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Diario de confinamiento de una madre trabajadora con niña al lado

Rocío Niebla

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Cuando los centros escolares cerraron por un virus que campaba a sus anchas, los niños y las niñas redescubrieron un lugar llamado madre. Así le pasó a Eleonor, de nueve años: “Viva el coronavirus, porque así puedo pasar un montón de rato con mi mami. No quiero que la cuarentena acabe jamás, jamás, jamás”. Las familias pasamos 24 horas con ellos y ellas como si de agosto se tratase, con el plus del temor y el desconcierto, con el redoble de tambores de una jornada laboral intacta pero desplazada al interior de la casa. He ahí el periodo de malabares más delirante de las madres y los padres. Los cuidados se instalaron en el centro, pero sin margen para recolocar todo lo demás.  

Diario personal de la cuarentena por coronavirus

Saber más

La periodista Elena Cabrera (Madrid, 1975) por aquel entonces colaboradora en las secciones de Sociedad y Cultura, actualmente redactora jefa de Cultura, publicó en este medio un diario personal, pero con aspiración de espejo de otras curritas que como ella a la vez maternaban. La mujer enmascarada (Libros.com, 2022) es el compendio y revisión de aquel diario de sesiones, ahora en papel y librerías, retrato de unos meses que pasaron lentos como el caballo del malo, y después, quizá, olvidados tan rápido como corre el caballo del bueno.

Un piso ubicado en el popular barrio de La Prosperidad, en Madrid, era el escenario en el que madre e hija (con padre incluido) desarrollaron y habitaron las semanas de encierro rebosantes de teledeberes y teletrabajo. Empezó para Cabrera como una pregunta al infinito –si meses después podría asistir al concierto de The Sisters of Mercy– y acabó derivando en preocupación por la salud de la sanidad pública o por el impactante recuento de muertos diarios. Y acaba relatando la desescalada con máxima preocupación por el contacto físico, las distancias o con cumplir las medidas de seguridad. Lo personal es político, y leyendo La Mujer Enmascarada hacemos lectura de nuestra propia experiencia.

Este texto produce una sensación de voyeurismo, como de observar la habitación desde el agujero de la llave de la puerta. Día a día nos acercamos a la protagonista absoluta que es la niña Eleonor desde la atenta mirada de una madre. “Descubrí a Eleonor como material narrativo. Yo quería escribir un diario sobre mí misma y según avanzaban los días me aburrí de mí y me enamoré de ella no solo como persona, eso ya lo estaba de antes, sino como personaje”, dice la autora. Prosigue Cabrera: “Convivir con Eleonor es muy divertido y temía no ser capaz de trasladarlo bien a la narración, por lo que mi mayor reto era saber dar las pinceladas exactas para reflejarla fielmente. Cada día trabajaba sobre eso”.

Malabares y equilibrios

Ventajas del confinamiento de Elena Cabrera: una niña tremendamente lista, perspicaz y recurrente. Desventajas del confinamiento de Elena Cabrera: una niña tremendamente lista, perspicaz y recurrente. Para muestra, un botón. Cada vez fueron mejores sus tretas para excusar la obligación de hacer deberes o tareas. ¿Cómo imponer rutina a los niños y las niñas dentro del caos del confinamiento? La madre cuenta que ellos intentaron establecer unos horarios “pero se volvían laxos y maleables”. Y añade algo compartido por muchas madres y padres: “No nos sentíamos con la autoridad moral de ser estrictos porque la vida estaba cargada de una gran incertidumbre, y de miedo, por lo que tendíamos a hiperprotegerla no siendo estrictos”.

Malabares y equilibrios complicados. “Tenía que dar la talla como madre, cuidadora, educadora”, dice. Con la convicción de que la educación es “algo social y colectivo”, en tiempos de confinamiento los padres tuvieron que asumir todas las partes. “Creo que es ese control, que en el resto del tiempo queda, digamos, repartido entre mucha gente, lo que ella veía centralizado en mí”, explica.

Dice la periodista que las niñas de entre nueve y once años viven en tensión: “Quieren ser mayores, sentirse independientes y a la vez sufren al dejar de ser objeto de atención, cuidados y mimos”. Puede que el confinamiento “les diera la oportunidad de prolongar esa primera infancia y posponer los retos del crecimiento por un tiempo”, piensa. La niña demandaba cuidados en forma de atención a cualquier hora del día, y la madre, necesitaba como el comer algo de silencio y calma para traducir o escribir. “Por mucho que cerrara la puerta de mi espacio de trabajo, ella la abría sin contemplaciones. Buscaba 'hacer un BBC', es decir, colarse en una videollamada por detrás, haciendo el ganso”. Cabrera conseguía juntar letras con sentido cuando el padre de Eleonor, que trabajaba fuera, aterrizaba en casa por las tardes. Era una pugna constante entre varios deberes: el maternal y el laboral.

La desescalada y las consecuencias del encierro

Cuando meses después el Gobierno permitió que los niños y las niñas salieran de casa a horas controladas y sin relación entre iguales, Eleonor prefería quedarse en casa. Su madre tuvo que insistir con los paseos en el exterior: “No es que tuviera miedo, aunque un poco sí, pero se había instalado cómodamente en el mundo interior y doméstico. No sentía la necesidad de ir a la calle para nada”. También detectó ciertas secuelas de la excesiva educación en el miedo al contagio: “Noté también su reticencia a quitarse la mascarilla y cómo me obligaba a mí a llevarla aunque no hubiera nadie delante. Aún hoy es extremadamente obediente y estricta con las normas higiénicas, jamás las cuestiona”.

Puede que los niños y las niñas se adapten a la novedad sin grandes dificultades pero, lo que sí es cierto es que durante dos años las relaciones humanas y de amistad se quedaron en standby. En el caso de Eleonor, incorporó a sus rutinas las conexiones tecnológicas como las videollamadas para sentirse acompañada de sus iguales. Pero aun así, la autora considera que la pandemia “truncó sus relaciones de amistad en un momento muy importante” y quizá “ahora debería tener lazos más estrechos de los que tiene”. Y añade: “Le pilló a una edad en la que todavía iba al parque, que es un lugar de socialización y encuentro de grupos grande y la pandemia arrasó con eso. Cuando quitaron los precintos de los parques ella ya se sentía demasiado mayor para volver a ellos. Una pena”.

Para la periodista, las medidas estrictas con los niños fueron desproporcionadas sobre todo en los centros escolares: “Una de las principales consecuencias de las medidas en el colegio de mi hija fue juntar al alumnado de diferentes cursos para crear clases mixtas con dos niveles diferentes”. Puede que este “experimento” aportara aspectos buenos relativos a la convivencia, pero, “académicamente ralentizó mucho la enseñanza”.

Leemos en La mujer enmascarada: “Eleonor, que está disfrutando de este tiempo de confinamiento con bastante alegría y, hasta diría placer, me planteó: ¿Por qué no vamos al colegio y tú trabajas durante el fin de semana y nos divertimos el resto?”. Por contra, dos años después, el ascenso laboral de Elena Cabrera le ha exigido dedicar más tiempo al trabajo. A Eleonor, cree su madre, le gustaría que hubiera otra pandemia.

Cuando los centros escolares cerraron por un virus que campaba a sus anchas, los niños y las niñas redescubrieron un lugar llamado madre. Así le pasó a Eleonor, de nueve años: “Viva el coronavirus, porque así puedo pasar un montón de rato con mi mami. No quiero que la cuarentena acabe jamás, jamás, jamás”. Las familias pasamos 24 horas con ellos y ellas como si de agosto se tratase, con el plus del temor y el desconcierto, con el redoble de tambores de una jornada laboral intacta pero desplazada al interior de la casa. He ahí el periodo de malabares más delirante de las madres y los padres. Los cuidados se instalaron en el centro, pero sin margen para recolocar todo lo demás.  

Diario personal de la cuarentena por coronavirus

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La periodista Elena Cabrera (Madrid, 1975) por aquel entonces colaboradora en las secciones de Sociedad y Cultura, actualmente redactora jefa de Cultura, publicó en este medio un diario personal, pero con aspiración de espejo de otras curritas que como ella a la vez maternaban. La mujer enmascarada (Libros.com, 2022) es el compendio y revisión de aquel diario de sesiones, ahora en papel y librerías, retrato de unos meses que pasaron lentos como el caballo del malo, y después, quizá, olvidados tan rápido como corre el caballo del bueno.

Un piso ubicado en el popular barrio de La Prosperidad, en Madrid, era el escenario en el que madre e hija (con padre incluido) desarrollaron y habitaron las semanas de encierro rebosantes de teledeberes y teletrabajo. Empezó para Cabrera como una pregunta al infinito –si meses después podría asistir al concierto de The Sisters of Mercy– y acabó derivando en preocupación por la salud de la sanidad pública o por el impactante recuento de muertos diarios. Y acaba relatando la desescalada con máxima preocupación por el contacto físico, las distancias o con cumplir las medidas de seguridad. Lo personal es político, y leyendo La Mujer Enmascarada hacemos lectura de nuestra propia experiencia.

Este texto produce una sensación de voyeurismo, como de observar la habitación desde el agujero de la llave de la puerta. Día a día nos acercamos a la protagonista absoluta que es la niña Eleonor desde la atenta mirada de una madre. “Descubrí a Eleonor como material narrativo. Yo quería escribir un diario sobre mí misma y según avanzaban los días me aburrí de mí y me enamoré de ella no solo como persona, eso ya lo estaba de antes, sino como personaje”, dice la autora. Prosigue Cabrera: “Convivir con Eleonor es muy divertido y temía no ser capaz de trasladarlo bien a la narración, por lo que mi mayor reto era saber dar las pinceladas exactas para reflejarla fielmente. Cada día trabajaba sobre eso”.

Malabares y equilibrios

Ventajas del confinamiento de Elena Cabrera: una niña tremendamente lista, perspicaz y recurrente. Desventajas del confinamiento de Elena Cabrera: una niña tremendamente lista, perspicaz y recurrente. Para muestra, un botón. Cada vez fueron mejores sus tretas para excusar la obligación de hacer deberes o tareas. ¿Cómo imponer rutina a los niños y las niñas dentro del caos del confinamiento? La madre cuenta que ellos intentaron establecer unos horarios “pero se volvían laxos y maleables”. Y añade algo compartido por muchas madres y padres: “No nos sentíamos con la autoridad moral de ser estrictos porque la vida estaba cargada de una gran incertidumbre, y de miedo, por lo que tendíamos a hiperprotegerla no siendo estrictos”.

Malabares y equilibrios complicados. “Tenía que dar la talla como madre, cuidadora, educadora”, dice. Con la convicción de que la educación es “algo social y colectivo”, en tiempos de confinamiento los padres tuvieron que asumir todas las partes. “Creo que es ese control, que en el resto del tiempo queda, digamos, repartido entre mucha gente, lo que ella veía centralizado en mí”, explica.

Dice la periodista que las niñas de entre nueve y once años viven en tensión: “Quieren ser mayores, sentirse independientes y a la vez sufren al dejar de ser objeto de atención, cuidados y mimos”. Puede que el confinamiento “les diera la oportunidad de prolongar esa primera infancia y posponer los retos del crecimiento por un tiempo”, piensa. La niña demandaba cuidados en forma de atención a cualquier hora del día, y la madre, necesitaba como el comer algo de silencio y calma para traducir o escribir. “Por mucho que cerrara la puerta de mi espacio de trabajo, ella la abría sin contemplaciones. Buscaba 'hacer un BBC', es decir, colarse en una videollamada por detrás, haciendo el ganso”. Cabrera conseguía juntar letras con sentido cuando el padre de Eleonor, que trabajaba fuera, aterrizaba en casa por las tardes. Era una pugna constante entre varios deberes: el maternal y el laboral.

La desescalada y las consecuencias del encierro

Cuando meses después el Gobierno permitió que los niños y las niñas salieran de casa a horas controladas y sin relación entre iguales, Eleonor prefería quedarse en casa. Su madre tuvo que insistir con los paseos en el exterior: “No es que tuviera miedo, aunque un poco sí, pero se había instalado cómodamente en el mundo interior y doméstico. No sentía la necesidad de ir a la calle para nada”. También detectó ciertas secuelas de la excesiva educación en el miedo al contagio: “Noté también su reticencia a quitarse la mascarilla y cómo me obligaba a mí a llevarla aunque no hubiera nadie delante. Aún hoy es extremadamente obediente y estricta con las normas higiénicas, jamás las cuestiona”.

Puede que los niños y las niñas se adapten a la novedad sin grandes dificultades pero, lo que sí es cierto es que durante dos años las relaciones humanas y de amistad se quedaron en standby. En el caso de Eleonor, incorporó a sus rutinas las conexiones tecnológicas como las videollamadas para sentirse acompañada de sus iguales. Pero aun así, la autora considera que la pandemia “truncó sus relaciones de amistad en un momento muy importante” y quizá “ahora debería tener lazos más estrechos de los que tiene”. Y añade: “Le pilló a una edad en la que todavía iba al parque, que es un lugar de socialización y encuentro de grupos grande y la pandemia arrasó con eso. Cuando quitaron los precintos de los parques ella ya se sentía demasiado mayor para volver a ellos. Una pena”.

Para la periodista, las medidas estrictas con los niños fueron desproporcionadas sobre todo en los centros escolares: “Una de las principales consecuencias de las medidas en el colegio de mi hija fue juntar al alumnado de diferentes cursos para crear clases mixtas con dos niveles diferentes”. Puede que este “experimento” aportara aspectos buenos relativos a la convivencia, pero, “académicamente ralentizó mucho la enseñanza”.

Leemos en La mujer enmascarada: “Eleonor, que está disfrutando de este tiempo de confinamiento con bastante alegría y, hasta diría placer, me planteó: ¿Por qué no vamos al colegio y tú trabajas durante el fin de semana y nos divertimos el resto?”. Por contra, dos años después, el ascenso laboral de Elena Cabrera le ha exigido dedicar más tiempo al trabajo. A Eleonor, cree su madre, le gustaría que hubiera otra pandemia.

Cuando los centros escolares cerraron por un virus que campaba a sus anchas, los niños y las niñas redescubrieron un lugar llamado madre. Así le pasó a Eleonor, de nueve años: “Viva el coronavirus, porque así puedo pasar un montón de rato con mi mami. No quiero que la cuarentena acabe jamás, jamás, jamás”. Las familias pasamos 24 horas con ellos y ellas como si de agosto se tratase, con el plus del temor y el desconcierto, con el redoble de tambores de una jornada laboral intacta pero desplazada al interior de la casa. He ahí el periodo de malabares más delirante de las madres y los padres. Los cuidados se instalaron en el centro, pero sin margen para recolocar todo lo demás.  

Diario personal de la cuarentena por coronavirus

Saber más

La periodista Elena Cabrera (Madrid, 1975) por aquel entonces colaboradora en las secciones de Sociedad y Cultura, actualmente redactora jefa de Cultura, publicó en este medio un diario personal, pero con aspiración de espejo de otras curritas que como ella a la vez maternaban. La mujer enmascarada (Libros.com, 2022) es el compendio y revisión de aquel diario de sesiones, ahora en papel y librerías, retrato de unos meses que pasaron lentos como el caballo del malo, y después, quizá, olvidados tan rápido como corre el caballo del bueno.