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Arquitecturas de la dignidad

Mientras haya gente sin casa y se favorezca la especulación, seremos una sociedad éticamente subdesarrollada.

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Manifestación a favor de la vivienda digna. | ARCHIVO

El premio bienal de arquitectura UE-Mies Van der Rohe 2019 ha sido para el estudio francés Lacaton & Vassal por su maravillosa 'Transformación en 530 viviendas sociales de Burdeos'. Donde la inmensa mayoría hubiera optado por la demolición, Anne Lacaton y Jean Philippe Vassal decidieron apostar por reutilizar y reciclar, dar una nueva vida a las viviendas sociales y hacerlo con un criterio ético. Aunando la idoneidad económica y ecológica, han mejorado la vida de los habitantes de las viviendas, ampliándolas con una galería de unos 3 metros —que hace de "espacio de amortiguación climática"— y convirtiendo el edificio en sostenible desde el punto de vista de los materiales, del gasto energético y de los niveles de dignidad vital. Es difícil describir en pocas líneas un cambio que se puede ver en la web del estudio, y que ha costado unos 50.000 euros por vivienda, menos de lo que costaría demolerlas —con el gasto energético que comporta— y hacerlas desde cero.

El criterio de esta pareja de arquitectos consiste en dar siempre un "espacio de más" a los edificios para una mejora en la vida de los habitantes que se convierte en criterio ecológico de primer orden. Rotundamente honestos con estos principios, lejos de impostados discursos que confunden ecología con eficiencia energética, inspirados por su trabajo previo en África, hacen una arquitectura "del usuario" que da nueva vida a espacios preexistentes, renunciando a la megalómana creacio ex nihilo que caracteriza a la mayoría de las ejecuciones —nunca mejor dicho— arquitectónicas que arrasan con lo anterior. Googleen y búsquenlos, merece la pena su inspirador trabajo.

En las antípodas de su arquitectura ética, tenemos la empresilla, hasta la fecha fantasma, Haibu 4.0, a la que un impresentable, de nombre Marc Olivé, inventor de una fregona no comercializada, ha puesto cara —y mucha—. Se trata de un proyecto de rapiña que pretende alquilar a residentes habituales de las ciudades —no a turistas— habitáculos de 1,2 metros de alto y ancho y 2,2 metros de largo por unos 250 euros al mes, con los gastos de agua, luz y limpieza de las zonas comunes incluidos en el precio. Eso sí, en esta basura de existencia, se dispondrá de wifi gratuito en todo el local. La cocina —solo para precocinados— y los baños mixtos —buen rollito de género, que sale barato— serán zonas comunes. En la web, puro humo según han mostrado varias investigaciones periodísticas, pueden ver sus propuestas para Barcelona, Madrid, París, Los Ángeles... ¿Recuerdan cuando a Trujillo se le afearon los pisos de 30 metros? Pues vamos para atrás.  

Detrás de Haibu hay, según ha reconocido el propio Olivé, varias empresas hoteleras y otras personas físicas y jurídicas que tienen por finalidad "especular en los fondos inmobiliarios". Buitres, vaya. La empresa fue investigada en 2018 por posible fraude porque en el proceso de inscripción a las colmenas ya pedían 25 euros para participar. Finalmente se retractaron y pusieron en marcha otra forma de inscripción: no pasa nada, están tanteando dónde pueden llegar con su tráfico con la miseria. El Ayuntamiento de Barcelona ha declarado ilegal la iniciativa ya que la concejala de Urbanismo, Janet Sanz, no admite semejante especulación con el derecho a una vivienda digna. Sin embargo, la empresa confía en un relevo en el gobierno de la ciudad que, tras las elecciones de mayo, abra paso a otro alcalde que legalice las "colmenas" y, tristemente, pronto habrá quien defienda estos nichos en nombre de la "libertad del mercado", ese ente que deglute nuestros valores y derechos de la mano del 'todo vale' neoliberal.

Dos modelos opuestos nos muestran dónde está la llave del cambio: en la ética, una vez más. La ética, que es siempre una decisión imposible y singular, no una verdad indiscutible, consiste en apostar por unos u otros valores, disputarlos con otras visiones —de ahí su mixtura con la política—. Todo vale, sí, pero hasta que alguien dice "basta". Y de ahí un mundo de Lacatones y Vassales o de Olivés: y cada cual escoge por lo que apuesta, cada día, en cada gesto.

Es la ética la que apuesta por los miles de madres embarazadas con hijos que son desalojadas violentamente de sus casas por la policía, la especulación, los bancos y los fondos buitres, o por esa madre —Begoña Villacís— que asiste a la Pradera de San Isidro en clave electoralista por propia decisión y seguramente sabiendo lo que allí la espera. No hay postura ecuánime posible entre dos intereses tan opuestos: entre la visión social o la especulación, entre la protección del débil o el gesto defensor de la élite. Sea como fuere, hay un gesto ético detrás, por presencia o ausencia, de dignidad o degradación, pero ético.

Una ética digna, creo, debe apostar por el débil, por la obligación con quienes sufren. En eso debería, hoy por hoy, cruzarse con la conciencia de clase, porque la mayoría estamos en situación de debilidad creciente mientras que los adinerados mejoran aún más su situación, en un mundo polarizado en el que unos pocos tienen casi todo y unos muchos nada o casi nada. Sin embargo, de derecha a izquierda, han llovido los improperios contra la PAH cuando es tan fácil notar el privilegio de la supuesta víctima.

Si Villacís fuera una Kelly, igual no hubiera podido escoger trabajar dos días antes de tener prevista una cesárea. Si no fuera una especuladora inmobiliaria dedicada a la política y su partido no hubiera bloqueado la Ley de Vivienda que pretende amortiguar los desahucios, no se hubiera merecido la protesta. Y si no hubiera escogido arriesgar la paz de su embarazo, claro, tampoco hubiera tenido la oportunidad de hacer una ronda de declaraciones victimizándose para descalificar a la PAH —y, de paso, a sus adversarios políticos—: es lo que tiene elegir, que te hace responsable. Y quien es responsable de su mal, no es víctima. Y cebarse con las víctimas, en este caso las de desahucios, es de todo menos ético.

Ética viene de ethos, y ethos, nos explicó hace ya tiempo Heidegger, tiene que ver con el habitar humano…. Ese que necesita de una casa que habitar. Mientras haya gente sin casa, mujeres embarazadas con hijos, ancianos en el último trecho de su vida, niñas y jóvenes sin recursos obligados a vivir a la intemperie, o desheredados durmiendo en nichos o cajas de cartón, seguiremos siendo una sociedad éticamente subdesarrollada, indignamente humana. Y en esas estamos, sin apenas pestañear.

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