“Aún circula por nuestras venas la sangre de Pelayo”. Desmitificando la Edad Media peninsular
“Aún circula por nuestras venas la sangre de Pelayo”. Tan rotundo aserto aparecía en un artículo de El Día. Gaceta política independiente, el 6 de noviembre de 1859. La cita la retoma el ensayo Desmitificando la Edad Media peninsular. Cómo y por qué se ha construido una historia que no existió (Libros de la Catarata, 2026), escrito por Alejandro García Sanjuán, catedrático de Historia medieval en la Universidad de Huelva. Autor de importantes estudios sobre tergiversación histórica (La conquista islámica de la península ibérica y la tergiversación del pasado, Marcial Pons, 2019), es además editor, junto con investigadores del CSIC y de otras universidades, de la revista de divulgación Al-Ándalus y la historia (https://www.alandalusylahistoria.com/).
Una creencia (errónea) propia de la cultura histórica europea es pensar que en la Edad Media se encuentra el origen de cualquiera de sus naciones. Se imagina una continuidad (artificial) entre Francia y Carlomagno, Inglaterra y la Carta Magna, Italia y las ciudades renacentistas, o entre Suiza y Guillermo Tell. Los héroes medievales encarnarían a todo un pueblo, Robin Hood, Juana de Arco, Pelayo o el Cid. Estas ideas son mitos que componen los grandes relatos históricos que proporcionaban sentido de pertenencia a los habitantes de los países europeos y una misión histórica con la que asentar identidades nacionales sobre comunidades que carecían de ellas. Sociólogos y politólogos les denominan “mito-motor” (mythomoteur) y se desarrollaron a lo largo del siglo XIX, período de expansión de los Estados-nación. Y España no ha sido una excepción. Al llegar el siglo XX estos mitos medievales estaban ya tan arraigados, penetrando en la psique del europeo o del español común (como los cuentos de hadas que estudió el psicólogo Bruno Bettelheim), que resulta muy laborioso desmontarlos racionalmente.
Los historiadores de oficio analizan la Edad Media con métodos propios de una ciencia social con los que elaboran un conocimiento fundamentado del pasado. Probado está que las comunidades medievales no eran uniformes, sino complejas y carentes del sentimiento de nación. Pero este conocimiento cae a veces como un jarro de agua fría sobre quien prefiere recrearse placenteramente en las leyendas épicas medievalizantes de ciertas novelas históricas o de las series de turno. Los historiadores, si hacen bien su trabajo, son considerados, a veces, unos molestos aguafiestas. Y es que, para cierto tipo de lector, el ensayo de García Sanjuán puede resultar un libro incomprensible. En plena orgía de revivals neomedievales, cuando el Cid aparece hasta en los uniformes de la policía local, desmontar estos mitos tiende a generar sentimientos de rechazo. “¿Por qué se empeñan los historiadores en cogerle tirria al pobre Cid?”, pensarán. La respuesta pasa por comprender que las figuras históricas como el Cid no deben nunca confundirse con sus correspondientes mitos, y que los mitos, al sostenerse en emociones, se prestan a manipulaciones que pueden volverse muy dañinas. Explicar esto es la finalidad de este ensayo que pretende aportar las herramientas para esa comprensión.
Escribía Eric Hobsbawm, uno de los historiadores europeos más lúcidos, en un ensayo de 1994 recogido en Sobre la historia que “la deconstrucción de mitos políticos o sociales disfrazados de historia forma parte desde hace tiempo de las obligaciones profesionales del historiador, con independencia de sus simpatías”. El ensayo Desmitificando la Edad Media peninsular se ciñe a ese programa, centrándose en los historiadores que se dedicaron (o se dedican) a hacer pasar por Historia lo que no era más que un conjunto de mitos sobre España o sus territorios. Porque, como ha escrito Tommaso de Carpegna: “Los verdaderos mitógrafos han sido los historiadores y arqueólogos” (El presente medieval. Bárbaros y cruzados en la política actual, Icaria, 2015).
El libro hace un viaje cronológico por la formación de los dos mitos que conforman lo que el autor denomina “el combo mitológico” del nacionalismo español sobre el medievo peninsular: la Reconquista, forjadora de una España luchadora contra el islam y salvadora de Europa, y el “mito antisemita e islamófobo de la España musulmana”, que diseñó un al-Ándalus paradójicamente desislamizado y despojado de sus componentes arabobereberes. Estos dos mitos se han retroalimentado, siendo el de la Reconquista el más persistente. Con una escritura clara y contundente desgrana en breves capítulos las piezas de ese doble combo mitológico (héroes, tópicos, reutilizaciones…), desde los antecedentes pre-nacionales anteriores al siglo XVIII hasta la actualidad, poniendo el foco en los historiadores y las obras que idearon y alimentaron todo ese entramado.
Historiadores liberales y republicanos, historiadores franquistas y también democráticos se vieron arrastrados por la seducción del mito. Perfiles ideológicos diversos, como los de Menéndez Pidal, Sánchez Albornoz o Luis Suárez Fernández y otros medievalistas de la escuela de este último, que fue mandarín de la universidad durante el franquismo y postfranquismo, terminaron así coincidiendo en lo esencial. Esa transversalidad contribuyó a la asimilación y perdurabilidad de estos mitos, idea clave del libro que explica por qué han llegado hasta hoy. La visión que se nos ofrece no es partidista: no se enfrenta una crítica progresista a un relato reaccionario, no, puesto que la izquierda también alimenta esos mitos cuando idealiza a al-Ándalus con una historia inventada, tal como nos recuerda el autor. Los mismos mitos identitarios han servido al españolismo y a los nacionalismos periféricos, incluso a la propia tradición árabe e islámica.
Desmontar mitos históricos manipulados no supone atentar contra la nación o nacionalidades de la patria común, al contrario, es una obligación cívica. El libro termina con un capítulo sobre mitificación y discursos del odio, muy oportuno en un momento en el que se apela a la Reconquista para incitar a la violencia, como ocurrió en Torre Pacheco el verano pasado. Las reflexiones finales de García Sanjuán apelan a la responsabilidad del historiador medievalista que debe ser consciente de la trascendencia de profundizar en la deconstrucción de los mitos identitarios, pues, enseñar una falsa historia medieval a la ciudadanía puede llegar a engendrar violencia. Y es que, como el propio Hobsbawm advertía “la historia mala no es historia inofensiva. Es peligrosa. Las frases que se escriben en teclados aparentemente inocuos pueden ser sentencias de muerte”.
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