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Reloj

¿Quién, tras la muerte de un producto, no ha sentido una íntima alegría por la novedad que llegará a nuestras vidas?

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Dogma Prima. | MARCOS DÍEZ

Dogma Prima. | MARCOS DÍEZ

Hace unos días, mientras rebuscaba en unas cajas, encontré un viejo reloj de pulsera. Ya casi no lo recordaba. Era de un tío mío y acabó en mis manos. Se trata un objeto sencillo, un reloj de cuerda de los años 60. El reloj tiene más de cincuenta años y está bañado en oro. Llevaba años encerrado en una caja. El caso es que probé a darle cuerda y el segundero comenzó a funcionar y lo mismo las agujas que marcan los minutos y también las de las horas. Funciona muy bien y casi no se retrasa ni se adelanta. Leo en internet que este modelo, el Dogma Prima, era muy popular a mediados del siglo pasado.  Al parecer en sus tripas hay una modesta pero precisa y eficaz maquinaria suiza que fue montada a mano por un artesano.

Hoy se tiran no solo las cosas que no funcionan sino también las que funcionan porque las cosas que no se rompen son obstáculos que no dejan paso a la novedad. La paciencia del usuario se agota muchas veces más rápido que el propio producto.

Que un reloj modesto continúe funcionando medio siglo después me parece un homenaje a las cosas bien hechas. Es una manera de decir que hubo un tiempo en el que había objetos baratos y sencillos que no por ser baratos y sencillos renunciaban a la calidad. La obsolescencia programada intenta que los productos tengan una vida corta, bien porque los productos se diseñan para que se rompan pronto, bien porque envejecen estéticamente de forma prematura. La idea es estimular el deseo permanente, la insatisfacción con lo que se tiene y la idea de que estaremos mejor con lo que no tenemos. Un objeto que funciona sin estropearse es una amenaza para el mercado y un aburrimiento para el usuario. Hoy se tiran no solo las cosas que no funcionan sino también las que funcionan porque las cosas que no se rompen son obstáculos que no dejan paso a la novedad. La paciencia del usuario se agota muchas veces más rápido que el propio producto. Del mantenimiento y las reparaciones ya ni hablamos.

¿Quién, tras la muerte de un producto, no ha sentido una íntima alegría por la novedad que llegará a nuestras vidas? Supongo que será algo parecido a lo que sentirán algunas personas al quedarse viudas tras cuarenta años compartiendo la alcoba. El absurdo llega hasta el punto de que queremos cosas con solera pero no queremos esperar a que las cosas envejezcan, así que puestos a ser retorcidos compramos cosas nuevas con aspecto envejecido, para disfrutar desde el primer momento de una estética antigua.

Cada vez se cuidan menos los objetos y cada vez se dedican menos esfuerzos a mantenerlos o repararlos. La duda que me asalta es si esta forma que tenemos de cuidar los objetos se trasladará también de alguna manera a la forma en la que cuidamos nuestras relaciones personales y nuestros afectos.

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