo que ejerce María Gracia Aguilar en una pequeña fábrica y en su casa también son más mujeres en este puesto, donde ya no es necesario cargar tantos pesos. Pero, sobre todo, todavía son menos en los puestos de responsabilidad y gerencia (sobre el 15%) a pesar de que ocupan más de la mitad de los puestos de administración.
“Sigue habiendo una creencia general de que las mujeres son más hábiles con las manos y los hombres se llevan mejor con las máquinas. Pero las mujeres valen lo mismo que los hombres y no digo igualdad, porque hay cosas que físicamente no podemos, pero sí equidad”, reivindica Rosa Rivas, delegada sindical de UGT en su fábrica, para el conjunto del sector. No obstante, Silvia señala que tuvo tanto jefes como jefas y Rosa señala que los “jefes de producción y de maquinaria suelen ser hombres”, aunque en su fábrica “hay mujeres en puestos de responsabilidad y no son pocas”, dice en referencia a las coordinadoras de cada turno, por ejemplo. Aunque en la experiencia de María Gracia sí hay compañeras que han ascendido a puestos de responsabilidad, Silvia y Rosa coinciden en que “cuesta llegar”. “Además, la mayoría de las fábricas son familiares, por lo que los cargos más altos los van ocupando personas de la familia”, apunta Silvia.
Esta segregación vertical repercute irremediablemente en los salarios y las condiciones laborales. Las mujeres son el grueso de los niveles salariales y ocupan la mayoría de los fijos-discontinuos, que, aunque se han reducido, siguen siendo alrededor del 60% de los puestos. “El trabajo era por campañas, aunque en teoría si entrabas, te volvían a llamar siempre, muy mal lo tenías que hacer para no volver”, recuerda Silvia. Y así sigue siendo, en la fábrica en la que trabaja María Gracia la amplia mayoría de las personas trabajadoras son fijas discontinuas y con una incertidumbre añadida: el tiempo de trabajo. “Según cómo venga la campaña, un año puedes trabajar nueve meses y al siguiente, solo cuatro”, apunta sobre la relación del empleo con la agricultura, puesto que en su conservera cultivan los propios productos que luego embotan.
Toda la vida trabajando y cobro la pensión mínima
La más mayor de las cuatro, Isabel, también trabajaba por campañas, normalmente de marzo a julio en su caso. “Te aseguraban lo menos posible”, subraya en referencia a estar contratada correctamente y por tanto dada de alta en el Seguro Obligatorio de Enfermedad de la época. “A veces pensabas que estás asegurada y no. Una vez fui al médico estando trabajando y el médico comprobró que no estaba dada de alta y tuve que ir con la cartilla de mi padre”, cuenta recalcando que en aquel momento estaba trabajando en la fábrica.
Y esta fórmula laboral ha repercutido en las pensiones de estas trabajadoras. “Hombre, claro, cobro lo mínimo”, responde resignada Isabel, que tras ocho años en la fábrica de San Adrián, trabajó en una en Pradejón, donde vivía y vive y se jubiló en el sector del champiñón. “Aquella vez que no me dieron de alta estando trabajando, el médico me dijo que lo podía denunciar, pero si yo denuncio, no me vuelven a llamar”, recuerda que le contestó. “Treinta años trabajando y tengo diez cotizados”, ejemplifica resignada María Gracia. Rosa, sin embargo, fue contratada fija hace dos décadas y continúa en la misma fábrica, que no trabaja por temporadas. Esta trabajadora “no ve mal” sus condiciones de trabajo, aunque considera que “ahora se contrata mucho por ETT y se está perdiendo el compromiso por el trabajo”.
Ninguna detecta grandes riesgos laborales en los empleos en las conserveras. Rosa alude a “algún quemazón”, Silvia recuerda el “frío de estar con el agua constantemente y coger pesos”, María Gracia a los movimientos repetitivos y al tener que estar de pie o agacharse constantemente e Isabel se acuerda de sus manos dañadas: “Al principio no había guantes ni nada ni en las labores en caliente”, dice sobre la sección de confitería. También habla de los horarios: “Entrábamos a trabajar a las 6 de la mañana y para las 4.30 horas tenía que levantarme para coger el camión que iba por los pueblos para recogernos y llevarnos a San Adrián. Tenía tablas y a lo ancho de la caja de carga del camión y daba cada blinco...”. Los avances tecnológicos han posibilitado mejoras en las condiciones de las fábricas y ahora hay más concienciación sobre los riesgos laborales, aunque también ha cambiado el paradigma en el sector, según alerta Silvia: “Antes había campos de hortalizadas para las fábricas, se cerraba todo el círculo, pero ahora ha bajado mucho la producción, ahora se importa más el producto y las fábricas se centra más en el envasado y el etiquetado”.
Cuando un sector tan feminizado se encuentra con la alta feminización de los cuidados, la conciliación se hace muy complicada. Precisamente por eso, Silvia tuvo que dejar el trabajo en las conserveras al que se dedicaba desde los 16 años. “Y me gustaba mucho la fábrica, pero no podía”. Tiene un hijo con autismo y las atenciones que requiere le han obligarado a cambiar de sector. Isabel tenía un plan milimetrado al cronómetro para llegar a todo: “Cuando tenía a mis hijas, ya trabajaba en Pradejón. Por la mañana, cuando entraba a las 6, se quedaban en casa con mi marido, que trabajaba en el campo y empezaba más tarde. A las 9 menos cuarto aprovechaba el descanso del trabajo para ir a casa, prepararlas y llevarlas a la escuela. Después, salían a la misma hora que yo del trabajo y les decía que me esperaran. Cuando salía, ahí estaban mis chiquillas”.
“El sector ha avanzado una barbaridad”, coinciden todas al mirar atrás. Sin embargo, la esencia de la industria sigue siendo la misma: una estructura millonaria cuyo peso real sigue cayendo sobre las mujeres. Ellas son las que entran y salen según dicte la cosecha y las que, tras décadas de labor, se enfrentan a la jubilación con la cuenta de la cotización a medio llenar. A pesar de las sombras, no hay rencor; sino orgullo de clase y de comarca. Porque como ellas mismas dicen: “La conserva nos da trabajo a muchas” y ha sido el sustento de la Rioja Baja durante generaciones. Son las manos de Isabel, Rosa, Silvia y María Gracia las que siguen llenando las despensas de medio mundo sin esperar un reconocimiento a la altura del cuidado que ponen a cada fruto que envasan.
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