Taxis, “tiki-taka” e imágenes que nadie quiere perderse: la novela sobre el Mundial de Sudáfrica como hito de la España en crisis
“Todo el mundo puede imaginarse su país, y solo unos pocos tratan de convencernos de que su imagen es real. Quizás la más equitativa, la más justa, sea la que aparece en la mente del futbolista justo cuando ve que el balón se cuela en la red. Es consciente de que hay medio país viéndolo, celebrando en plazas y en bares y en casas, pero a él, en ese momento, la energía no le da para delirios de grandeza. Él piensa, probablemente, en su madre”. El interés de Pablo Caldera (Madrid, 1997) por pensar las imágenes desemboca en este pasaje de su primera novela, el cual versa precisamente sobre la posible imagen definitoria de España. Acaba encontrando la respuesta en otra de sus pasiones, el fútbol, sugiriendo si acaso fue Andrés Iniesta quien logró esa postal total de lo español antes que cualquier poeta, pensador, artista o dictador.
En Lo nunca visto, nueva entrega de la colección Episodios Nacionales de la editorial Círculo de Bellas Artes - Lengua de Trapo (actualización moderna y colectiva del proyecto de Pérez Galdós), el lector no encontrará sin embargo casi ninguna referencia a la selección que en 2010 tocó el cielo en Sudáfrica. Tampoco a los agónicos partidos que la llevaron a la gloria con goles de Villa o Puyol y paradas de Casillas. De hecho, Caldera ambienta la acción en Madrid y solo una pequeña parte de ella trascurre ese año. El grueso de la trama discurre durante la Eurocopa de 2012. El último triunfo de aquel equipo imparable que nos acostumbró a ganar, que nos empachó de victorias hasta convertirlas en una fea costumbre.
El escritor atiende a este periódico horas antes de que la selección recupere la sensación de rodillo ante Austria. En esta ocasión no las tiene todas consigo y vaticina que Inglaterra se llevará el gato al agua en este Mundial. Augura que España alcanzará las semifinales, donde nos echará Francia. La conversación tiene lugar en una terraza de Lavapiés entregada a la Copa del Mundo, con un banderín de España en cada mesa y un pantallón en la terraza preparado para emitir la goleada.
Seguramente en un sitio como este habrían acabado Adrián y Beto, los hermanos protagonistas del libro, si aquella noche en la que España se impuso a Holanda en Johannesburgo hubiesen decidido salir a ver el partido. Pero no, a estos espíritus quinquis del siglo XXI se les ocurrió aprovechar que todo el mundo estaría mirando los televisores para perpetrar un robo en un chalé una zona noble de la capital. Dos años después, su madre, una taxista amante de escudriñar a los pasajeros que se suben a su vehículo, encontrará sin buscarlo una oportunidad para desentrañar el misterio de la desaparición de sus hijos.
Una ficción sobre el Mundial de 2010 sin Shakira ni Iniesta
Con este punto de partida, el autor del ensayo El fracaso de lo bello (La Caja Books, 2021) ofrece su particular mirada a un proyecto en el que le planteó participar la propia editorial. Contó con libertad incluso para seleccionar su propio episodio nacional. “Propuse tres: la legalización del PCE, la aprobación del matrimonio homosexual y el Mundial de 2010. Nos pareció que en este último estaba el verdadero desafío identitario”. Reconoce eso sí que los otros dos acontecimientos se acabaron filtrando en un par de momentos del libro. A los escritores atentos no les será difícil identificarlos.
Preguntado acerca de la decisión de desplazar la mayor parte de la historia durante la Eurocopa de Polonia y Ucrania, admite una cierta pulsión por “no convertir a España en una entelequia y por huir de las narrativas fetichistas del Mundial”. No hay rastro del Waka-waka, aunque se cuela una mención al pulpo Paul.
También reconoce su interés en “hackear” el planteamiento inicial de los Episodios Nacionales. Incluso la propia idea de “evento histórico”. Algo de eso hay en la apuesta por eludir la reconstrucción o el seguimiento de los partidos, lo cual queda reservado y de manera colateral para el España-Portugal de las semifinales de 2012 (antecedente del partido de octavos del próximo lunes). No hay una descripción de la final del Mundial ni del gol de Iniesta, en una decidida apuesta por alejarse de la catarsis colectiva y abordar más bien los rescoldos que dejó todo aquello.
No es que se centre en una historia aledaña, como hizo Bernardo Atxaga con el Mundial de España 82 en El hombre solo, thriller literario donde seguía a un grupo de exmilitantes de ETA que preparan una última operación. A Caldera sí le interesa el propio evento, pero más si cabe “la cuestión de los que no vieron el Mundial, aunque eso les causara fomo [miedo de quedarse fuera]”. Así, cuando se lanzó a escribir le revoloteaba una pregunta: “¿Qué está por encima de una imagen que deseas ver?”.
Hilvana de ese modo una primera parte desarrollada casi en tiempo real e íntegramente a través de diálogos, que reconstruye el robo a través de un “tiqui-taca” conversacional entre los hermanos. “Quise intentar escribir o dialogar como se juega al fútbol. No narrarlo como si fuese un partido, lo cual puede llevar a fetichizarlo, sino que la propia forma literaria remitiese a los pasos del balón”. “La primera novela siempre es un ensayo, así que quería demostrarme a mí mismo que podía construir diálogos y una trama, que en este libro es lo central por encima de las reflexiones”, asegura. Con el paso de las páginas fue desechando esa estructura dialogada y el relato adopta unas formas más propias de quien sigue el deporte que de quien lo practica: “Más que un futbolero, soy un espectador. Es una novela que trata cómo es ver el fútbol”.
También con el avance de las páginas, Lo nunca visto va dejando atrás el realismo que el propio Caldera admite que se propuso “recuperar para la literatura española sin que fuera rancio”. Avanza hacia una especie de “bastardía realista”, en un desenlace imprevisible donde los personajes se pierden en las imágenes. Entre todos ellos destaca Julia, la madre taxista de los desgraciados asaltantes. “No es la protagonista. Lo son los dos hermanos, pero desaparecen. Ella es un personaje secundario, lo cual no quiere decir que menos importante, lanzado a ocupar un espacio principal en la narrativa. La forma literaria la empuja al foco y eso le genera una incomodidad que yo quería transmitir”.
Julia es una mujer marcada por el cansancio, por un cierto agotamiento con su vida y con el Madrid donde la desarrolla (“las ciudades crecen para que las desconozcamos”, escribe Caldera). Unas circunstancias que trenza con la Eurocopa de 2012 y su monótono camino al éxito: “Me transmite una idea de repetición y agotamiento. Como si nunca pudiera salir de esa final del Mundial en la que se esfumaron sus hijos”.
Dice además que es un torneo no tan contado, en el que el soy español, ¿a qué quieres que te gane? coincide con lo peor de aquellos años de devastación económica y laboral. “2008 es euforia precrisis y 2010 es plena crisis. En esa tercera victoria consecutiva se notaban mucho más las distancias de clases”. No es casualidad que en medio surgiera el 15-M. El país parecía estar ya a otras cosas, a un cambio que nunca se terminó de materializar. Y gran parte de la izquierda todavía despreciaba el fútbol, no buscaba reapropiárselo.
La novela está atravesada por retóricas del cine y la tele. Los espejos son pantallas y el final es pura ciencia ficción de los ochenta. Mezclar esas películas con la idea de España y el fútbol me parecía interesante para generar una cosa bastarda
En ese contexto de furor en las teles y ruina en las casas, la protagonista inesperada pasa sin pretenderlo “de la invisibilidad a la visibilidad”. De observar a los pasajeros del taxi, jugando con la perspectiva de sus retrovisores, a suscitar todas las miradas en una “valleinclanesca” fiesta de la alta sociedad.
Todo por la aparición de un personaje de nombre cinematográfico, cómo no, llamado Brando. Caldera es un cinéfilo empedernido, quizá la última etiqueta que desearía un entrevistado, pero una que al fin y al cabo se ajusta a la realidad. De ahí que su escritura también beba de los códigos del cine, no tanto por una acumulación de referencias como por la forma de exponer las acciones. “El principio es muy teatral, como precinematográfico. Pero luego la novela está atravesada por las retóricas del cine y la tele. Los espejos son pantallas y el final es pura ciencia ficción de los ochenta. Mezclar esas películas con la idea de España y con el fútbol me parecía interesante. Quería generar una cosa bastarda”.
España y Madrid, territorios bastardos
El resultado de las curiosas estrategias narrativas es una asombrosa paradoja: su novela sobre la gloria de La Roja acaba siendo más madrileña que española. “Para mí lo español es tan complejo que no se puede retratar. El franquismo convirtió símbolos regionales en símbolos de lo español, es justamente también muy bastardo. Lo madrileño igual, pero me atrevo más con ello. No me imaginaba la historia en otro lado, sabía que la M-30 sería el vector principal de la conversación entre los dos hermanos con la que empieza. Es una novela sobre cómo Madrid es una condena, sobre todo en verano”.
Lo nunca visto se reserva también un pasaje “muy almodovariano” donde una travesti roba el corazón al lector. Ojo a su canción sobre la selección española, todo un derroche de sutiles metáforas sexuales a partir de las diferentes posiciones del terreno de juego (“el defensa la toca y a mí me descoloca”). “Tenía miedo a traicionarme con una novela sobre fútbol, no soy un gymbro. Creo en la complejidad de las identidades. Tampoco soporto cuando algunos amigos me dicen que si me interesa el fútbol es por algún trauma del pasado. Si algo define el fútbol no es tanto la unidad de todo el mundo frente a una cosa, sino la complejidad de esa falsa unidad”, explica. “Por eso el título original del libro era Unidos en esto”.
Si algo define el fútbol no es tanto la unidad de todo el mundo frente a una cosa, sino la complejidad de esa falsa unidad
Caldera tiene claro que “el fútbol, sus imágenes, atrapan”. A partir de ahí, emerge otra cuestión: “¿Qué buscamos en esa imagen? Cada uno algo distinto, no necesariamente el partido en sí: el futbolista sudando [uno de los motivos de la pasión de Pasolini por este deporte], contemplar a unos ídolos que luego imitaremos, la sensación colectiva de vivir algo juntos...”. No le movía negar esas pasiones, sino retratar una diversidad que las expande. Así se explica que reserve uno de los pasajes más emocionantes a una tanda de penaltis (esas que España evitó en Sudáfrica): “Es ahí cuando el fútbol se convierte en algo realmente emocionante, en una especie de tenis”.
Escribe Pablo Caldera en su novela que “no toda fabulación es narcisista, y es posible proyectar todo un mundo sin imaginarse apenas en él”. Quizá eso explica que sea capaz de construir una ficción que no necesita anécdotas tan enternecedoras como la que vivió su familia aquel 11 de julio de 2010. “Vimos la final casa de mi abuela y recuerdo mucho a mi madre, que jamás había visto ni volvió a ver un partido de fútbol. De repente se perdió un gatito que yo acababa de adoptar. No salió de su escondite justo hasta que todos gritamos el gol de Iniesta. Mi tío dijo que había venido a unirse a la celebración”. Nadie quiere perderse lo nunca visto y lo que, al menos hasta el próximo día 19, nunca volvimos a ver.