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Voto y responsabilidad

Visto que el secreto del voto es un derecho irrenunciable tal vez hubiera que ir pensando en callar menos y protestar más.

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Congreso, preparado para subir el sueldo de los diputados si el Gobierno aprueba incrementos para los funcionarios

Celebración de un debate en el Congreso de los Diputados.

El voto secreto tiene sus ventajas pero también un inconveniente: no se puede responsabilizar a nadie en concreto de los desaguisados. Por ejemplo un Gobierno, el cual no surge por generación espontánea, sino que es producto de pactos y del voto de millones, miles o cientos de personas. Pero cuando llega el momento de pagar la factura por los platos rotos, quien paga es el conjunto de la sociedad y no solo aquellos que lo auparon con entusiasmo agitando banderitas. En mis delirios seudodemocráticos se le pone nombres y apellidos a la masa y luego se le pasa la factura de forma alícuota y sin privilegio alguno.

Si los votantes se responsabilizaran de sus líderes otro gallo cantaría. Pero la responsabilidad se convierte en irresponsabilidad cuando estamos ante una masa. Cuando llega la factura, resulta que nadie votó a nadie y todos miran hacia atrás, como en el cine, sabiendo que el de la última fila no tiene escapatoria. Y cuando vuelve a presentarse el saqueador, cuya condición es pública y notoria independientemente del parecer de la Justicia, que ni está ni se la espera, el susodicho vuelve a ser votado masivamente.

Responsabilizar al votante de sus representantes haría que el hecho de votar fuera tremendo. Incluso que la abstención acabara siendo la 'candidatura' más votada. Pero lo cierto es que ya no se votaría con la alegría que se vota a aquel que le birlaría el bocadillo a un niño a la puerta de un colegio, cosa que sabe todo el pueblo. Si hay que pagar el bocadillo, el voto ya no tiene tanta gracia.

Hay ejemplos continuos de irresponsabilidad que pagamos todos, lo que es sangrante en aquellos que ni hartos de grifa votarían al Gobierno pero sí han de asumir sus consecuencias sin comerlo ni beberlo. Cuando el Gobierno afirma que es el Gobierno 'de todos' está diciendo una gran verdad, pero no en el sentido de que sean todos el objeto de su preocupación, sino que más bien son todos los que han de pagar a escote, no solo sus votantes.

Ahí están los rescates bancarios y de autopistas que pagan también los que ni tienen cuenta ni tienen coche; indemnizaciones por derribos que se socializan a toda la comunidad yéndose los alcaldes responsables de rositas; hospitales privatizados y educación privada que recuperan o pagan en su mayor parte los que creen en la sanidad y educación públicas; deudas públicas que se pagan con los impuestos de contribuyentes a los que nunca se pidió su opinión, ni a los que siquiera se tuvo el detalle de informar en las informativas campañas electorales. Así hay ejemplos hasta el infinito, porque esto es más viejo que la guerra.

Pero no es del todo cierto que los platos rotos los paguen todos. Se da el caso sangrante de que los platos rotos los pagan los demás, es decir, ni los que los votaron ni aquellos cuyos intereses defienden gestores manirrotos y deshonestos. Esto es especialmente doloroso e injusto y, como dijo aquel, a veces quien más tiene que callar es el que más protesta, pero muchas veces es al revés, quien más tendría de qué protestar es el que menos habla.

Visto que el secreto del voto es un derecho irrenunciable tal vez hubiera que ir pensando en callar menos y protestar más.

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