Subirse el sueldo

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Mi amigo Mateo dice que este es su año y en consecuencia ha decidido subirse el sueldo a sí mismo. Me lo contó el día de Reyes por la tarde. Me convocó en el ‘73’ de la calle Portales, creo que en busca de afirmación por mi parte. Asegura que no es un arrebato, ni un acto impulsivo, que lo ha pensado y madurado, y lo que es más importante para él, que lo considera justo, que no nos engañemos es el adjetivo favorito de cualquiera cuando habla de su propio dinero.

Mateo dice que se lo merece y lo repite con la misma convicción con la que uno se pide la segunda copa. Aún no se lo ha comunicado a sus jefes y reconoce que sus compañeros le recuerdan que sólo lleva dos años en un puesto para el que se presentó como el mejor candidato posible, y que cuando firmó el contrato sabía perfectamente cuánto iba a cobrar. 

Apuntan que no hubo letra pequeña, ni trampa, ni engaño, que todo el mundo era conocedor de sus condiciones laborales para un puesto de tan alta cualificación y que dos años no parece tiempo razonable para reescribir su historia en la empresa, como si el sueldo fuera una serie de Netflix que se renegocia su continuidad por temporadas. Especialmente, cuando apenas se incrementa el de los operarios.

Los colegas del curro le han advertido también que no espere comprensión, ni aplausos, y que no olvide que los jefes creen que los números son hechos y no estados de ánimo. Además, le han alertado que sobre su rendimiento existe división de opiniones; hay quienes están con él al cien por cien y quienes se sienten defraudados por el desempeño de las tareas que tiene encomendadas; incluso hay quienes le critican abiertamente.

Mateo no lo ve así. Dice que dos años son una eternidad moderna, suficientes para aprender, sufrir, madrugar e incluso para llegar tarde un par de veces, y no hacer acto de presencia otras tantas. Cree que dos años justifican un pequeño homenaje salarial. No una subida obscena, no, pero sí una que levante el ánimo.

Como amigo, le he avisado de que los jefes no suelen comprar metáforas, que tampoco la vida es una escalera mecánica que sólo mira hacia arriba, que los sueldos no suben porque uno lo sienta y que el mundo laboral, tristemente, no funciona como nuestra autoestima.

Mateo insiste en que no es el único que ha tenido la misma idea, que ha leído y escuchado que otros aquí y allá piensan hacer lo mismo. Le he prevenido que no es lo mismo y creo que ha dado por concluida la conversación con la dignidad un tanto tocada, como quien intenta colarse en el local de moda diciendo que es amigo del dueño y descubre que el dueño no lo recuerda.

Mateo ha cambiado de estrategia, dice ahora que negociará con los jefes y que tomar decisiones unilateralmente era una maniobra equivocada, qué en el trabajo, como en la vida, uno puede creerse imprescindible hasta que otros revisan el contrato… cada cuatro años.

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