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El negocio de la concertada que los padres no podemos asumir

El equipo de atención a la diversidad (tengo un hijo con autismo) sólo nos ofreció un centro concertado relativamente cerca de casa o un par de centros en pedanías, para los cuales necesitaría una hora de transporte para llegar

Antes de que formalizáramos la matrícula se nos indicó que se pagaba una cuota de 60 euros mensuales sin que en ningún momento se nos mentara la voluntariedad de dicho pago. Si no los pagas, tus hijos no podrán disfrutar de ciertas instalaciones

En definitiva, entre un año en un centro público y un concertado puede haber perfectamente una diferencia económica de unos 1500 euros tirando por lo bajo

CSIF sigue siendo el sindicato más representado en la educación aragonesa

Educación concertada

Vayan por delante mis disculpas por las palabras soeces que tengo intención de usar en los siguientes párrafos, pero sin ellas no creo que se pudiera captar realmente la rabia y la indignación que me produce ese miserable invento llamado enseñanza concertada, invento con el cual he tenido la desgracia de convivir y sobre el cual quisiera compartir mi experiencia con ustedes.

Mi esposa y yo tenemos un hijo pequeño que desde bien chico fue diagnosticado con autismo, siendo además su grado de afectación bastante elevado. Al cumplir los tres años quisimos escolarizarlo, pero su discapacidad hacía imposible incorporarlo a un aula ordinaria en la que, de buen seguro, no permanecería sentado, molestaría a todos sus compañeros y no evolucionaría nada. 

Hablando con el equipo de atención temprana nos ofrecieron la posibilidad de escolarizarlo en un aula abierta, formato que por aquel entonces desconocíamos pero que, por lo que nos explicaron, podía ser la modalidad ideal para nuestro hijo, ya que consistía en grupos ultrarreducidos, de máximo siete niños, y con numeroso personal de apoyo. Todo nos cuadraba muy bien hasta que supimos que eran muy escasos los centros que disponían de esta modalidad, apenas cuatro o cinco centros en la capital, y la mayoría de ellos con el cupo completo.

El equipo de atención a la diversidad sólo nos ofreció dos opciones: un centro concertado relativamente cerca de casa o un par de centros en pedanías, centros para los cuales, teniendo en cuenta que en casa solamente disponemos de un vehículo y lo necesito yo para desplazarme al trabajo, se necesitaría cerca de una hora de transporte público para llegar. Así pues, a pesar de nuestros firmes principios a favor de la educación pública, tuvimos que renunciar a ellos en pos del descanso y la salud de nuestro hijo, el cual por su propio trastorno ya tiene suficientes problemas en cuanto al sueño, y aceptar matricularlo en un centro concertado, dejándonos pseudoconvencer por los señores de atención a la diversidad quienes nos insistieron por activa y por pasiva en que no íbamos a notar diferencia entre un público y un concertado. ¡Mis cojones! Les diría a día de hoy a esa gente, y quisiera exponer aquí algunos de los motivos.

Empezamos por la famosa cuota “voluntaria”. En la primera entrevista que mantuvimos con la directora del centro, incluso antes de que formalizáramos la matrícula, se nos indicó que se pagaba una cuota de 60 euros mensuales sin que en ningún momento se nos mentara la voluntariedad de dicho pago. Fue al rellenar el impreso de matriculación cuando leímos un curioso párrafo que afirmaba, con palabras similares a las siguientes, que con la firma de dicho documento se aceptaba pagar esa cantidad mensual, la cual sería utilizada para mejorar las infraestructuras y siempre por el bien del alumnado, y que en caso de no desear colaborar deberíamos pasar por las oficinas y comunicarlo. Ni una casilla para marcar tu elección, poniéndolo bien difícil a quien no quiera pasar por el aro, hatajo de sinvergüenzas. Además, las familias que no desearan aportar esa cantidad (por alumno, ya que si se tienen dos hermanos en el centro la cuota asciende a la friolera de 120 euros) deberían saber que sus hijos no podrían disfrutar de ciertas instalaciones del centro: nada de piscina, nada de algunas instalaciones deportivas, nada de ciertas actividades, etc. Y luego, con una cara más dura que la espalda, pretenden enseñar a los pupilos que todos tenemos los mismos derechos y que no se debe discriminar a nadie, cuando hechos como éste prueban justo lo contrario.

Aceptamos apretarnos el cinturón y apencar con esa cantidad mensual, pensando única y exclusivamente en nuestro hijo, que bastante diferente es ya como para que encima sea el marginado por no hacer natación porque a sus padres no les sale de los huevos pagar por una educación supuestamente gratuita.

Sigamos ahora con el tema del uniforme, otro tema del cual desconozco la legalidad de su imposición en este tipo de centros. Creo que es evidente que no debería serlo. El pantalón corto y largo, polos de manga corta y largos (un par de cada por aquello de la higiene), chaqueta, equipación de educación física tanto de verano como de invierno… Y además con unos precios que ni que estuvieran tejidos en oro. La primera vez que hubimos de adquirirlo todo, nuestra cuenta corriente se quedó tiritando: ¡más de 400 euros del ala! Quizá haya quien esté acostumbrado a gastar ese dineral en ropa, pero nosotros con ese dinero vestimos a toda la familia durante dos años.

Y no hablemos del servicio de comedor. Si la media del menú en un centro público puede rondar los 4 euros, en este centro cada día que el peque come allí nos toca abonar más de 10 euros (bueno, con un diminuto descuento si se queda a comer varios días fijos a la semana). Para justificar estos precios ponen unos nombres a los platos que parecieran de Ferrán Adriá. ¿De verdad necesitan estos niños comer “palometa al estilo griego con finas hiervas” (copiado textualmente del menú del colegio)? Yo creo que comen igual de bien con unas lentejas con chorizo o unos macarrones con queso.

Pero la cosa no acaba aquí, quedan multitud de detalles que quizá por sí solos no tendrían excesiva importancia, pero que añadidos a todo lo anterior hacen una cuesta muy difícil de subir: cobran entrada para asistir al acto de inauguración del curso, no se cortan a la hora de programar actividades extraescolares sin mirar el precio, obligan a comprar ropa específica para las actuaciones de los niños en Navidad o fin de curso, la comunicación con las familias no puede ser a través de una agenda de toda la vida sino que se nos obliga a descargar una aplicación con la misma finalidad pero que cuesta unos 12 euros anuales… En definitiva, entre un año en un centro público y un concertado puede haber perfectamente una diferencia económica de unos 1500 euros tirando por lo bajo. Y por supuesto, no olvidemos al profesorado que, si bien no voy a discutir que pueden ser unos grandes profesionales, no han tenido la necesidad de pasar por la criba de una oposición y muchos de ellos han sido elegidos con un dedo a veces con poco criterio educativo (el hermano de fulanito, la hija de menganito…).

Así pues, si uno desea que su hijo coma como un sibarita, practique los deportes más exclusivos y vista como un gentleman, un centro concertado puede ser su opción, pero para los padres, que lo único que le pedimos a un centro escolar es que nos ayuden a educar correctamente a nuestros hijos, deberíamos en la medida de lo posible alejarnos de ellos.

En fin, espero haber logrado mi objetivo, que no era otro sino demostrar a toda la gente que piensa que un centro concertado es equivalente a uno público lo sumamente equivocados que están. No lo olvidemos, un centro concertado es una empresa, y como tal hará todo lo posible para obtener beneficios económicos, haciendo uso si es necesario de estratagemas las cuales, en muchos casos, rayan la ilegalidad (o incluso la tocan de lleno) para engañar al mayor número de gente posible.

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