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Baltasar Garzón

Juez, abogado, director del despacho jurídico ILOCAD SL., con sede en Madrid (España). Presidente de la Fundación Internacional Baltasar Garzón, pro Derechos Humanos y jurisdicción universal, con sede en Madrid, con programas en desarrollo en España, Argentina, Colombia, República Dominicana, Ecuador, México. Coordinador de la Veeduría Internacional de la reforma de la función judicial en Ecuador (pro bono). Asesor de la fiscalía de la Corte Penal Internacional. Miembro del Comité de prevención de la tortura del consejo de Europa en 2011-2012. Asesor de la Misión de Apoyo al Proceso de Paz de la OEA en Colombia (2011-2012). Asesor de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Representantes de Argentina. Presidente y director ejecutivo del Centro Internacional para la Promoción de los Derechos Humanos de la UNESCO de Argentina.

Autor de 7 libros y múltiples artículos y ensayos. Coopera con el departamento de Derechos Humanos de la Universidad de Washington de Seattle (EE. UU.). Doctor Honoris Causa por más de 25 universidades de todo el mundo. Miembro de diferentes organizaciones humanitarias y centros de Derechos Humanos y de mediación en conflictos, dentro y fuera de España.

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Torcer el Derecho

El 26 de mayo pasado las urnas de toda Europa hablaron. A algunos no les gustó lo que dijeron. Muchos se sorprendieron y otros lamentamos la victoria del Frente Nacional de Le Pen en Francia, o la más acuciante posición euroescéptica de un Reino Unido sumido en la locura del Brexit. A quienes se muestran en contra del proceso independentista en Cataluña les herviría la sangre conociendo que Carles Puigdemont recibía el respaldo popular necesario para ser llamado a recoger su acta de europarlamentario. Todas esas impresiones y opiniones son absolutamente legítimas, en democracia. Todas, salvo que provengan de un operador jurídico en la noble misión de impartir recta e imparcial justicia o del Ministerio Fiscal en el ejercicio de la acción penal. Ellos no pueden tener opinión, ni motivación política en la confección de sus decisiones o presentación de informe o dictámenes. Cada cual, al igual que la Abogacía del Estado, ha de seguir lo dictado por la ley y sólo la ley. Torcer el Derecho por razones políticas o evitar situaciones complejas, que supongan verdaderos quebraderos de cabeza para los altos funcionarios encargados de acusar y juzgar, no tiene cabida en un Estado democrático que se rige por el imperio de la Ley.

El político Oriol Junqueras, acusado en el denominado procés, ha cosechado su segunda victoria democrática. En la primera fue llamado a ser diputado del Congreso de España. En la segunda, a convertirse en europarlamentario. La ley dictamina que, para formalizar lo que aclamaron las urnas, es imprescindible recoger el acta que le acredita como tal, y ese acto es indeleble a la condición adquirida en aquellas. Ese documento, que metafóricamente podría corresponderse al altavoz físico que los ciudadanos dan a sus representantes, despliega efectos jurídicos tan importantes como la inmunidad parlamentaria.

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En el fondo lo tenía bien merecido

"…Una y otra vez se descubre que, cuando un individuo, sin más autoridad tras de sí que la del derecho moral, se defiende frente a una organización cerrada, la lucha no tiene salida…" (Stefan Zweig, Castellio contra Calvino. Conciencia contra Violencia)

La historia se repite en forma recurrente, con diferentes personajes, pero de una u otra forma, acontecimientos pasados vuelven al presente con renovadas energías. Pareciera que el siglo XVI ya está muy lejos, como lejana debería haber quedado la doctrina fanática e intransigente de Juan Calvino frente a la defensa de la libertad y la tolerancia de Sebastián Castellio. La primera supuso la hoguera para Miguel Servet; la segunda, la superación de los viejos dogmas de la iglesia inquisitorial a favor de la libertad de pensamiento que un siglo después daría origen a la Ilustración europea. Sería siglo y poco después que el fascismo y las corrientes autócratas y, por ende, fuera de toda regla ética, tendrían su momento cumbre y, dentro del mismo, el desarrollo de los mitos y mentiras como fórmula habitual de control y destrucción de la convivencia. La verdad y la racionalidad, de nuevo quedaron masacradas y desaparecidas.

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Cambalache

Toda campaña electoral es una etapa dura y por lo general aquejada de diferentes grados de crispación, que la ciudadanía soporta de la mejor manera posible. Lo positivo es que cada partido expresa públicamente sus planteamientos y propuestas, aunque, por supuesto, entre bastidores se urdan pactos de no agresión, a la vez que juramentos de odio infinito. El día después, con los resultados en la mano, comienza lo que tal vez sea la parte más fea de la política: el cambalache.

El primer escenario se produce al interior de cada partido. Llegado el momento de decidir sobre los futuros nombramientos, comienza una encarnizada batalla, plagada de puñaladas entre correligionarios para acabar con posibles competidores a tal o cual cargo. Aquí se debe tener especial cuidado con los autopostulados, aquellos que se promocionan a sí mismos sin ningún escrúpulo ni pudor, dispuestos a lo que haga falta para hacerse notar, denostando a quienes quieren suprimir, que suelen ser los más serios. Lanzan globos sonda dirigidos a causar la más burda intoxicación de quienes aún están en funciones para que sean reemplazados y señalan sin mayor fundamento a quienes quieren eliminar de la ecuación, sirviendo a su propio interés o bien a intereses ocultos, ya sean corporativos o económicos.

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Adiós, amigo mío

Alfredo Pérez Rubalcaba me demostró que existían responsables políticos con verdadera vocación de servicio público, coherencia y capacidad para ejercer la buena política en nuestro país. Esto es lo primero que me viene a la mente cuando tengo que ordenar los pensamientos y volcarlos en este texto que redacto con auténtico dolor. Hemos vivido muchos y malos momentos en la peor historia de España, la del odio, las bombas y la muerte. Cada uno en su papel, él de responsable político, yo de juez instructor en el número 5 de la Audiencia Nacional y, después, en otras tesituras. No pude encontrar un compañero de viaje mejor, con más criterio e inteligencia y capacidad para comprender el delicado, complejo y urgente trabajo que desarrollábamos magistrados, fiscales y funcionarios judiciales mano a mano con las Fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado con la amenaza del  terrorismo siempre pendiendo sobre la sociedad.

Siendo amigos, él como ministro del Interior y yo como magistrado, con la simpatía labrada palmo a palmo y milímetro a milímetro, con respeto, sin interferencias entre poderes; con la fuerza de superar día a día situaciones sumamente difíciles, supimos trabajar en pro de la justicia y la paz, una paz libre de la insensata violencia y con una apertura de miras para conseguirla, inclusiva, respetuosa con los derechos humanos, más allá de cualquier otro planteamiento, anterior o posterior, sostenido por otros líderes políticos.

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Avaricia

Entre los pecados capitales, la avaricia es uno de los más desagradables y de mayor riesgo. La RAE lo define como el afán o deseo desordenado y excesivo de poseer riquezas para atesorarlas. Y ratifica que desde un punto de vista religioso trasciende lo lícito y lo moralmente aceptable.

Esa capacidad sin fondo de acaparar más allá de lo que la razón aconseja, hace que el avaricioso busque su ruina y la de quienes le acompañan pues sus decisiones y opciones están empañadas por ese obsesivo interés en acumular que en ocasiones puede pasar por encima de lo ético e incluso de lo que marca la ley. Como juez he comprobado que la avaricia lleva a muchos ciudadanos al banquillo. Como abogado, me he visto en la tesitura de hurgar entre las razones de una conducta delictiva y casi siempre, aparece la avaricia como base habitual, sola o en compañía de otras faltas contra lo que recomienda el decoro, que  conducen a quien las practica a situaciones muy complicadas e incluso irreversibles. Pienso en la trama Gürtel, tal y como la investigué y de qué manera, aun encontrándose en prisión sus protagonistas, les interesaba más poner a buen recaudo el dinero tan poco legalmente conseguido, que ver de salir del tremendo apuro judicial a que su mala cabeza y su codicia les había llevado. Las penas que han recaído sobre ellos tras dos sentencias de la Audiencia Nacional y otra de Valencia son buena muestra de lo que digo.

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El futuro de las mujeres

No hay justicia social sin justicia de género. Eso lo sabemos todos  y en especial lo saben bien las mujeres de todas las épocas y de  todos los países. Del mismo modo que la democracia no es real cuando se cuestiona, ningunea y maltrata en todos los sentidos a las mujeres.

Lo cierto es que esta reivindicación sobre el papel relevante e igualitario de la mujer, en especial en sociedades que se jactan de democráticas y avanzadas, debería ser obsoleta a estas alturas. ¿En qué cabeza cabe que la vida, el trabajo, la seguridad o el esfuerzo sean distintos por el hecho biológico de haber nacido con uno u otro sexo? Pues ya ven, continuamos inmersos en una sociedad patriarcal, con dejes machistas que se reflejan en casi la totalidad de los ámbitos de la convivencia ordinaria, en la que siguen existiendo diferencias notables en sueldos y promoción laboral y profesional; en la asunción de trabajo familiar; en el cuidado de niños, ancianos y dependientes…, gracias a esa discriminación ancestral y actualmente vigente. Ella será quien cobre menos, deberá poner techo a su carrera o  dejar el trabajo para atender a los vulnerables a su cargo. Así es y la falta de voluntad para poner remedio a tales situaciones, resulta muy evidente.

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Gritos

Si hay algo urgente en este preciso momento y en esta campaña electoral, es acabar con la crispación. El tono de las intervenciones de la derecha está llegando a un nivel que sobrepasa la línea roja del respeto transformándola en intolerancia. La falta de moderación tiene nefastos efectos sobre la sociedad afectando a la convivencia ciudadana y hastiándola cuando más tendría que estar en calma y sosegada. Estos ruidos, que llegan a ser ensordecedores, sirven para ocultar la falta de contenido de muchos programas o para propagar las disparatadas propuestas desarrolladas por otras formaciones. También son de utilidad para ningunear a partidos más pequeños.

La vocación de Actúa ha sido desde su fundación colaborar en serenar esas voces y conducirlas al debate tranquilo y productivo. Ocurre que para ello tiene que haber voluntad y visibilidad. Y no parece que esas formaciones como el Partido Popular, Ciudadanos, Vox e incluso otros a la izquierda, tengan demasiado interés en moderar su discurso. Ni que a los partidos que no forman el quinteto de salida, como Actúa se les brinde esa posibilidad de incidir en el electorado a través de los medios.  

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Assange o la impunidad

La amenaza que veíamos venir desde hace tempo se ha hecho realidad. Reino Unido, tras violentar durante estos años todas las normas del derecho internacional, ha cumplido su función de brazo ejecutor después de que el presidente de Ecuador, Lenín Moreno, supeditado a los intereses de los EEUU de Donald Trump, haya retirado el asilo político a Julian Assange. En unas imágenes que deberían ruborizar a cualquier demócrata, el Gobierno de Ecuador ha abierto la puerta de su embajada para permitir que la policía británica sacara de forma violenta al fundador de WikiLeaks.

Es muy grave lo ocurrido, y plantea un futuro incierto a Julian Assange quien después de casi ocho años de reclusión inhumana en el recinto de la embajada ecuatoriana, se encuentra ahora a expensas de lo que la Corte de magistrados de Westminster determine, una vez se ponga en marcha la extradición al país norteamericano. De inicio, el periodista buscó refugio ante la orden de aprehensión de Suecia por denuncia de violación, una causa que ya fue archivada en mayo del pasado año. Ahora enfrenta la condena por haber incumplido las medidas cautelares de su libertad, cuestión que siempre hemos aceptado y nunca hemos eludido responder tanto en Suecia como en Gran Bretaña, pero denunciando, a la vez, la instrumentación que de estos países hacía EEUU. Al final se ha desvelado la trama. Incluso desde diciembre de 2017 existía una orden de detención de la justicia estadounidense en Londres, a pesar de que tanto los británicos como el gobierno del presidente Moreno, específicamente el canciller Valencia, lo negaron.

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La ira

Cuando algo nos duele damos rienda suelta a nuestro mal carácter. Eso es la ira que, si aparece con demasiada frecuencia, procede de lo que sentimos cuando nuestros objetivos se frustran. Hay una ira que proviene de la incapacidad de autocontrol. Es especialmente peligrosa porque sus consecuencias suelen ser devastadoras para quien la recibe y para quien la ejerce. Las emociones desbordadas y sueltas a su aire resultan lesivas. Esa es la ira insana, que no procede de la indignación ante el descalabro de la virtud, sino de la obsesión por el propio lucro.

A algunos políticos les pasa eso con cierta frecuencia. Son aquellos a los que duele no detentar el poder y se reconcomen cuando ven que conseguirlo es difícil o se aleja. En tal situación pueden arremeter contra otros colegas próximos en ideología o, en sus arranques de enfado máximo, establecer tal tensión entre sus allegados, que estos acabarán desbarrando en sus afirmaciones por temor a incurrir en el furor de su líder si no están a su altura.

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Fake news

Cada día que pasa los anglicismos nos invaden más. Las nuevas tecnologías mandan y siempre en inglés. Este es el caso de las llamadas fake news. Como suele ser habitual en España, desde el comienzo presumimos de saber qué significa, pero en realidad se trata de algo más complejo que una simple noticia falsa. La expresión alude tanto a una noticia completamente inventada, como aquellos otros supuestos, que constituyen la mayoría, en los que se mezclan datos ciertos con otros que no lo son, o bien se contiene información inexacta. Incluso puede ser real pero presentada de forma tendenciosa o con insinuaciones, con la clara intención de conducir al receptor a sacar conclusiones erradas o a formarse una idea totalmente diferente de la verdad , y de esa forma incorporarlo al acervo de los adeptos de quien generó la falsa noticia.

Lejos de ser una broma de mal gusto, aunque algunas pocas lo son, generalmente estas fake news se difunden en las redes sociales con finalidades bastante concretas, unas veces escandalosamente crematísticas o de extorsión, otras de desprestigio personal, profesional o empresarial; para cumplir complejos planes políticos que defenestren a oponentes de otro signo ideológico, o para captar incautos, crédulos o personas acríticas auténticas esponjas para esas estrategias. Para complicar aún más las cosas, suelen existir también acusaciones cruzadas del uso de las fake news, en especial provenientes de algunos políticos, para descalificar aquellas noticias que no les favorecen o directamente les perjudican, siendo probablemente Donald Trump el máximo exponente de esto último.

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