Un ajolote en la grada
Hubo un tiempo en el que quise que me gustara el fútbol. De canija, acompañaba a mi padre a los partidos del Leganés cuando el club todavía jugaba en el campo viejo. Quality time lo llamarían ahora. Lo cierto es que me aburría soberanamente, así que cuando podía me escapaba bajo el graderío para jugar a cualquier otra cosa. Llegaba a casa con tierra hasta las orejas y con el pelo atestado de cáscaras de pipas.
Iba siempre con el portero por pena y solidaridad. En el pasillo de casa, mis hermanos mayores me usaban para jugar al fútbol colocándome en el quicio de la puerta, pateando a modo de balón a mi peluche favorito (Pelusín) y convenciéndome con la promesa de que, si practicaba mucho, el seleccionador nacional en persona me escogería para jugar con España.
Yo quería que me gustara el fútbol, pero nunca me gustó. No es por el trauma de Pelusín (quizá un poco sí), ni por rencor a Luis Suárez (que nunca me llamó). Es que todo lo que lo rodea me resulta agotador. La Liga, la Champions, la Eurocopa y el Mundial eran eso que gustaba a otros, pero no a mí. Así que desde que pude elegir, he huido del fútbol.
No ha sido fácil, sobre todo en las grandes ocasiones como esta. ¿Cómo evitar un Mundial con tres países anfitriones y 16 ciudades sede? ¿No era suficiente con escoger un país y sobrevivir a un par de semanas de matraca? Han estirado el asunto hasta los 39 días de competición, con 104 partidos, 48 selecciones y 1.248 jugadores convocados. Mil doscientos cuarenta y ocho señores dispuestos a monopolizar las portadas, los telediarios, las conversaciones. Todo esto con el humilde objetivo de la FIFA de amasar miles de millones y congregar a más de la mitad de la humanidad frente al televisor. Con semejante despliegue, veo más factible encontrar un piso a precio decente en Madrid que llegar a mediados de julio sin acabar opinando sobre las opciones de Uzbekistán en octavos.
Ante este percal, deposité mi esperanza en las mascotas. Como alguien que padece “peluchitis” —debilidad crónica por las criaturas de felpa con ojos de botón—, la idea de que este Mundial viniera con tres me parecía casi una indemnización. Hasta que las busqué en Google.
Lejos de encontrar a dignos sucesores de Naranjito, me topé con tres engendros digitales sin alma cuyo ejército de figuritas merece acabar enterrado en el desierto junto a las copias no vendidas del videojuego de ET para Atari.
Mientras la FIFA vende a 90 euros el soso trío lalalá de muñecos oficiales, en México han dado con el pelotazo definitivo. El ajolote, ese animalito entrañable, apokemonado, de sonrisa perenne, se ha coronado como mascota alternativa y es el auténtico rey del merchandising mundialero. Está por todas partes: peluches, murales, estatuas. En todas partes menos en su hábitat.
Según recoge Reuters, los biólogos de la Universidad Nacional Autónoma de México que peinan las tradicionales chinampas (islotes flotantes) y canales de Xochimilco denuncian que llevan dos años sin avistar un solo ejemplar en libertad. Alertan de que el turismo masivo del Mundial amenaza con agravar la presión sobre un ecosistema ya castigado por el avance del cemento y la contaminación.
En peligro crítico de extinción, dentro de poco todo lo que quedará del ajolote serán llaveros.
Durante los 39 días que dura este macroevento, los que sufrimos alergia futbolera nos sentiremos como ajolotes fuera del agua, en un continuo fuera de juego.
Quizá va siendo hora de reivindicar nuestro refugio. De encontrar islotes apacibles, gradas bajo las que sumergirnos, lugares en los que respirar a nuestro aire, aunque sea inevitable que nos caigan las cáscaras de pipas escupidas desde arriba.
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