Fórmula 1: más que una anécdota
Hace unas semanas teletrabajaba en mi casa cuando empecé a notar un murmullo molesto, casi continuo, que no sabía de dónde venía. Examiné la casa, miré por la ventana buscando alguna causa… Hasta que recordé que ese día empezaban las pruebas del circuito de Fórmula 1 que han tenido a bien colocar las autoridades locales en nuestro barrio.
Lamentablemente, pasará el fin de semana y nada sucederá. Los promotores estarán felices de su éxito, los que tienen intereses económicos en el evento habrán hecho su caja, los aficionados a estos espectáculos habrán disfrutado y se irán tan felices a casa, y a los vecinos les quedarán los desmanes de las obras inútiles, del ruido y del desprecio de sus gobernantes (a los que, por cierto, la mayoría habrán votado). Y a esperar un año a que todo eso se repita como una pesadilla. Así sucede con tantas y tantas cosas a las que asistimos impotentes y cuya importancia se nos escapa sustituida por algún otro desaguisado posterior.
¿Por qué nos molesta tanto este espectáculo? ¿Qué tiene de particular? ¿No se hacen eventos parecidos que también molestan a los vecinos y los tenemos por normales? ¿No se ocupan las calles de las ciudades con frecuencia con uno u otro motivo? ¿Acaso no tienen los aficionados derecho a disfrutar en su ciudad de su espectáculo favorito? ¿No es esto una buena inversión para la ciudad que le va a reportar beneficios económicos y de imagen? Puede que sea así, puede que estamos exagerando, cegados por la proximidad de tanta molestia, pero no está de más pararse un momento a hacer un par de reflexiones.
La primera es que no todo este tipo de acontecimientos son iguales. No es lo mismo la ocupación del espacio público para ejercer un derecho (como puede ser una manifestación) o para la realización de una actividad cultural o de viejas costumbres (como pueden ser las procesiones), ni siquiera una ocupación temporal para que se celebre un partido de fútbol, se realice una maratón o atraviese la ciudad una prueba ciclista. Lo llamativo de este caso es realmente el uso que se hace del espacio público, la privatización del espacio común. Se toma un lugar que todos esperábamos fuera en beneficio de la comunidad (con un centro de salud, con un instituto, …) que diese servicio a la creciente población de la zona, y se utiliza para un fin privado que genera marginalmente un beneficio a un grupo minoritario que ni siquiera vive por allí. Y no es que no estemos acostumbrados a esta privatización de lo público en Madrid: justo al lado se acaba de regalar también terreno público al Real Madrid (o a Florentino Pérez, que nunca queda claro) y un poco más allá se hizo lo mismo con el Atlético de Madrid. Y eso solo es lo que sale a la superficie.
Tampoco vale en este caso (y en casi ninguno) el argumento económico. No vamos a saber lo que va a costar. No se hagan ilusiones. En este país se oculta lo que nos gastamos en defensa, así que ocultar un gasto como este aquí y allá lo puede hacer hasta un recién llegado. Además, los economistas sabemos que siempre se puede encontrar a alguien dispuesto a demostrar que algo es rentable. Pero no, se mire por donde se mire, esto es un gasto inútil desde el punto de vista social. Tan inútil como el centro acuático olímpico sin estrenar que se ha derribado muy cerca de allí y que hace años alimentó las ambiciones de otros gobernantes como los de ahora. Y todo esto con una escuela infantil con profesoras con el salario mínimo a menos de un kilómetro del circuito. Sí, los gobiernos se miden por lo que eligen, alfombras rojas para VIPS o salarios dignos.
La segunda reflexión tiene que ver con la forma en que nos enfrentamos a estos problemas. Se podría decir que no soy de los vecinos más afectados. Lo que más me afecta es el ruido lejano y la bandera “king size” que inauguraron para el evento con ese orgullo tontorrón que exhiben los nacionalistas y que a los demás nos recuerda simplemente (oh, sorpresa) que no vivimos en Suecia. A cambio hemos descubierto que el ayuntamiento puede limpiar las calles. Hemos descubierto que existen unos camiones que se dedican a eso y que no habíamos visto en los 30 años que llevamos viviendo aquí. Pero realmente la cuestión no es si algunos estamos más o menos perjudicados.
A cualquiera de las vecinas y vecinos nos ha resultado difícil hacer entender a alguien que no estuviera cerca del problema lo que suponía la celebración de este evento. Diría que incluso a algunos de los más afectados. Véanse, por ejemplo, los colegios cercanos que han tenido que cerrar estos días, pero que, a cambio, han podido de disfrutar de una vista privada al circuito (a veces salimos muy baratos). Problemas públicos, despreocupación privada. A eso nos lleva el individualismo. No es mi problema porque no está a 100 metros de mi casa. Es esa inacción, esa falta, ya no de solidaridad, siquiera de empatía, la que permite el uso arbitrario del poder, la que facilita que lo público sea manejado a su antojo y en su propio beneficio. Ya lo hemos visto muchas veces. Esta es una más, pero no será la última.
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