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Visita al chamán

España se normaliza por donde menos debiera normalizarse, por la irrupción de la ultraderecha, que es un cúmulo heterogéneo de personas que se sienten agredidas y que no saben reaccionar más que de una forma visceral y absurda.

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El líder ultraderechista Santiago Abascal durante un mitin de VOX en Andalucía. | EFE

Mandy, un transportista alemán que conducía un tráiler de 17 metros, configuró su asistente GPS para que le condujera a Hamburgo. Bastantes horas después se encontró encajonado y sin posibilidad de maniobrar cerca del faro que hay en Punta Candieira, en Cedeira, La Coruña. Me imagino que al conductor le pasó igual que a mí. Tiene una confianza absoluta en esa voz femenina de la guía virtual que le va indicando el camino y que cuando termina dice cosas que a uno le hacen dar un respingo en el asiento como 'Su destino está a la izquierda'. Y por más que uno mire a la izquierda, no se encuentra con la terminal de contenedores del puerto de Hamburgo, sino con un faro gallego. O en mitad de un puente o en el agua de un lago, como les ha pasado a otros a los que los algoritmos les han llevado a su pesar a darse un chapuzón.

Puede que el destino 'esté a su izquierda' pero la geografía política del país lleva a la derecha o, para más exactos, a un territorio fuera del mapa que linda con la Tierra Media o con el pasado. El coche autónomo que Google prepara es realmente la máquina del tiempo de H. G. Wells. Sin moverse del tiempo, el usuario puede situarse en todo tiempo y lugar, en el Franquismo y el siglo XXI a la vez, por ejemplo, que es un viaje corto en el espacio pero cognitivamente sideral.

Las elecciones andaluzas me sorprendieron precisamente en tierras andaluzas y viví en directo la reacción al resultado electoral para comprobar una vez más que la realidad es más compleja que las algaradas verbales con que la gorilada de las redes sociales lo zanja todo. Es fácil hablar de las cosas ajenas, veremos cómo se pinan los bolos en Cantabria el próximo año.

Al igual que ocurriera con el Brexit, la entronización de Trump, Erdogan y Bolsonaro, el lepenismo y tantos ismos espeluznantes, el repunte del franquismo sociológico por parte de aquellos que en muchos casos ni siquiera vivieron el franquismo merece una respuesta pensada que es compleja de por sí, porque lo que ha ocurrido, y ocurrirá con crecederas en 2019, lo merece.

La irrupción de Vox (vamos a mentar a la bicha) en el ámbito institucional me recuerda más a los remedios caseros de la abuela, el recurso a la seudociencia y los bulos sobre salud que campan por internet, la consulta con la Pitonisa y la visita al chamán cuando la medicina y los servicios públicos fallan o no dan una respuesta clara y rápida. Milagrería política de tienda de baratillo. Vox es como la llave de hierro que se pone en el ojo aquel que por ignorancia o desesperación ya no sabe qué hacer, entre otras cosas porque ya no se fía de nadie y es consciente de que no le importa a nadie.

España se normaliza por donde menos debiera normalizarse, por la irrupción de la ultraderecha, que es un cúmulo heterogéneo de personas que se sienten agredidas a diario y que no saben reaccionar más que de una forma visceral y absurda. El voto de Vox es un escupitajo hacia arriba, un voto claramente antisistema, y este caldo de cultivo lo recoge gente que no es menos antisistema y, por supuesto, nada patriota, a no ser que la patria vuelva a ser el territorio nihilista de los violentos, de los arribistas, de los que discriminan, mienten y destruyen, de los rebotados de otros partidos, lo peor de lo peor, oportunistas cuyo único norte es el dinero, porque, nunca hay que olvidarlo, el dinero está siempre detrás. Como lo está detrás de los varios millares de cargos de la Junta de Andalucía que temen perder sus privilegios tras el varapalo a Susana Díaz, la cual, por supuesto, ni se plantea dimitir en un acto de honestidad y generosidad que posibilitaría un acuerdo constitucionalista que aislara a los que se apoyan en las leyes para luego destruirlas.

Susana Díaz no es Hillary Clinton, excepto en una cosa: ambas representan un sistema burocratizado, clasista y fallido que ha dejado de lado a millones de personas que están cabreadas y que no dejan pasar la única oportunidad que tienen de expresarlo: votando.

No hay ni ha habido una respuesta del sistema de partidos a esta zozobra de millones de personas. La corrupción, la precarización, los desahucios, los recortes, la Justicia decimonónica, clasista y machista, la banca rapaz, la incultura, el órdago catalanista, las administraciones maltratadoras e hiperinflacionadas, la irresponsabilidad de partidos que dan oxígeno a grupúsculos extraparlamentarios, el fracaso movilizador una vez más de la izquierda, el madrileñismo tactista de las viejunas nuevas formaciones, una Constitución arterioesclerotizada que ni siquiera echa mano de sus propios recursos (¿dónde la Ley de Partidos para la ilegalizacion de formaciones que declaran abiertamente estar en contra de la Constitución?)... una tormenta perfecta para la que no hay asubiadero a mano.

Nacionalistas y no nacionalistas, por acción u omisión, hurgan con un palo en un avispero y han despertado a la bestia.

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