Lo que un bote de kétchup enseña a la FIFA y al PP de Madrid sobre la censura
A estas alturas del partido, cualquier columnista serio (como Mariano Rajoy) estaría escribiendo sobre los ajustes de alineación de Francia, la sorpresa de Cabo Verde o las probabilidades de España; yo llevo días intentando comprender en qué momento un bote de kétchup se ha convertido en material altamente subversivo.
Cabría pensar que, en un Mundial celebrado entre países atravesados por guerras abiertas, crisis diplomáticas y tensiones migratorias, los desvelos de la organización recaerían en asuntos de cierta envergadura. Para sorpresa de nadie, el orden de prioridades de la FIFA es otro y tiene que ver con su bolsillo.
En los estadios están desapareciendo las marcas que no han pagado el peaje de patrocinador oficial. Uno de los casos más sonados ha sido el del antiguo Levi’s Stadium, en Santa Clara (California). La FIFA cambió el nombre y cubrió su enorme y característico logo con una lona que dejaba poco a la imaginación. El resultado fue tan eficaz como tratar de esconder a un elefante tras un banderín de córner.
La marca de vaqueros no tardó en apropiarse del absurdo en redes sociales. Es de primero de internet: si no quieres que se hable de algo no le digas a la gente que no mire.
En el que era el Gillette Stadium de Boston, el intento de borrado de la marca también les salió regulinchi. Gillette se sumó al troleo y el impacto creció como la espuma.
No fue suficiente con eso. La FIFA ordenó además eliminar los pequeños logotipos de la compañía de cuchillas impresos en cada asiento. Más de 64.000 pegatinas azules colocadas a mano, una a una, no fuera a ser que a alguien le entraran unas ganas locas de afeitarse durante el descanso.
Si el objetivo fuera únicamente ocultar grandes logos, aún podría entenderlo. Pero es que la FIFA no conoce la moderación.
En la sala de prensa de estadio californiano aparecieron sin previo aviso botes de kétchup, mayonesa y salsa de soja con las etiquetas tapadas con cinta aislante. Parecían testigos protegidos denunciando a la mafia. Ellos no vieron venir el meme; Heinz sí.
Los perritos calientes no son los únicos damnificados. El jugador de la selección alemana Jamal Musiala tuvo que salir a calentar con la marca de sus auriculares tapada en cumplimiento estricto de las normas de las zonas de competición. La paranoia alcanza tales niveles que una no sabe si un futbolista lleva cosas pegadas por superstición o por mandato judicial.
La sensación es que hay demasiado en juego. La dedicación de la FIFA para proteger la exclusividad de los patrocinadores es una de las razones por las que ingresará la nada desdeñable cifra de unos 7.775 millones en este año de Mundial.
Sin embargo, en su obsesión por blindar sus ingresos de patrocinios, la FIFA ha terminado regalando la mejor campaña publicitaria a los censurados. La supuesta organización sin ánimo de lucro ha olvidado que, en la era de los memes, intentar ocultar un bote de kétchup lo convierte en un símbolo. Al final, el mayor saboteador de este torneo no es ninguna marca intrusa, sino la propia torpeza de los organizadores.
Hay una lección de marketing en todo esto que quizá alguien debería explicarle al PP de Madrid. Esta semana han intentado cancelar el Festival de las Ideas y la Cultura de elDiario.es en Rivas-Vaciamadrid, a dos días de su arranque, mediante una suspensión cautelar tras un recurso presentado por una concejala popular. La suspensión ha sido finalmente levantada y el festival se puede celebrar. Pero el amago ya había provocado consecuencias.
La operación ha conseguido exactamente lo mismo que la cinta adhesiva sobre los botes de kétchup: llamar la atención sobre aquello que pretendía ocultar. Han convertido nuestro festival cultural en noticia. Han recordado a miles de personas que el FIC existe. Han logrado que nuestra comunidad de lectores, socios y socias se vuelque con el periódico. Y han conseguido que mucha más gente quiera venir a apoyarnos.
Querían que bajaramos el telón. Pero hay algo que los censores de cualquier época parecen olvidar: las ideas siempre encuentran la forma de colarse por las rendijas. Y la libertad tiene la mala costumbre de aparecer precisamente donde alguien ha intentado taparla. Hay partido. Nos vemos en Rivas.
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