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La broma está durando ya demasiado

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A falta de un buen fin del mundo, tenemos una mierda de fin de año. Como todos los años. Pero este ha sido un año mariano, el año primero de la victoria popular, como gustaban decir sus fachas antepasados, en el que se iba a bajar el iva y se iva a bajar el iba, dicho por activa y por pasiva (“No más IVA, no más IVA” gritaban alegremente por plazas y calles los fieles del PP, exhibiendo en sus manos las chuches de la maltratada niña de Rajoy, como fetos ensangrentados por la acción criminal de Zapatero);

el kilómetro cero de nuestra felicidad (“no me escudaré en la herencia recibida”);

en el que se dinamizaría la economía con la fórmula mágica de una bajada generalizada de impuestos (“nunca se ha salido de una crisis subiendo los impuestos”);

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Listas de espera para el tanatorio

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La política solo tiene ojos para la economía. A la economía, en cambio, la política le estorba, y no soporta su mirada fiscalizadora por encima del hombro. Por eso los ministros fuertes de cada gabinete son siempre los de Economía, algo así como los sabios de la tribu, los depositarios de las pócimas secretas, a quien consultan todos sus compañeros, empezando por el propio presidente, el supremo ignorante, antes de proponer un plan. Porque un plan es estúpido si no hay financiación para él, independientemente de los beneficios sociales que hubiera podido acarrear a la larga.

Se supone, por ejemplo, que para un ministro de Sanidad su principal preocupación debería ser el estado de salud de los ciudadanos... solo un minuto antes de que su compañero de Economía le recuerde, con una palmadita displicente en la espalda, que está en un error, que lo que en verdad importa es el estado de salud de las cuentas públicas. En términos políticos, los pobres son improductivos, no cotizan, solo gastan en sistemas sociales y sanitarios, son un mal ejemplo para el resto de los ciudadanos, y unos completos antipatriotas porque bajan dramáticamente el cómputo del PIB nacional. En consecuencia, en el sistema capitalista, las personas son un engorro, porque lo que cuenta es el bienestar del conjunto. Y el bienestar del conjunto lo miden las estadísticas que, como los ministros de Economía, no tienen corazón.

Con cada pobre, contemplado individualmente, se hace caridad; con todos juntos, se hace política. El cínico de Stalin lo explicaba más crudamente: la muerte de una persona es una tragedia, pero un millón de muertes es una estadística. Por si ese día no fuiste a clase te diré que la estadística es la ciencia que explica que si yo tengo dos casas, una en la ciudad y otra en la playa, y a ti te acaba de desahuciar el banco, los dos tenemos una casa, por más que te cueste creerlo. No te puedes quejar. Visto desde otro ángulo: como nos explicaban hace unos días, si Amancio Ortega, el dueño de Zara, dona 20 millones de euros a Cáritas, en realidad está haciendo caridad con el 0,05% de su fortuna (además de desgravar a Hacienda); si un mileurista dona 100 euros, está desprendiéndose del 10% de sus ingresos. Uno hace caridad; y el otro, el gilipollas.

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Venimos del futuro

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Mi amigo Manolo dice conocer el futuro. No es que haya montado un chiringuito de adivino, quiromante o echador de cartas, porque él es un psiquiatra muy celoso de su pureza profesional, con diploma colgado en la pared. Y los psiquiatras, como los confesores, presumen de conocer las causas de nuestros males y las consecuencias previsibles de nuestros actos. Son expertos en nuestro futuro.

Pero mi amigo Manolo en este caso dice conocer el futuro no por análisis profesional, ni por el estudio detenido de las supuestas profecías de los Mayas o de la Biblia, sino porque el futuro ya lo ha vivido. Ya lo ha vivido él y toda la gente de mi generación, como en la película Atrapado en el tiempo, del día de la marmota. En principio pensé que mi amigo había caído víctima de contagio de tantos pacientes de atar como despacha a diario en su consulta. Porque presumo que la locura se contagia más que el Sida.

Pero no. Para conocer el futuro, me explicaba, basta con recordar, utilizar los mecanismos de la memoria al que tanto psiquiatras como confesores son tan aficionados, ir en definitiva de pesca al pasado, porque lo cierto es que están gobernando nuestras vidas los mismos que poblaron la España cutre que modeló nuestra juventud con sus sistemas educativos basados en una ideología política fascistoide, los exámenes estatales de reválida, la supremacía de las creencias religiosas sobre la ciencia, la discriminación por sexos, la justicia para quien se la pueda pagar, el desmontaje de una sanidad pública universal y gratuita...

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El patrón de España y el patrón de España

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Era un 3 de mayo de 2010. El entonces presidente de la CEOE, es decir, de los empresarios españoles reunidos, Gerardo Díaz Ferrán, loewemente trajeado, devotamente arrodillado, rezaba ante el altar cubierto de pan de oro y pedrería de la Catedral de Santiago de Compostela. Hacía pucheros compungidos para las cámaras de televisión, pucheritos de santa preocupación, de quien se sabe que soporta sobre sus hombros nada menos que el peso de la maltrecha economía española. Un verdadero patriota de la economía, vamos. Allí se encontraban, frente a frente, de igual a igual, el patrón de España y el patrón de España, Gerardo Díaz Ferrán y el apóstol, ambos inmensamente ricos, ambos insaciables en la rapiña.

Quizá en esos instantes, amparado en la sombra y lejos del barullo, un chorizo más humilde, el antiguo electricista de la catedral, el que habría de robar unos meses después el Codex Calixtinus, se afanaba en sisar del cepillo limosnero de la catedral su modesta cuota diaria de 200 euros. Mientras, en el altar iluminado se oficiaba la otra farsa, la de Díaz Ferrán, poniendo como testigos de sus oraciones, además de a un dios inexistente y a un apóstol inventado por la imaginería cristiana, al obsequioso arzobispo Julián Barrio y a un grupo de peregrinos mochileros prudentemente situados unos pasos más atrás, pues los ricos, que son los que más cotizan a la sociedad anónima del Vaticano, tienen derecho a lugar preferente en la casa de dios, higiénicamente separados de la peste caminera de los romeros pobres. Los ricos están mejor iluminados en las iglesias para que su dios acierte a distinguir de inmediato a los buenos.

Esa imagen, vista estos días con detenimiento por televisión, ha hecho más por la causa del ateísmo que los crímenes de los curas pederastas o los desvaríos mesiánicos del ministro Wert: uno de los patrones de España, postrado de hinojos (¡con un par de hinojos como los del caballo de su colega!) implorando en voz baja a su compadre patrón de España que la justicia no llegase a descubrir jamás sus crímenes, haciéndonos creer al resto de los españoles que en realidad oraba contrito por nuestros puestos de trabajo y nuestra salud laboral.

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Los malos hábitos de juventud

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Los malos hábitos son como las malas compañías, te llevan a la perdición sin que apenas te percates de la trampa y de sus consecuencias catastróficas. Por ejemplo, la gente se pregunta ahora, cuando a Rajoy ya no le queda por incumplir ninguna de sus promesas electorales, cómo es posible que los españoles hayamos permitido con nuestros votos, como ciegos impasibles ante el engaño colosal (coloxal) que se estaba representando ante nuestros ojos, que nos gobernase esa banda de incompetentes que nos martiriza cada viernes negro desde Moncloa a golpe de decreto.

Un grosero ministro de Educación (¡de educación!) del Opus Dei; un ministro del Ejército, antiguo vendedor de misiles y bombas de racimo; una ministra de Trabajo que en su vida se vio en la necesidad de patear la calle en busca de un trabajo; un ministro de Economía contratado en la misma banca que desató la crisis financiera mundial; un presidente de gobierno que exige austeridad a los ciudadanos, les baja las pensiones, abarata el despido, disminuye las prestaciones a los parados, elimina pagas extras y suplica a todos que suprimamos dos agujeros más del cinturón mientras él se reparte sin trabajar, por la cara, con un Registrador compinche, cientos de miles de euros anuales procedentes de una oficina de Registro en Santa Pola, de la que es titular...

Haber votado a una banda de salteadores del poder de semejante calaña solo se explica en que hemos perdido la visión, víctimas de nuestros malos hábitos de la adolescencia. No supimos verlo en su momento simplemente porque ya no podíamos, porque, sin saberlo, vivimos en un país de ciegos por culpa de nuestro pasado de adolecentes onanistas, como bien nos tenían avisados los curas: ese hábito pernicioso, ese vicio solitario que causa ceguera. Quizá por eso en el reino de los onanistas ciegos, como es España, el Borbón es rey. Saramago haría con esto una gran novela, pero yo es la única explicación que le encuentro.

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El Vaticano no quiere pagar el IBI

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Os voy a contar una mala buena noticia. El Juzgado Contencioso Administrativo nº 1 de Ourense ha fallado en contra del Ayuntamiento ourensano de Amoeiro que pretendía cobrar a la Iglesia 2.727,49 euros por los recibos del IBI (Impuesto de Bienes Inmuebles) de los años 2010 y 2011, referentes a las fincas urbanas que el obispado posee en ese ayuntamiento. Miles de metros cuadrados de fincas improductivas que además no cotizan a las arcas públicas gracias a los términos del Concordato suscrito en 1979 entre España y el estado Vaticano, y que convierten a la boyante empresa del mayor club de solteros de España en un paraíso fiscal que para sí quisiera el otro paraíso del que tanto hablan y tanto presumen.

Como ya os conté este verano, cuando os daba noticia de la denuncia, la Iglesia Católica goza de la exención total del pago de impuestos de los templos y capillas destinados al culto, sus dependencias, edificios y locales anejos destinados a la actividad pastoral, las residencias de los obispos, canónigos y sacerdotes con cura de almas, los locales destinados a la Curia Diocesana y a oficinas parroquiales; los seminarios, la Universidades eclesiásticas, los conventos… y ahora, por lo visto, todas esas fincas que juntas suman más hectáreas que las ya proverbiales del ducado de Alba. Una industria fabulosa, una acumulación de riqueza que no iguala ninguna multinacional, pero que hurta a esa Hacienda que somos todos el pago de impuestos, con la disculpa de que su negocio no es de este mundo y que ya nos lo pagará con creces en la otra vida.

Una Iglesia, la mayor propietaria de bienes inmuebles de España, con miles de edificios parroquiales vacíos y en ruinas, y cientos de miles de hectáreas de tierras incultas, como corresponde a gente rica y ociosa, dispuesta a rezar con prontitud por el alma de los desahuciados, y de oficiar misas por sus almas, pero incapaz de ofrecer gratis ni una sola de sus casas que podrían dar cobijo a los sin techo en estos tiempos de crisis.

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Hablemos ahora del Santo Prepucio

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Menos mal que mi madre ya no está en este mundo, que si no el Papa se iba a enterar. Se iba a enterar el Papa, escrito con mayúscula, aunque los de la Real Academia, nuestra Loca Academia de la Lengua, digan ahora que se escribe con minúscula. ¡Con minúscula! ¡Un papa de Roma en minúscula! Como si el sumo pontífice fuese, diría mi madre adicta a los crucigramas, una planta herbácea de la familia de las solanáceas. Como si fuese un tubérculo. O el padre de un niño gitano. O una moneda corriente, como dicen en El Salvador; o un tomate, o una cosa fácil de hacer, como dicen en Argentina y Uruguay; o fuese mentira, como dicen en México; o, lo que ya sería el colmo, ¡una mujer!, como dicen coloquialmente en Uruguay. Una papa, vamos. Entre las ocurrencias de este Papa y semejante desprecio por parte de la Real Academia hacia la majestad del padre santo, mi madre volvería a morirse del disgusto después de largarle cuatro verdades al farsante de Roma.

Para empezar, a estas alturas del año mi madre ya tendría organizado su pequeño belén junto a la repisa del televisor, con su mula y su buey, apenas más grandes que el Niño, y unos reyes magos, el negro siempre detrás, cargados de oro, incienso y mirra. Me la imagino boquiabierta, mirando intermitentemente con estupor al belén y al noticiario de la televisión mientras oye que Benedicto XVI niega la posibilidad de que una mula y un buey hayan podido calentar con su aliento el pesebre donde nació el niño Jesús. A mí, la verdad, siempre me pareció una guarrada el aliento de esos bichos en la cara de nuestro salvador, sobre todo del buey, que se baba mucho, pero  mi madre, que era muy limpia, aguantaba lo que fuese con tal de que su dios no pasase frío nada más venir al mundo, allí medio en pelotas en un pesebre. ¿Y los Reyes Magos? ¿Y la estrella? También pura imaginación popular, fantasías que ni siquiera existen en los ya de por sí fantasiosos evangelios, según el nuevo libro de Ratzinger.

Hay que joderse. Bueno, eso lo digo yo. Mi madre diría: ¿Quién le mandará a este Papa -ella hablaba de él en mayúsculas- meterse donde no le llaman? ¿Acaso este Papa es más papista que todos los papas anteriores? ¿Con qué cara nos vamos a mirar mañana los de la Asociación de belenistas, con nuestros ridículos bueyes y mulas en la mano (“como un gilipollas, madre”), estrellas sin cola que los modernos llaman supernovas, y reyes magos de mentirijillas que nos costaron una pasta gansa? ¿Como voy a dejar al Niño sin el calor de la mula y el buey, con lo fría que está la intemperie en diciembre, por mucho que lo diga el mismísimo Papa?

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Ser ignorante no es delito, ni es pecado mentir

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Una de las características más notables de la política es que no se necesitan habilidades ni conocimientos especializados para alcanzar el poder. Ni siquiera un miserable examen psicotécnico. Resulta inconcebible que un ignorante pueda estar al frente de un equipo de cirujanos en un trasplante de hígado, o que el estudio de la resistencia de materiales de un futuro puente colgante haya sido encargado a un albañil, o que el análisis de las perspectivas de comportamiento de la prima de riesgo se encomiende al vidente Rappel. Sin embargo la prosperidad de todo un país puede ponerse en manos de un incompetente con el único requisito de que haya sido elegido por mayoría, al igual que las asociaciones de padres de alumnos norteamericanos pueden exigir por mayoría simple (de simpleza) que se enseñe en la escuela a sus hijos la teoría del creacionismo que se opone a la teoría científica de la evolución de las especies. Es la verdad obtenida por mayoría. Esa es la esencia de la democracia.

El intrusismo profesional está condenado por ley, para defendernos de falsarios cuya incompetencia podría arruinar nuestras vidas. Pero el intrusismo político no, porque por definición, y a falta de una carrera universitaria al respecto, un político es un intruso al que no se le exige ningún conocimiento específico para el cargo que va a ocupar, pero al que, si aprueba en las urnas, le otorgamos el poder suficiente para, por ejemplo, definir nuestro sistema sanitario, la cobertura social de los parados, o las materias que han de estudiar nuestros hijos en las escuelas. Antes de ser elegido, el postulante asegura, ante el tribunal de los votantes, que atesora suficientes conocimientos como para solucionar el paro en cuarenta y cinco días, rebajar las listas de espera sanitarias a treinta, y dejar la prima de riesgo a niveles de ensueño. Y aunque a posteriori se demuestre que se trataba de un impostor, que políticamente no era cirujano, ni ingeniero, ni vidente, es prácticamente imposible llevarlo ante los tribunales, porque ser ignorante no es delito, y porque mentir no es pecado.

Si repasamos nuestro consejo de ministros, acabamos preguntándonos qué hemos hecho los españoles para merecer esto. Si aquello, más que un gobierno, no parece un altar, una capilla, una iglesia. Y, lo que es peor, comprobamos que, a falta de preparación más específica por parte de los allí congregados por Mariano, se confían las soluciones imposibles de la cosa pública a un dios uno y trino (¡me encanta eso de uno y trino!), sobre todo a uno de ellos, el tercero, el que hace de hijo, inmolado en la cruz, y a su madre todavía virgen después del parto, además de a una corte celestial de santos entre los que brilla el marqués San Josemaría Escrivá, el fundador de la secta secreta del Opus Dei.

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El debate de las ideas

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Por si no lo habíais notado, vivimos momentos cruciales. Crucial viene de cruz, que a la vez se refiere al sufrimiento y al desasosiego que provoca el desconocer cuál es la dirección a tomar más conveniente en un cruce de caminos. Lo peor es cuando comprobamos que, a un tiempo, estamos arrastrando una pesada cruz, y por el camino equivocado. Esa es la quintaesencia de la desdicha. Los más optimistas esperan, siguiendo la doctrina del premio al esfuerzo, que al final del camino, en el peor de los casos, van a poder vender a un buen precio la cruz que arrastran, obteniendo por ella un jugoso beneficio que habría compensado la pena del vía crucis. Ignoran que el camino está atestado de salteadores que les arrebatarán violentamente sus cruces y sus penas para traficar luego con ellas, como en el caso de los bancos con los desahuciados.

En política, los caminos que transitamos, con la esperanza de que al final de ellos se encuentre la felicidad, se llaman partidos. Es que somos así de chulos y optimistas. Pero aquí y ahora es donde nuestras vidas se vuelven más cruciales, porque los penitentes caminantes se ven condenados a arrastrar cruces cada vez más pesadas por caminos que se están volviendo intransitables.

Para mayor despiste, hasta las direcciones están cambiadas. Los carteles que tú pensabas que indicaban el camino de la izquierda te llevan a la derecha, y los que te conducían a la derecha te dirigen directamente al abismo. Los modernos recortes ideológicos (todo se recorta, hasta las escopetas con que nos apuntan -son más cómodas y fáciles de ocultar-) están dejando intransitables los caminos de los partidos, plagados de hoyos mal remendados, grietas insalvables, un puro lodazal, que están incitando a los caminantes a abandonar el sendero y a cortar por el monte, a ver si mejora su suerte.

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Cagarrutas negras a precio de saldo

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Napoleón, que solo pensaba, como tantos hombres, con la mismísima punta de la... espada (¡como una olla!, te he pillado) se preguntaba qué sería del mundo cuando China, un león dormido, despertase. Supongo que su mente militar imaginaba futuras hordas de chinos a pie y a caballo, invadiendo occidente como un ejército de termitas que devoran todo cuanto encuentran a su paso.

Con su recuerdo muy presente, las potencias occidentales se pasaron todo el siglo XX mirando angustiadas de reojo los vaivenes de la revolución china y sus espectaculares paradas militares, su alianza con la Rusia comunista, y su potencial bélico que incluía la bomba atómica, sin apenas sospechar que la verdadera invasión llegaba de callada manera, en forma de todo a cien, con una oferta tan irresistible que no podríamos rechazar. Era su modo de despertar, llegando a nosotros como nuestros antepasados conquistadores a tierras de indias, vendiéndonos baratijas a precios de ganga, collares de cuentas de cristal de colores y espejitos dorados como si fueran de alta joyería.

Occidente se ha rendido a sus costes de fabricación, y nadie que piense subsistir en el mercado global rechaza aprovecharse de su mano de obra esclava, sin derecho a huelga, sin apenas vacaciones, de horarios extenuantes y salarios ridículos. Todo sea porque el precio final compense con creces la ínfima calidad del producto. Es como una pesadilla. Nuestra crisis nos hace buscar desesperadamente los precios más bajos, precios apenas de subsistencia, y a su vez China tapona con su masiva oferta de quincalla tecnológica y ropa de olor a petróleo el desarrollo de las industrias de sus posibles competidores occidentales. Es una jugada maestra.

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