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Los delfines viajan en autobús

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De vez en cuando, los delfines entran por la dársena del puerto y ese día se convierten en leyenda. Hace unos meses pasaron cerca de un falucho con remeras del club del barrio de Santa Lucía, que los pudieron grabar. Si en vez de humanos norteamericanos, o chinos, o ex soviéticos, hubiera ido un delfín a la Luna, conoceríamos de ella mucho más. Encontraría agua, si corriera por sus cráteres. No nos habría endilgado desde el cohete un motivador discurso sobre la cooperación entre especies, mientras en la Tierra nos machacamos a bombazos. Nadie sabe tanto de empatía como este inteligentísimo animal.

A los pescadores de Santa Lucía les da suerte que un delfín aparezca por las aguas con más solera de la costa cartagenera, incluso también de la murciana, dicho con perdón, pero es que aquí hay mucho linaje acumulado. Los marineros viejos cuentan que, si tu barco naufraga, te llevarán en brazos a la orilla. Los pescadores jóvenes ahora vienen de África. Andan de muy temprano absortos en el trabajo con las redes, con sus petates al lado y unas alfombras pequeñas puestas al Este, en las que hacen su oración. El barrio conserva su identidad milenaria, hecha de muchas culturas de idiomas distintos que conviven en paz, como lo hicieron nuestros antepasados, trabajadores de aluvión. Así ha sido y será, por mucho que moleste a algunos, por los siglos de los siglos.

En la parada del bus que va y viene desde el hospital al centro, han coincidido una mañana cualquiera un crío subsahariano que no tendrá los dieciocho y una mujer blanca que va al trabajo. Él lleva unos cascos puestos, cazadora clara, zapatillas deportivas de última generación, como cualquiera de su edad. Dice buenos días a la señora, que le devuelve el saludo con algo de extrañeza, pues que un chaval demuestre esos modales no es lo que se dice habitual. Mientras el chico busca algo en su bolsa, ella recorre a pasos cortos la acera, porque no utiliza los bancos de las paradas. Pero hoy sí tendrá que hacerlo, porque el chaval ha sacado una servilleta de papel para limpiar la mitad del asiento. Lo muestra con orgullo, los brazos extendidos, señalando. Con una sonrisa blanquísima y radiante, dice en castellano, pronunciando las erres muy francesas: Señora, por favor, aquí. Entonces ella le da las gracias y, por primera vez en su rutina de pasajera de autobús urbano, se sienta.

En el trayecto corto que bordea el litoral pesquero han cruzado algunas frases: el joven se afana en practicar su nuevo idioma, parece recién llegado. La mujer, a ratos, mira por la ventana cómo el paisaje cambia desde las antiguas casas con techo de láguena a los edificios más domóticos y cuquis del Paseo. Por la acera, los senderistas van apretando el paso por el sendero azul, dejando atrás murales con pinturas marineras.  Cuando el viaje acaba, se despiden con la amabilidad de vecinos que se acaban de conocer. Le ha dicho su nombre, que suena algo así como Dofan Myadé, quizá de Senegal, de Malí, Gambia, Guinea, quién sabe. Dofan significa delfín en lengua wolof. Tiene toda la vida por delante.

Eso piensa ella mientras se encamina a su trabajo, donde tendrá que soportar a nueve hombres y mujeres (por lo menos) entregados a difundir odio con la ficción cansina de machetes, violaciones y otras viejas fantasías erótico-festivas del nuevo Cristofascismo nuclear. Son los fans, conviene ahora mucho recordarlo, de ese pedófilo senil que puede aniquilar el mundo, aunque sea cobarde y no se atreva. El muchacho no lo tendrá fácil en una tierra donde pueden hacerle añicos su ilusión cuatro matones de esos que creen que la libertad es comer jamón y tomar cañas. Con suerte, estudiará, ocupará puestos de responsabilidad y no de la Cabaña del Tío Tom. Un día, desayunando en una cafetería con compañeros de su promoción, le prestará atención a la mujer de melena corta que está saliendo en la tele. Le suena esa mirada clara. La conoció aquella vez en la parada del bus. Entonces se hablaron como personas, de igual a igual. Ahora comprende por qué se siente en casa.