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Afganistán, el futuro es ayer...o no

Kunduz (Afganistan). EFE/EPA/STRINGER

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Mi hermano se ha ido. No volverá hasta mañana. Se calcula que en los últimos veinte años, irregularmente defendidos y deficiente y costosamente gestionados ---Estados Unidos ha gastado más de dos billones de dólares--- el PIB por habitante se ha duplicado, y la financiación del presupuesto del Gobierno afgano, que en el año 2000 procedía en su totalidad de entidades financieras internacionales, tiene, hoy, una dependencia del exterior estimada en un setenta y cinco por ciento. Además, durante el periodo de ocupación occidental, las inversiones realizadas se han focalizado en consolidar la justicia, el ejército, la policía, la sanidad, la construcción de escuelas, hospitales, carreteras, edificios públicos y planes sociales de vivienda; se ha reducido la mortalidad infantil así como el riesgo de muerte en el parto; y, entre otras medidas, se ha llevado a efecto la escolarización de ocho millones de niños, incluidos tres de niñas, pero, sin embargo, este país, racheado de cambios, con unos depósitos minerales, valorados por el ex ministro de Minas afgano, Wahidullah Shahrani, en 2010, entre un billón y tres billones de dólares por sus reservas sin explotar de gas, petróleo, litio, uranio, bauxita, cobre, cobalto, carbón, hierro, mármol, talco; piedras preciosas: lapislázuli, esmeraldas, rubíes, turmalina; y las llamadas tierras raras, neodimio, praseodimio y disprosio, cruciales en la fabricación de imanes aplicables a la energía eólica o los coches eléctricos, ha caído, una vez más, bajo el peso de la tradición.

Una tradición poderosamente financiada. Según David Mansfield, analista británico, la mayor parte del capital que gestionan los nuevos señores del país procede de actividades ilegales como la extorsión; el secuestro, necesario para pedir rescate; la explotación ilegal de minerales; el tráfico de drogas y los impuestos al transporte. La UNODC publicó, en 2018, que el negocio del opio contribuía al 11% de la economía del país; y, en 2019, que procura unas ganancias de entre mil doscientos y dos mil cien millones de dólares al año. Los impuestos al transporte, cobrados por insurgentes y funcionarios durante el periodo de ocupación internacional, en los talibán siguen una sencilla fórmula: aplican una cantidad fija por cada kilo, persona, camión, superficie, volumen. Según un estudio de  Overseas Development Institute, junio 2021,la provincia de Nimruz, obtiene al año, por el paso de mercancías, tanto legales como ilegales, 235 millones de dólares, mientras que la aportación extranjera es de menos de veinte millones.

Suficiente para iniciar una guerra aunque escasa para gobernar. Tras la retirada de las fuerzas internacionales, EEUU ha bloqueado siete mil millones de dólares, de los nueve mil de reservas extranjeras, del Banco Central de Afganistán; Alemania ha suspendido el envío de 300 millones de euros, mientras el FMI ha congelado la disponibilidad de 460 millones de euros de reservas de emergencia. Para recuperar estos fondos los talibán deberán negociar con Occidente. Sería tranquilizador si no acecharan China, Rusia, Irán, Turquía y Pakistán, cuyas embajadas en el país afgano siguen abiertas. No podía respirar con el burka. Se ahogaba. Este traje, preislámico, que, según las voces de sus  abuelas, en tiempos antiguos, lo llevaban mujeres y hombres, para protegerse de la abrasión del sol y de las tormentas de arena, y  a las primeras, además, las protegía, en especial a las de menor edad, del rapto de otras tribus, pues tapadas no se diferenciaba si eran jóvenes o viejas, la oprimía.

Ignoraba cuándo se habían deshecho los hombres de la agónica prenda, pero subsistía. En ellas. Por ellos. No por todos. Muchos afganos habían caído por vivirlas en libertad. Otros, sin embargo. ¿Cómo pueden otros convertir en infierno la belleza? El sustrato pastún corría por sus venas. Inundaba de sangre Afganistán. De nada le sirven los landays,  composición en verso conocida como pequeña serpiente venenosa, que a modo de diversión intercambiaba con sus amigas, y que, tradicionalmente las mujeres pastho, ocultas e incultas, pero inteligentes y creativas, se trasmitían entre ellas oralmente, y en secreto, para expresar el dolor, el amor o el desprecio por los hombres. Sola en la casa a cuyo patio le permitían salir tres veces al día, pensaba en la contradicción que suponía añorar a los americanos, por benefactores, cuando habían sido ellos los que, años atrás, entrenando muyahidines, habían apostado por una mujer sin rostro, sin cuerpo. Sin identidad. Ironías de la Historia. Encrucijada de rebeldías. Algunos landays venían a su memoria: 

Me vendiste a un hombre viejo, padre.

Que Dios destruya tu casa, yo era tu hija. 

Cuando hermanas se sientan juntas, siempre alaban a sus hermanos. 

Cuando hermanos se sientan juntos, siempre venden a sus hermanas a otros. 

¿No hay aquí, acaso, un hombre tan valiente como para ver 

cómo mis muslos vírgenes mis ropas han puesto a arder? (*)

(*) Circulo de Poesía.

Revista Electrónica de Literatura.

No podía compartirlos, solo su grito al viento la acompañaba. Antes de los talibán y de los muyahidines, antes de que el islam cubriera de velos Afganistán, en el siglo VII, antes, mucho antes, el pueblo pasthún ya escondía a sus mujeres. Se desnudaría. Por ella. Por las que habían muerto queriendo vivir. Sabe que su decisión puede costarle la vida. Si la ven. Solo si la ven. Sabe que nadie sabrá de ella, que el ritual de desnudez será una transgresión en soledad. Un acto poético. Pero también sabe que hay tiempos en los que solo nos salva el deseo. O la poesía.

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23 de octubre de 2021 - 06:02 h

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