España no tiene que elegir entre la OTAN y el desarme nuclear
El martes pasado, la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso votó una proposición no de ley (PNL) que instaba al Gobierno a iniciar el camino hacia la adhesión de España al Tratado sobre la Prohibición de las Armas Nucleares (TPAN), justo en la misma semana en la que se celebra el día para la Eliminación Total de las Armas Nucleares. Si bien la PNL no prosperó, fue un avance en la conversación que, desde la sociedad civil, vemos con buenos ojos.
Conviene desmontar primero el argumento principal en contra, porque es falso. Se repite que firmar el TPAN es incompatible con la pertenencia a la OTAN. Sin embargo, el Tratado del Atlántico Norte no menciona las armas nucleares ni una sola vez. La disuasión nuclear figura como política debido a un Concepto Estratégico introducido en 2010 por Estados Unidos, pero este es un documento político que no crea ninguna obligación jurídica. De firmar el TPAN, España mantendría intactos todos sus compromisos reales de defensa colectiva, tropas, misiones, gasto y mando integrado, con una posición propia, como país soberano, frente al armamento nuclear. No es teoría: Nueva Zelanda se declaró territorio libre de armas nucleares, apoya el TPAN y sigue siendo aliado militar de Estados Unidos, lo que demuestra que las alianzas sobreviven a las discrepancias doctrinales.
Esto sería lo coherente para España, que ya ha rechazado estas armas una y otra vez. El referéndum de 1986 para pertenecer a la OTAN incorporó el rechazo a la instalación, el tránsito y el uso en el territorio español. Y el Código Penal las prohíbe desde 2015 como armas de destrucción masiva. Más aún, los resultados de la última encuesta de ICAN sobre la materia muestran que una abrumadora mayoría del pueblo español, el 80%, apoya la firma del TPAN. No sería un salto al vacío, sino formalizar ante el mundo lo que ya es ley interna y voluntad popular.
Sería, también, cumplir una promesa. En 2018, en el marco de las negociaciones de presupuesto con su socio de gobierno, Pedro Sánchez afirmó públicamente que España firmaría el tratado. Y este año, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, fue más lejos que ningún otro líder de la OTAN al criticar duramente la disuasión nuclear. La rechazó por cara (se gastaron 119.000 millones de dólares en 2025 solo en armas nucleares) y riesgosa (de lo que sabemos públicamente, en seis ocasiones el mundo ha estado a punto de una guerra nuclear a gran escala por accidente). Y dijo que una estrategia que requiere cero errores y una constante corrección “no es una garantía; es una ruleta”, cuestionando no solo las armas nucleares, sino la estrategia que las justifica. Es la coherencia que ya mostró al negar las bases de Rota y Morón para una guerra ilegal y al apoyar a Palestina. Falta el paso que convierta la retórica en política de Estado.
Ahora bien, la urgencia no es retórica, es real. Desde enero de 2026, las agujas del Reloj del Apocalipsis (el instrumento didáctico creado por el Boletín de Científicos Atómicos en 1947 para comunicar anualmente el riesgo de una guerra nuclear) están a 85 segundos de la medianoche, su punto más crítico en la historia. Este riesgo, según explica el Boletín, se debe al debilitamiento del orden mundial, al efecto de la crisis climática sobre la geopolítica y a la influencia de las tecnologías emergentes como la inteligencia artificial, que incrementan el peligro de forma acelerada. Una guerra nuclear a gran escala sería una catástrofe existencial que aniquilaría a miles de millones de personas y acabaría con la civilización. En cuestión de minutos.
Al inicio de la era nuclear se nos vendió la idea de que las armas nucleares traerían paz, seguridad y estabilidad. La “Pax Atomica”. Y lo que ha ocurrido es lo contrario. Para entender esto, basta con ver quién está atacando a quién: Rusia invade Ucrania; Israel y EE. UU. atacan a Irán; India y Pakistán están enfrascados en un ciclo bélico interminable. Lejos de traer la paz, las armas nucleares han envenenado las relaciones entre los países, debilitado el orden internacional y envalentonado actos de agresión bajo un paraguas de impunidad.
La existencia de las armas nucleares no responde a la seguridad, sino a la necesidad de proyectar poder. Su principal justificación, la disuasión nuclear, es insostenible. La disuasión es un mecanismo psicológico que depende de la percepción, la interpretación y, en última instancia, la cordura del adversario. No hablamos de un mecanismo infalible, sino de uno falible y frágil, condenado a fallar tarde o temprano. Los detractores del TPAN hablan de tener expectativas “realistas”, pero lo verdaderamente irreal es apostar la supervivencia de la humanidad a que todos los líderes del mundo serán racionales para siempre y jamás cometerán un error. Esa lógica es, como señaló Pedro Sánchez, una auténtica ruleta. La verdadera seguridad es colectiva: exige un orden internacional robusto y un multilateralismo funcional, basado en la confianza y no en la intimidación.
Frente a esa ruleta, existe una salida jurídica y concreta: el TPAN, que, entre firmas y ratificaciones, ya suma el apoyo de 101 países. Aliados de la OTAN como Alemania, Noruega, Bélgica y Países Bajos han asistido como observadores a las reuniones de los Estados partes del TPAN. Pero España aún no lo ha hecho.
El apoyo crece. Ya son 132 los municipios españoles adheridos al ICAN Cities Appeal, la iniciativa municipal de apoyo al tratado, y 65 las entidades que se han unido a la Alianza por el Desarme Nuclear. Firmar el TPAN es un ejercicio de soberanía: el pueblo español decide por sí mismo que su seguridad no descanse en la amenaza de aniquilar poblaciones enteras ni en capacidades que no controla.
Si España da el paso, sería, en este momento, el primer país de la OTAN en sumarse al tratado. Esto tendría un efecto dominó importante en el debilitamiento del discurso que sostiene y legitima estas armas: caería el mito de la incompatibilidad y se debilitaría la disuasión nuclear como estrategia de seguridad. Deslegitimar estas armas, convertirlas en tabú, es el paso esencial para generar la voluntad política del desarme.
El desarme nuclear no solo es necesario, sino también posible, pero solo llegaremos a él si caminamos en esa dirección. Y urge que lo hagamos, porque esta historia terminará de una de dos maneras: o con el fin de las armas nucleares o con el nuestro. Depende de todos, pero especialmente de quienes están en el poder, determinar el desenlace.