Vergüenza

La Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Navarra, integrada por los magistrados José Francisco Cobo Sáenz, Ricardo Javier González González y Raquel Fernandino Nosti, ha llegado a la conclusión –y así ha sentenciado– de que lo que cinco energúmenos ejercieron sobre una cría acorralada, a la que penetraron repetidamente y obligaron a realizarles felaciones se califica como preeminencia, no como violencia o intimidación real.

Si bien los jueces dejan claro que no hubo sexo consentido y que la víctima aparece agazapada y gritando, ello no implica para sus señorías que existiera agresión sexual sino meros abusos sexuales. Al no existir golpes o desgarros, tal violencia no existe. Finito: no hubo violación. Eso sí, ellos disfrutaron y adoptaron una actitud jactanciosa y así se pudo ver en las grabaciones. El que la chica quedara inane ante la enormidad de lo que le estaba pasando abunda en tal percepción. Pero vamos al meollo de la cuestión: ¿Se defendió acaso? ¿Luchó por su honra? ¿Resultó muerta o al menos gravemente herida?

Ergo si no es el caso, por algo fue… Esa es la impresión que procura esta sentencia, que deja el papel de los salvajes en cuestión –entre los que, no olvidemos, hay tres servidores públicos, miembros del ejército y de la Benemérita– poco más que en una broma pasada de rosca, estupenda anécdota para contar a los amigos, como de hecho hicieron, matándose de risa por su “hazaña”.

Tan es así que el voto particular del magistrado Ricardo González percibe a cinco varones y una mujer “practicando actos sexuales en un ambiente de jolgorio y regocijo”, por lo que pide se absuelva a los acusados. No percibe tampoco su señoría intención de burla o de humillación. A este juez, los nueve años de condena frente a los 22 que pedía la Fiscalía deben parecerle una barbaridad. Leyendo su argumentación se diría que el juez podría llegar a pensar que la chica lo tiene bien merecido.

No tengo palabras para expresar el sentimiento que me invade. La repugnancia que me provocan los hechos juzgados es sólo equiparable al asco que siento por la manera en que se ha impartido justicia en este caso. El obligado amparo a esta cría de 18 años ha sido inexistente, por lo que se deduce de la sentencia y el voto particular, y el daño perpetrado a la confianza en la institución judicial muy grave.

¿Cómo va a ir tranquila una joven, una mujer por la calle si sabe que una acción de este tipo va a ser benevolentemente comprendida? O que ella será quien va a verse cuestionada y obligada a demostrar, aún a riesgo de su vida, su resistencia feroz a perder la honra. ¿Por qué la violencia que se exige para apreciar una violación debe ser extrema, cierta, material y externa? Y digo más: ¿Por qué se exige para que haya violencia mayor intensidad en la violación que, por ejemplo, en la rebelión del procés?

Porque leída la sentencia con detenimiento, en sus dos manifestaciones, no se puede digerir, por más que se intente. El tribunal ha hecho una interpretación de los preceptos del Código Penal que regulan el abuso sexual y la agresión sexual alejada de la jurisprudencia del Tribunal Supremo. Una doctrina ya pacífica y constante.

La violencia e intimidación queda descrita en los hechos que se declaran probados. Se aprecia una contradicción entre estos, propios de una violación, y la condena que por abusos sexuales. El voto particular es cruel en la forma y en el fondo. Innecesariamente despectivo hacia la víctima y la situación de extrema violencia descrita.

Es necesario ponerse en la piel de esa mujer. Imaginar la situación por ella vivida. No hace falta inventar nada, simplemente dejarse llevar por el relato del propio tribunal. Un escalofrío nos recorre por dentro. Esos momentos de extrema irracionalidad, cuando cinco hombres, grandes, fuertes, fornidos, desmadejaban un cuerpo inerme, sometido... al que penetraron continuada y salvajemente... eso es violencia, señorías, eso es salvaje, eso es inhumano... y como tal debería haberse sancionado en este procedimiento.

La sentencia carece de perspectiva de género y burla el respeto por las mujeres, por la víctima y por todas y cada una de ellas. Envía a la vez dos mensajes. Uno, dirigido a los hombres: podéis violar, excepto si ellas están dispuestas a morir para evitar la penetración vaginal, anal o bucal. El otro, a las víctimas: debéis estar dispuestas a morir para llegar a ser víctimas de una violación.

Pensar en lo sufrido por esa joven, en la valentía de denunciar y someterse a un escrutinio indebido y cruel, la tensión de un proceso penal, el revivir durante 21 meses todo el tormento, en tener que afrontar de nuevo lo ocurrido en la plaza pública, soportando la vista de sus torturadores. Y finalmente, el verse obligada a escuchar una decisión judicial que en su voto particular la revictimiza. Pensar en su sufrimiento es insoportable e indignante.

Ese voto particular destila desprecio, es despectivo y ofensivo. Sus expresiones dañan, como la descripción de los propios hechos. Excede de una simple valoración. ¿Qué será necesario a partir de ahora para que se acepte que una mujer sometida por la fuerza de cinco hombres no tiene que ser además una heroína para que su indemnidad sexual se respete?

Ahora vendrán los equidistantes y puristas juristas, sean o no magistrados, para decir que hay que respetar las decisiones judiciales... No me merecen respeto alguno esos jueces que describen una violación en toda regla y luego condenan por abuso.

Que nadie pretenda engañar. La interpretación del derecho no es nada compleja; solo se torna así cuando la mente retorcida de quienes la hacen la transforman en expresión vivida de su propia forma de pensar. Un pensamiento arcaico, patriarcal, basado en la concepción de la superioridad del hombre sobre la mujer.

¿En qué cabeza cabe que puedan aceptarse las palabras indignantes que se utilizan en el voto particular? Creo honestamente que estos jueces no deberían estar ni un minuto mas impartiendo justicia en la jurisdicción penal si es que queremos recuperar mínimamente la fe y el respeto en la misma. Pero esto no es posible, porque tiene la garantía de la inamovilidad.

Mi solidaridad absoluta con esa mujer valiente y decidida que no se quiso callar. Quiero decirle que aunque haya jueces que despliegan una íntima aversión frente con ella, nosotros, toda la sociedad, la apoyamos.

Hoy no me siento orgulloso de pertenecer a una profesión en la que se producen hechos de este calibre y tan aberrantes decisiones. Este no es el modelo de juez que un país democrático necesita, porque algo va muy mal cuando un tribunal arropa a los verdugos y recrimina a las víctimas. La desazón se acrecienta cuando los jueces provocan alarma social y hacen que una marea de personas lance su protesta en las calles de todo el país. Lo que gritan es verdad: no es abuso, es violación.

¡Qué vergüenza!