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El hijo

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Nunca pensó que su padre pudiera enfermar, siempre había sido un hombre robusto. Pero un día le comenzaron a temblar las manos y, al cabo de un tiempo, no podía tomar un café sin que se derramara. Lo peor es que era una enfermedad degenerativa. Es como morirse a plazos en lugar de morirse de repente, le dijo un amigo.  Es una enfermedad larga y cara, aseguró otro. En asuntos sociales le informaron de que al tener pensión, ahorros y una vivienda en propiedad había pocas posibilidades de que lo ayudarán, al menos de momento. Me temo, le explicó una funcionaria, que mientras su padre tenga recursos tendrá que asumir él mismo los gastos de la residencia o la contratación de personal cualificado para que lo cuiden en su propio hogar. Antonio Castro se enfadó muchísimo. Toda la vida trabajando, toda la vida pagando impuestos para que ahora su padre tuviera que pagar de su propio bolsillo los gastos derivados de la enfermedad. Es una injusticia, respondió molesto. Se ha sacrificado, ha sido un ciudadano honrado y ejemplar y ahora no lo ayudan, se quejó. Esto no se va a quedar así, le prometió a su padre. Aunque su padre ya prácticamente no entendía nada.

Antonio Castro contactó con un conocido que era un alto cargo en la administración. Qué asco, se lamentaba, que haya que recurrir a cosas así para conseguir lo que es justo. Su contacto, sin embargo, le dijo que era imposible ayudarlo.  Quizá sea injusto, le explicó, pero debemos garantizar el servicio a quienes no pueden pagarlo. Lo mejor, le recomendó, es que busques una buena residencia privada o que contrates a alguien. Antonio Castro se enfadó mucho al escuchar eso. Premian a los vagos, protestó, ayudan a los que han gastado todo el dinero que han tenido, y a la buena gente trabajadora y prudente la exprimen hasta que no les queda nada.

Indignado, acudió a los medios de comunicación para denunciar el atropello. Su padre, tembloroso, miraba desorientado a las cámaras de televisión mientras su hijo reclamaba ayudas para afrontar los gastos de la enfermedad. Lleva toda la vida trabajando, decía, y ahora le obligan a que se gaste todo lo que tiene. Antonio Castro estaba desesperado, las residencias eran carísimas y más caro aun era contratar a un par de personas y adaptar la vivienda. Se entregó en cuerpo y alma a su causa, tenía muy claro que no iba a permitir que la administración dejara desatendido a un anciano enfermo. Reclamó, se manifestó y denunció hasta la extenuación. Pero las ayudas no llegaban y su padre, mientras tanto, seguía empeorando. Cada vez le daba más miedo que estuviera tantas horas solo en casa. Así que puso un cerrojo en su habitación para asegurarse de que no le pasaba nada en su ausencia. Le dejaba, eso sí, encendida la televisión para que estuviera distraído aunque creía que ya no se enteraba de nada.

Una noche, cuando regresó a casa, Antonio Castro encontró muerto a su padre en la habitación. Aquello fue durísimo. Lloró de forma desconsolada. Sintió rabia. Si no le hubieran negado las ayudas mi padre hoy estaría todavía vivo, se lamentaba una y otra vez. El entierro le pareció muy caro. Son todos unos ladrones, denunciaba sin descanso. Esta sociedad está deshumanizada, no dejaba de decir. Optó por la incineración, que era un poco más económica, y no puso esquela en el periódico porque la prensa no había estado con firmeza al lado de su padre cuando lo necesitaba. No fue mucha gente al funeral. Al día siguiente, muy afectado aún por lo sucedido, Antonio Castro acudió al notario para comenzar a arreglar los papeles de la herencia.

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