Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
Sobre este blog

Ni dos años estudiando con las monjas Carmelitas, ni tres con los Hermanos Maristas, ni siete más con los Salesianos, ni los sucesivos ataques a mi integridad física e intelectual por parte de las bestias falangistas que impartían las asignaturas de Formación del Espíritu Nacional franquista en los años oscuros de mi juventud, ni siquiera tanta barbarie junta consiguió asustarme con sus dioses vengativos ni sus patrias imaginarias. Porque los dioses y las patrias son creaciones de la imaginación de los hombres que viven y se aprovechan de su exclusiva administración, porque ambos inventos sustentan lo peor de la historia criminal de la humanidad, porque ambos son la mecha de tanta injusticia en la Tierra. Por todo ello, a este blog le cobija el título de “Ni dios, ni patria, ni rey”.

El rey, que no lo había dicho, tampoco existe. Pero él todavía no lo sabe.

El debate de las ideas

Manuel Saco

Por si no lo habíais notado, vivimos momentos cruciales. Crucial viene de cruz, que a la vez se refiere al sufrimiento y al desasosiego que provoca el desconocer cuál es la dirección a tomar más conveniente en un cruce de caminos. Lo peor es cuando comprobamos que, a un tiempo, estamos arrastrando una pesada cruz, y por el camino equivocado. Esa es la quintaesencia de la desdicha. Los más optimistas esperan, siguiendo la doctrina del premio al esfuerzo, que al final del camino, en el peor de los casos, van a poder vender a un buen precio la cruz que arrastran, obteniendo por ella un jugoso beneficio que habría compensado la pena del vía crucis. Ignoran que el camino está atestado de salteadores que les arrebatarán violentamente sus cruces y sus penas para traficar luego con ellas, como en el caso de los bancos con los desahuciados.

En política, los caminos que transitamos, con la esperanza de que al final de ellos se encuentre la felicidad, se llaman partidos. Es que somos así de chulos y optimistas. Pero aquí y ahora es donde nuestras vidas se vuelven más cruciales, porque los penitentes caminantes se ven condenados a arrastrar cruces cada vez más pesadas por caminos que se están volviendo intransitables.

Para mayor despiste, hasta las direcciones están cambiadas. Los carteles que tú pensabas que indicaban el camino de la izquierda te llevan a la derecha, y los que te conducían a la derecha te dirigen directamente al abismo. Los modernos recortes ideológicos (todo se recorta, hasta las escopetas con que nos apuntan -son más cómodas y fáciles de ocultar-) están dejando intransitables los caminos de los partidos, plagados de hoyos mal remendados, grietas insalvables, un puro lodazal, que están incitando a los caminantes a abandonar el sendero y a cortar por el monte, a ver si mejora su suerte.

Los dos grandes partidos nacionales, en lugar de arreglar sus baches, se están preguntando todavía qué les pasa, por qué los ciudadanos se niegan en masa a transitar por ellos y seguir pagando sus peajes, sin entender que todo se reduce a la decepción del caminante que ha comprobado reiteradamente que al final del sendero no se encuentra nada ni remotamente parecido a la tierra prometida.

El Partido Popular pierde clientes porque, como ciertos antibióticos, es un partido de amplio espectro, y por lo tanto, de menor eficacia, que lo mismo cree servir para afiliar a sus numerosos y cualificados homosexuales que para los talibanes cristianos que desearían colgarlos de su cruz; para los antiabortistas y para sus niñas que peregrinan a Londres a abortar; para sus piadosos católicos que se juran ante dios un amor eterno pero que buscan el divorcio como una salida a un matrimonio insoportable; para las víctimas del terrorismo y para los que desean un final político para ETA; para los bancos rescatados y (ahora) para sus víctimas desahuciadas; para su reforma laboral depredadora y para sus consecuencias funestas, como el ERE de Iberia para el que la cínica, insensible e inflexible ministra de Trabajo, Fátima Báñez, pide ahora “sensibilidad y flexibilidad para evitar despidos”; para “Cataluña sí y España también” como reza su desquiciante lema de campaña en esa tierra de infieles al PP que vota mayoritariamente a otra derecha igual de depredadora.

Con todo, el Partido Popular disimula con más esmero sus baches porque, en definitiva, se trata de una comunidad de intereses, más que una comunidad de ideas. Y eso une mucho. Es gente “muy interesada” en que nada, y mucho menos una ideología, pueda alterar su beneficio personal y el de sus afortunados herederos. Pero al otro gran partido, al PSOE, le está ocurriendo lo que a los lectores de el diario El País, que durante muchos años vivieron engañados creyendo que compraban un periódico de izquierdas, hasta que bajó del monte el multimillonario Juan Luis Cebrián con las nuevas tablas de la ley... laboral. Cebrián, ese Mesías del capitalismo con rostro humano.

El PSOE, para llegar a donde está, tuvo que desprenderse del marxismo, allá por los años ochenta, su máxima seña de identidad, para hacerse con una clientela que tras el largo invierno de adoctrinamiento franquista pensaba que Carlos Marx era la mismísima personificación del diablo, y el marxismo, su doctrina, el camino seguro hacia los infiernos. Sin marxismo, lo de socialismo ya sonaba moderno. Hacer fortuna ya no era pecado. No era necesario contárselo al confesor. No había que hacer voto de pobreza, y hasta estaba bien visto ducharse a diario y usar desodorante.

Sin marxismo ya éramos socialdemócratas con corbata, que duele menos, como en el resto de Europa y en los Estados Unidos. La socialdemocracia comenzaba su titánica tarea de domadora del capitalismo, para atemperar la condición depredadora de la fiera, como un moderno Robin Hood que habría de recaudar los beneficios desmesurados del capital y sus profetas, los bancos, para repartirlos entre los más necesitados. En definitiva, la socialdemocracia soñaba con atemperar las consecuencias naturales del capitalismo, para quien la condición para que exista la riqueza es que la pobreza sea mucho mayor. Jamás reformarlo y menos aún derribarlo.

Hoy, nuestros socialdemócratas comprueban amargamente, más todavía desde el fracaso de Rodríguez Zapatero, que el capitalismo es quien les ha reformado a ellos. Los partidos ya no gobiernan. O bien gobiernan sus delegaciones de asentadores en los mercados financieros, esos parlamentos en la sombra, no elegidos democráticamente pero con capacidad de legislar en los países donde toman asiento, y donde pueden hasta reformar constituciones, tal como se la metieron bien metida a Pérez Rubalcaba con la pamema de pactar incluir en nuestra Constitución un límite al déficit público, ¡una de las mejores armas con que contaba la izquierda para sus políticas sociales! Porque cada vez resulta más evidente que la única reforma que el capitalismo consentirá es la que acabe haciéndole inmune a los peligros de su propia desaparición.

¿Y cuál es la respuesta a la desafección de su electorado? Pues la de siempre: que hay que reunirse un día de estos para estudiar qué nos está pasando.

Ante los fracasos electorales más recientes de Galicia y Euskadi (PSOE y PP perdieron medio millón de votos) desde ambas formaciones, aunque con más ahínco en la izquierda, se alzan voces pidiendo un debate de ideas. Ya sabéis, ante un problema grave hay que crear una comisión. Todos los que fracasan reclaman un debate de ideas para trasladar las culpas a las ideas y exculpar a las personas y organizaciones de su fracaso.

¿Pero en verdad es posible un debate de ideas en organizaciones tan cerradas como las de los grandes partidos, donde ya es clásico que el que se mueve no sale en la foto? Recuerdo que en el gran debate ya lejano entre los llamados reformadores y el aparato del PSOE, la palabra reformador llegó a utilizarse como un arma arrojadiza, como un insulto. Porque los aparatos de los partidos basan su poder interno en que quien venga con la cantinela de las reformas es un disidente, un hereje, un iluminado, un suicida. Y ya sabéis lo que decía San Agustín: extra Ecclesiam, nulla salus, que en su versión mundana quiere decir: fuera del partido no hay salvación.

Mientras el PP se va reformando solo, dejándose llevar al ritmo de la reforma misma del sistema capitalista que lo sostiene, sin complicarse la vida, el PSOE se va cociendo y consumiendo en su propio fracaso, porque todavía es más fácil reformar un mercado que una ideología. El tiempo ha demostrado, eso sí, que el debate de ideas es muy saludable, el gran tesoro ideológico de las organizaciones políticas de izquierda, un debate de ideas enriquecedor... que sólo es aceptable cuando las ideas, una por una, coinciden con las de los líderes del partido.

Así que, ya que el debate sobre las ideas es una falacia o una muletilla para la salvación personal, o reformamos a los líderes o habrá que ir pensando en tomar otros caminos. Sin desechar la posibilidad de echarnos al monte.

Sobre este blog

Ni dos años estudiando con las monjas Carmelitas, ni tres con los Hermanos Maristas, ni siete más con los Salesianos, ni los sucesivos ataques a mi integridad física e intelectual por parte de las bestias falangistas que impartían las asignaturas de Formación del Espíritu Nacional franquista en los años oscuros de mi juventud, ni siquiera tanta barbarie junta consiguió asustarme con sus dioses vengativos ni sus patrias imaginarias. Porque los dioses y las patrias son creaciones de la imaginación de los hombres que viven y se aprovechan de su exclusiva administración, porque ambos inventos sustentan lo peor de la historia criminal de la humanidad, porque ambos son la mecha de tanta injusticia en la Tierra. Por todo ello, a este blog le cobija el título de “Ni dios, ni patria, ni rey”.

El rey, que no lo había dicho, tampoco existe. Pero él todavía no lo sabe.

Autores

Etiquetas
stats