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Trump es un lastre y Orbán ha desaparecido, pero la extrema derecha europea no está en declive

7 de mayo de 2026 22:03 h

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La aplastante derrota de Viktor Orbán en las elecciones de Hungría de abril ha dado paso a un estallido de optimismo democrático. Por todo el mundo, los demócratas están extrayendo lecciones de los resultados en Hungría y especulando sobre el declive de la extrema derecha al mismo tiempo que se forma un nuevo consenso sobre Donald Trump, que ha pasado de inspiración a “lastre” para la extrema derecha mundial.

Es cierto que la caída de Orbán tiene un gran significado simbólico y consecuencias importantes para la política de la Unión Europea (UE), como el acuerdo de la UE con Ucrania, pero hay tres razones por las que debemos evitar darle demasiada importancia.

En primer lugar, por las lecciones a extraer para derrotar a los llamados demócratas no-liberales. No podemos olvidar que Orbán se mantuvo en el poder durante un plazo excepcionalmente largo de 16 años. Tuvo tiempo para supervisar no solo la transformación política de Hungría, sino económica y social. Su derrota no fue un rechazo a las políticas de la extrema derecha, y desde luego no a sus políticas antiinmigración (que cuentan con un amplio apoyo por parte del nuevo primer ministro, Petér Magyar), sino a la grave situación económica que sufre el país y a los casos de corrupción masiva dentro del régimen.

La victoria de Magyar, que tomará posesión el 9 de mayo, tiene menos que ver con un respaldo a sus políticas que con su incansable campaña, saliéndose de los bastiones tradicionales de la oposición para acercarse a las circunscripciones más estratégicas en un sistema electoral extremadamente desproporcionado. Una estrategia que podría dar resultados similares en sistemas electorales donde gana la circunscripción el que obtiene más votos, como los de Francia, Reino Unido y Estados Unidos. Pero la maniobra sería mucho menos eficaz en sistemas proporcionales como el de los Países Bajos. Aun así, movilizar a las bases y el puerta a puerta tradicional siguen siendo cruciales, como acaba de demostrar Zohran Mamdani en la ciudad de Nueva York.

En segundo lugar, la extrema derecha europea no está en declive, aunque haya perdido a su líder extraoficial. Es cierto que otros partidos de extrema derecha también han perdido elecciones en los últimos tiempos, como ocurrió en Bulgaria. O que han perdido el poder, como en los Países Bajos. Pero los partidos de extrema derecha siguen en el gobierno de varios países miembros de la UE, como Italia y República Checa; y lideran las encuestas de otros, como Francia y Austria. La extrema derecha ha llegado para quedarse, y muchos de sus partidos están tan consolidados como los viejos partidos ‘establecidos’. Igual que con el resto de formaciones, el apoyo electoral que obtiene la extrema derecha fluctúa y se ve afectado por causas internas y externas, como la corrupción, las peleas internas y las crisis de gobierno.

Más importante que eso es la integración y normalización incesante de las ideas y los personajes de la extrema derecha. La Italia de Giorgia Meloni se ha vuelto un lugar de peregrinación obligatorio para cualquier político que trate de presentarse como partidario de la línea dura en temas de inmigración, desde Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea; hasta Keir Starmer, primer ministro del Reino Unido. El Partido Popular Europeo (PPE), la alianza política de partidos de centro-derecha en la UE, coquetea abiertamente con Meloni y colabora con las formaciones de extrema derecha para aprobar las leyes del Parlamento Europeo.

Esa colaboración no se limita a temas de inmigración. En un intento por evitar que los agricultores descontentos se pasaran a la extrema derecha, el PPE adoptó desde las elecciones europeas de 2024 el escepticismo de la extrema derecha con relación a la crisis climática y a la necesidad de proteger el medio ambiente.

En tercer lugar, es verdad que ahora mismo Trump es ‘tóxico’ para la extrema derecha, aunque eso no fue lo que definió las elecciones de Hungría. Pero esta toxicidad no es estática. En pocas palabras, el presidente de EEUU es un lastre para los partidos europeos de extrema derecha cuando amenaza con imponer aranceles comerciales a la UE, ocupar Groenlandia, o abandonar la OTAN. Pero su estrella vuelve a brillar en la extrema derecha cuando se le asocia con políticas antisistema y de inmigración, o con su supuesta lucha contra ‘el pantano’ y el ‘wokismo’. La tan celebrada ‘ruptura’ entre Meloni y Trump podría ser más estratégica que ideológica, y tener un carácter más temporal que permanente.

Aunque por lo general los votantes europeos de extrema derecha se muestren bastante escépticos con relación a Trump, solo por ser el presidente de Estados Unidos está ayudando a la extrema derecha de Europa. Por definición, nada de lo que dice el presidente del país más poderoso del mundo puede ser marginal. Gran parte de lo que dice Trump, por radical que sea, es normalizado y racionalizado entre los políticos y principales medios de comunicación. Eso vuelve más difícil marginar dichos argumentos cuando se dan en el contexto europeo. Basta con ver el servilismo mostrado por el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. 

Peor aún, a los líderes europeos de la extrema derecha les resulta muy fácil parecer ‘moderados’ en comparación con el comportamiento extremo y volátil de Trump. Al fin y al cabo, la dirigente o el dirigente de extrema derecha europea ‘no es tan malo como Trump’. Esta comparación interminable, y la incapacidad de comprender que en la extrema derecha hay matices, ayuda a dirigentes hábiles como Meloni. A la primera ministra italiana la toman por una mera ‘conservadora’, y no por líder de la extrema derecha, porque no actúa de forma agresiva, errática y ruidosa como Trump. O como Matteo Salvini, dentro de su país. También le ayuda el machismo implícito de muchos analistas, que dan por sentado que las mujeres son menos ideológicas y extremistas que los hombres.

No se trata de quitarle ningún mérito a Magyar, al maravilloso pueblo húngaro que se resistió a Orbán y lo derrocó, y especialmente a los muchos húngaros de izquierda que votaron por un político de derecha para salvar a la democracia. Tampoco se pretende negar el significado simbólico de la derrota de Orbán. Debemos celebrar con entusiasmo esta importante victoria. Pero hagámoslo sin caer en generalizaciones ni simplificaciones, para así lograr victorias similares en Europa y Estados Unidos.