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Sin pistolas no sois nada

Todo empezó en 1968 con un exceso de anfetaminas y termina en 2018 con una carta mal redactada. Entre medias cincuenta años de ignominia y ochocientos cincuenta y tres asesinatos.

El PSE ve en la despedida de ETA la "mentira y el cinismo de siempre"

EFE

Todo empezó en 1968 con un exceso de anfetaminas y termina en 2018 con una carta mal redactada. Entre medias cincuenta años de ignominia y ochocientos cincuenta y tres asesinatos. Todo por una frase, aquella que decía algo del derecho a la autodeterminación del pueblo vasco. Ese era todo el espesor ideológico, una lasca fina como una hostia. Todo lo demás fue movilización, llevar a gente de la kale borroka a los comandos, tener la calle como territorio exclusivo, eliminar del espacio público a los disidentes, periodistas, profesores, artistas o concejales, meterlos en sus casas y si fuera posible en zulos, silenciar todo lo que no fuera a coro con las consignas propias: el miedo.

El miedo es el principio de la tiranía, es su único principio. Para el tirano tiene la ventaja de que precisa muy poca ideología, unas cuantas frases huecas. Ya lo dijo un famoso tirano: haga como yo, no se meta en política. El tirano no tiene que meterse en política ni esforzarse ideológicamente porque el miedo le despeja el horizonte de contrincantes políticos e ideológicos.  Así actuó ETA en tantos escenarios (ayuntamientos, plazas, fiestas, campos de fútbol, centros de enseñanza...) donde no se oía más que el eco de sus disparos, como bien dice Edurne Portela. Apenas sin ideología, pero con mucha movilización ETA se hizo con el espacio público hasta que pareciera que el pueblo estaba con ellos, como decía uno de sus eslóganes preferidos.

En general y hasta muy tarde, los años noventa, los demás nos callamos. Hubo voces, pocas, valientes, gestos por la paz que ETA quiso, por supuesto, silenciar. Como sociedad, sin embargo, no hubo reacción de rebeldía frente al tirano hasta el asesinato de Miguel Ángel Blanco en 1997. Ese fue el principio del fin, porque al tirano le dura el poder lo que le dura el miedo a los demás y el miedo se empezó a perder con un lazo azul en la solapa, con una postal que decía «Yo no me callo» o detrás de una pancarta.

los humanos somos seres históricos, necesitamos el relato de lo que ha pasado, por eso escribimos y nos contamos historias y por eso nos deshumaniza como nada perder la memoria

Cuando la gente perdió el miedo, en las manifestaciones contra ETA, se coreaba una consigna que decía «Sin pistolas no sois nada». La banda lo corrobora en su último comunicado: no son nada y han sido solamente unos matones con aspiraciones de tiranos, sin siquiera la mínima gramática para poder hacer política. Hay una película, Fe de etarras, en la que el jefe del último comando sostiene que la obesidad en Euskal Herria se debe a que España conquistó América (como a los vascos, a hostias) y trajo las patatas y el chocolate. La realidad, de nuevo, supera a la ficción en el último (¡por fin!) comunicado de la banda: ETA existió porque el Estado jacobino (sic) español había aniquilado a Euskal Herria, ni más ni menos.

Sostenía estos días José Antonio Pérez en El Correo que queda ahora por delante la tarea de explicarnos historiográficamente (esto es, con rigor histórico, con método) lo que pasó en estos cincuenta años. Tiene mucha razón porque los humanos somos seres históricos, necesitamos el relato de lo que ha pasado, por eso escribimos y nos contamos historias y por eso nos deshumaniza como nada perder la memoria. La Historia es una de las Humanidades porque sin ella nuestra humanidad se resiente. Así que la historia de lo que ocurrió durante cincuenta años de terrorismo ultranacionalista se contará, pero hace falta que se haga de manera honesta y ello requiere que se recuperen fuentes y se traten con rigor.

Ni ETA, ni quienes alimentaron y mimaron al monstruo, pintan nada en ello. Su disolución debería alcanzar al relato, permitiendo que se haga justicia también a través de la historiografía. La autoliquidación de ETA no debería consistir solamente en dejar de matar (¡gracias!), entregar cuatro pistolas y desmontar su estructura de comandos sino que tiene que llegar también a sus entrañas, aclarando, por ejemplo, qué pasó en los más de trescientos crímenes de la banda que quedaron sin resolver. Ya que no saben escribir ni su final, deberían quedar solo como fuente de información para la justicia y para la historia.

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