interviú, nacida libre
El 22 de mayo de 1976 yo tenía siete años. Ese sábado, mientras millones de niños y niñas estábamos pegados a la tele de tubo viendo el último capítulo de Heidi, alucinados porque la amiga discapacitada de la muchacha de los Alpes podía levantarse de la silla de ruedas y volver a andar, una revista con nombre que sonaba inglés llegaba a los quioscos de toda España. Fueron 100.000 ejemplares. En pocas horas se vendieron más de 85.000.
La portada de aquel primer número de interviú no dejaba dudas de las intenciones de sus tres creadores con residencia en Barcelona: Antonio Asensio, José Ilario y Jerónimo Tarrés. Una modelo de ojos verdes, que dejaba entrever sus oscuros pezones bajo un vestido semitransparente, miraba fijamente al lector. Se comía toda la portada. Aquella mujer anónima estaba rodeada de titulares que no dejaban indiferente.
Los jóvenes reporteros Josep Ramoneda y José Martí Gómez firmaban un reportaje sobre un caso de corrupción político-judicial con aceite adulterado que afectaba a un ministro franquista. El periodista José María Portell narraba en primera persona el ataque ultraderechista con armas de fuego en una romería carlista. Un año después, Portell era asesinado por ETA. Otro texto hacía hincapié en el número de gallegos que habían tocado poder en España –José Calvo Sotelo, Francisco Franco, Manuel Fraga, etc.– y que “no han hecho gran cosa por el terruño”. Había dos reportajes internacionales, uno sobre las mafias que actuaban en Las Vegas y otro sobre un doble crimen sucedido en el Aconcagua. Y una entrevista a Sara Lezana, actriz y bailaora de flamenco, en la que mostraba su aversión hacia la extrema derecha y un vaticinio: “la igualdad no podrá existir nunca”. En el interior destacaba un texto sobre la rebelión homosexual y dos sesiones de fotos, unas sensuales de la actriz estadounidense Sidney Rome y otra con estética setentera de una tal Sally Booker.
Esta fue la primera “cesta de navidad” que ofreció interviú con todos los manjares ocultos por el franquismo. Así definió la revista el escritor Manuel Vázquez Montalbán, columnista, entrevistador y reportero de interviú durante décadas. En 2018, el semanario de los desnudos, los sucesos y los reportajes de denuncia e investigación cerró. La crisis de la publicidad destinada a la prensa en papel, la resistencia de los lectores a pagar por la versión digital de la revista, el abandono por parte del Grupo Zeta (propietaria de interviú) y una sociedad que ya no entendía la presencia de una mujer semidesnuda en primera página acabaron con ella. Teresa Viejo, directora de interviú entre 2002 y 2004, la primera mujer en dirigir una publicación de información general en España, me lo explicó de forma sencilla: “La clave del fracaso de interviú es que toda la vida fue un paso por delante de la sociedad y, de repente, iba por detrás y la propia sociedad cambiante te aniquila”. Nostra culpa.
El cierre de un medio de comunicación siempre duele, sobre todo el de uno que tuvo una vinculación especial con sus lectores (un 70% eran hombres y un 30%, mujeres). Y lo peor es que en estos más de ocho años desde su desaparición, el único legado que ha dejado la revista son un puñado de episodios con aroma escabroso y morboso: unas fotos publicadas en 1983 de Lola Flores en topless que fueron pactadas pero cuya selección no gustó a La Faraona; una imagen tomada por un paparazzi en 1989 a la socialité Marta Chávarri, en una discoteca y sin ropa interior, que la revista compró y publicó; presiones a Marta Sánchez en 1991 para hacer una sesión de portada a cambio de no publicar unas fotos que le hicieron sin su permiso; o una portada donde aparecían la modelo Mar Flores y el conde Lecquio en la intimidad publicada en 1999.
Vale que interviú tiene cosas de las que arrepentirse, límites que sobrepasó y rectificaciones que tuvo que publicar a toda página. Como cualquier medio de comunicación que arriesga. Hay cosas peores, como el actual escupidero de bulos y desinformación en que se han convertido algunos seudomedios. Pero es muy injusto que no se haya producido un acto de reparación por la contribución de interviú a la defensa de las libertades, de todas. Analizando los 2.177 números publicados en casi 42 años y los numerosos especiales y suplementos, está claro que la revista ayudó a asentar la democracia, fue el mejor onboarding para los españoles con ansias de cambio tras casi cuatro decenios de postulados nacional-católicos y represión franquista.
El cadáver del dictador Francisco Franco todavía humeaba cuando interviú salió a la calle a decirle a los españoles que nos merecíamos una democracia homologable a las más avanzadas de Europa, que cuidado con la transición porque no era tan modélica como nos la estaban vendiendo –entre 1975 y 1982 se produjeron más de 3.200 acciones violentas de todo signo– y que había fuerzas económicas y políticas que iban a intentar frenar el acelerón de un verdadero estado de Derecho. interviú se convirtió, por salvaje e indecente, en el enemigo público número uno para nostálgicos, ultramontanos, ultraderechistas, mojigatos, elite empresarial, incluso para compañeros de la prensa, de la derecha y la izquierda, que acusaban a la publicación de pornográfica, sensacionalista y populista en su lenguaje. Ser número uno también en ventas provocó escozor.
Por su distintas redacciones pasaron cientos de periodistas, fotógrafos, columnistas dibujantes y diseñadores. Emilio Romero, Fernando Vizcaíno Casas, Francisco Umbral, Fernando Fernán Gómez, Manuel Vázquez Montalbán, Adolfo Marsillach, Juan Manuel de Prada, Camilo José Cela, Andreu Buenafuente, Joaquín Sabina o Juan José Millás fueron algunas de sus firmas más reconocidas. Las viñetas, tiras e ilustraciones de Forges, Perich, Martinmorales, Miguel Gila, Mingote, Carlos Romeu, Quino, Manuel Summers, Fernando Vicente, Ricardo Cámara, Gallego & Rey, Joan Vizcarra o Eneko, entre otros muchos, salpimentaron sus páginas. Entre 1976 y 2018 se publicaron más de 20.000 reportajes de actualidad, muchos exclusivos. El semanario se ojeaba y manoseaba en ministerios, peluquerías, bares y bufetes. Había personas que la leían de tapadillo y diputados que la llevaban en la mano en la sede de la soberanía nacional.
En vida nadie se atrevió a valorar la importancia de la revista que inventó el periodismo de denuncia. Solo los Premios Pop Eye, galardón dedicado a la música y las artes, la eligió en 2016 como la mejor publicación en España por sus reportajes de investigación y portadas provocadoras. Ese mismo año, la Journal of Spanish Cultural Studies, publicación hispanista de referencia en EE. UU., reconoció que durante el “periodo excepcional” de la transición, “interviú fue el único canal de expresión que existía en España” para conocer la represión franquista. Ahora nos parece normal leer historias de excavaciones de fosas, de memoria dignificada, pero a finales de los setenta y ochenta, el riesgo que corrían periodistas y editores no era pequeño. En 1977, reporteros y espeleólogos bajaban a la sima de Jinámar, un paraje volcánico en Las Palmas de Gran Canaria, para demostrar que aquella oquedad fue utilizada por fascistas y caciques para lanzar decenas de cuerpos de represaliados republicanos tras el golpe de Estado de 1936. Poco después, las páginas de interviú destaparon la terrible crueldad franquista en Navarra o los campos de concentración utilizados por los sublevados a lo largo de toda España.
Aquellos reporteros de los primeros años estaban obsesionados con denunciar todas las tropelías tras la sublevación militar y dar voz a los perdedores. Hasta el final de sus días, la revista dedicó muchas páginas a investigar a los miembros del comando ultraderechista que perpetraron la matanza de Atocha en 1977. Varios de ellos fueron localizados por interviú, evidenciando los fallos del sistema judicial y penitenciario. También siguieron la pista del famoso policía torturador Antonio González Pacheco, conocido como Billy el Niño. O encontraron y facilitaron la extradición de Emilio Hellín, jefe del comando de extrema derecha que asesinó a la joven izquierdista Yolanda González en 1980 y que se había refugiado en Latinoamérica –como tantos otros de su calaña– tras aprovechar una salida carcelaria. Lidia Martín, madre de Yolanda, llegó a reconocer públicamente la labor de la revista “Gracias a interviú, el asesino volverá al lugar del que nunca debió salir”.
interviú también fue singular poniendo en práctica un tipo de periodismo de provocación que situaba a la sociedad española frente a un espejo y que aprovechaba para testar tendencias sociales. Para denunciar lo fácil que era evadir dinero en la transición, reporteros atravesaron la frontera con Francia con un maletín lleno de billetes falsos. El texto acababa así: “lo mejor es que usted, señor capitalista, invierta ese millón en el país, es la única manera de hacer patria”. En una época donde la homosexualidad no era consentida, un periodista y un miembro de un colectivo gay se pasearon de la mano por la conservadora ciudad de Ávila, se besaron y hicieron arrumacos para observar la reacción ciudadana. Encontraron más empatía que rechazo. Hay cientos de estos trabajos periodísticos, algunos inconcebibles, como el que se publicó para hablar del racismo en la España moderna de comienzos de los noventa. La revista puso en la calle a un actor haciéndose pasar por un blanco esclavista que llevaba maniatado a un hombre negro e indocumentado; o el de la pareja (de periodistas) que contrata los servicios de una prostituta para aprender las técnicas amatorias. Puede resultar chocante, pero en ese periodo posfranquista, la educación sexual –casi igual que hoy– no existía. Que una prostituta explicase cómo se da un beso con lengua, cómo acariciar de forma placentera o cómo hacer una felación parecía mucho más didáctico. Y no se quedó en esa época este periodismo gonzo. En los ochenta, reporteras se hicieron pasar por enfermas con sida para comprobar cuantas puertas se les cerraban. En un restaurante, el responsable tiró a la basura los cubiertos usados por la supuesta portadora de VIH. Y en 2003, otra reportera se vistió como una mujer musulmana, con velo incluido, y se lanzó a la calle a buscar piso, se apuntó a un curso, visitó el Ejido (Almería) o se paseó por El Corte Inglés. Todo para entender la reacción de la sociedad. Hubo de todo, comprensión y desprecio.
Es verdad que los trece responsables que tuvo la revista –doce hombres y una mujer– y la familia Asensio como empresa editora se atrevieron con casi todo. Si no, hubiera sido imposible que en 1977 y para denunciar el número de violaciones que se producían en España, el semanario llevó como tema principal de la cover un reportaje titulado “¡Vosotros, machistas, sois los terroristas!”. El argumento de que la violencia machista mataba más que ETA lo repitió en los noventa con un amplio informe sobre esta lacra que todavía sufrimos hoy.
Es verdad que en la memoria también quedarán los cuerpos acribillados de los marqueses de Urquijo; un Luis Roldán, director de la Guardia Civil en época de Felipe González, en calzoncillos con un testículo al aire durante un sarao con amigas meses antes de huir tras ser acusado de enriquecerse con comisiones ilegales; un grupo de encapuchados armados que realizaban la guerra sucia contra el terrorismo etarra; un Salvador Dalí apagándose entre tubos para ayudarle a respirar; los cabecillas de la trama Gürtel –caso de corrupción que afectó al PP– desparramando; o al tesorero popular Luis Bárcenas en una bici estática en el patio de la prisión.
Antonio Asensio siempre defendió que lo que hacía interviú era un “periodismo popular de calidad”. Habrá quien diga que era periodismo amarillista. Yo me fío de la Fundación Gabo, que define la prensa popular como aquella que se ocupa de comunicar las noticias de mayor impacto y más relacionadas con la vida de la población con un lenguaje sencillo y amigable. Y como dijo uno de sus primeros directores, Ignacio Fontes, interviú convenció y entretuvo a toda la clase media, “la baja clase media, la media clase media y la alta clase media”.
Y también fue única en el mundo por convertir en protagonista de su portada a una mujer semidesnuda. Al principio fueron modelos sin nombre por temor a las acciones judiciales, después llegaron las actrices, cantantes y bailaoras de la transición. Eran un símbolo de liberación. Un intelectual de la época aseguró que hasta que no llegó el desnudo de Marisol, no comenzó de verdad la democracia en España. Luego tocó el turno a folclóricas, maniquíes nacionales e internacionales, presentadoras de la tele, tit stars (Sabrina, Samantha Fox, Pamela Anderson…), concursantes de la telerrealidad… Firmaron contratos y cachés, y hasta posaron por amor al arte, aristócratas, concejalas, trabajadoras sexuales, soldados, buscavidas, cupletistas, blogueras, cocineras, violinistas, estibadoras, mises, fugitivas, estilistas, supervivientes, activistas, policías... mujeres de toda clase y condición.
Cuando ya habían posado Paula Vázquez, Anne Igartiburu, Terelu Campos, Alaska, Bimba Bosé, Olvido Hormigos, Najwa Nimri y Chenoa, fue el momento de los desnudos protesta. Tras el 15M y las distintas oleadas de activismo feminista, enseñar por enseñar estaba perdiendo el sentido. Y más si la mirada predominante en la revista era la masculina. Habían llegado también las redes sociales. La revista buscó la manera de sobrevivir a la crítica por el desnudo. Incorporó como colaboradoras a conocidas fotógrafas para realizar sesiones que empoderasen a la “guapa de portada”, y buscó historias más allá: una estibadora del puerto de Algeciras que por ser mujer no podía trabajar en determinadas labores, una marinera que había sufrido acoso en el Ejército, una modelo de tallas grandes vetada en las portadas de las revistas femeninas, las mujeres de empleados despedidos de Coca-cola… Y hasta una mujer mastectomizada. La portada de la atleta y maratoniana Natacha López, sin un pecho, con la cicatriz, y una camiseta que rezaba “Fuck cancer”, fue una de las últimas portadas con éxito en los quioscos.
En la revista hubo conversaciones sobre cómo evolucionar, como mantener el espíritu periodístico sin perder la seña de identidad del erotismo, del desnudo, pero no se llegó a una solución sostenible económicamente. Aquellas portadas que durante décadas vendieron cientos de miles de ejemplares a la semana y que sirvieron para pagar dignamente a los periodistas que salían cada lunes en busca de historias exclusivas por toda España, y parte del extranjero, ahora eran un lastre. Aquella interviú, que nació libre como el título de la famosa película británica donde una leona criada por humanos lograba vivir de forma salvaje y criar a sus cachorros, llegó a sus últimos días abandonada por todos. Una forma de hacer reporterismo moría con ella.