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Baltasar Garzón

Juez, abogado, director del despacho jurídico ILOCAD SL., con sede en Madrid (España). Presidente de la Fundación Internacional Baltasar Garzón, pro Derechos Humanos y jurisdicción universal, con sede en Madrid, con programas en desarrollo en España, Argentina, Colombia, República Dominicana, Ecuador, México. Coordinador de la Veeduría Internacional de la reforma de la función judicial en Ecuador (pro bono). Asesor de la fiscalía de la Corte Penal Internacional. Miembro del Comité de prevención de la tortura del consejo de Europa en 2011-2012. Asesor de la Misión de Apoyo al Proceso de Paz de la OEA en Colombia (2011-2012). Asesor de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Representantes de Argentina. Presidente y director ejecutivo del Centro Internacional para la Promoción de los Derechos Humanos de la UNESCO de Argentina.

Autor de 7 libros y múltiples artículos y ensayos. Coopera con el departamento de Derechos Humanos de la Universidad de Washington de Seattle (EE. UU.). Doctor Honoris Causa por más de 25 universidades de todo el mundo. Miembro de diferentes organizaciones humanitarias y centros de Derechos Humanos y de mediación en conflictos, dentro y fuera de España.

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Una preocupante apuesta de futuro

Las idas y venidas a que ha sometido VOX en sus requerimientos para apoyar la investidura del candidato del PP a la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno y propiciar así el gobierno de coalición entre este partido y el de Ciudadanos, han sido de todo menos claras y transparentes. Por tanto, prima facie, podría decirse que huele a trampa.

Según el medio de comunicación que se elija, el pacto es de una naturaleza u otra. Para unos, el PP ha logrado un gran triunfo –domeñando a la feroz ultraderecha- para otros, VOX no era tan fiero como lo pintaban, de modo que mucho y vacío ruido y al final sometimiento a la línea aznariana que preside a la derecha actual. Para mí que en el gran teatro que han organizado estas tres formaciones políticas cada una ha desempeñado un papel que, previamente, ya se habían repartido: el extremista VOX, que cede por el bien de todos; el conciliador PP que se autoproclama por boca de ganso de su presidente Pablo Casado un partido de centro con el primero a la derecha y el tercero a la izquierda en lo que, además de ser un insulto a la inteligencia política, es una memez de proporciones estratosféricas, pero eficaz;  y con Ciudadanos como cooperador necesario que pasa del estado de rechazo al de convidado de piedra previa aceptación de puestos institucionales e insistiendo que esto no va con ellos porque su acuerdo es con el PP. Y la ciudadanía atónita y perpleja ante tanta manipulación lingüística y tomadura de pelo, cuando los intereses que están en juego son los suyos y no los de estos esperpénticos políticos que escenifican lo que no quieren y entre tramoyas acuerdan lo que buscan.

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El espejismo

Un espejismo es una ilusión óptica. Define la RAE que sucede cuando la luz atraviesa estratos de aire de densidad diferente, y por la reflexión provocada, los objetos lejanos se ven invertidos y más próximos. Espejismo se llama también a un concepto o imagen sin verdadera realidad. Ambas acepciones, una científica, la otra coloquial, parecen aplicables al proceso que el presidente catalán y sus socios protagonizan desde hace ya siete años: Enarbolan un sentimiento de independencia identificándolo como algo real y tangible, cuando legal y constitucionalmente es inviable y así se les ha puesto de manifiesto por activa y pasiva. Es decir sufren el síndrome del espejismo en medio de un desierto de incomprensión habitado por el gobierno central y los demás partidos que forma la mayoría cualificada en el Parlamento español. Todos ellos contrarios a cualquier fórmula de independencia o decisión que se salga de aquellos cauces.

Tan inmersos están en esa realidad aparente que todo lo tiñen con el color de la ficción. ¿Cómo entender si no el mensaje de fin de año del president de la Generalitat, la máxima institución de Cataluña? Torra hizo un llamamiento a los ciudadanos a “rebelarse contra la injusticia y hacer caer los muros de la opresión” con vistas a la causa que se celebrará próximamente en el Tribunal Supremo y que juzgará a los políticos hoy encarcelados de forma preventiva. Además, comunicaba su intención de poner en marcha la tramitación necesaria para llevar a la práctica las leyes sociales que ha tumbado el Tribunal Constitucional. Complejo mensaje que contiene un elemento de victimismo en grado de propaganda y un implícito anuncio de desobediencia a la legalidad.

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Seguiremos

En materia de derechos humanos, en el combate contra la impunidad de crímenes internacionales y contra la corrupción (ejes centrales de la fundación que presido, FIBGAR) se han producido avances y retrocesos en 2018.

Este año hemos celebrado los 70 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos y de la Convención contra el Genocidio; 40 años de la Constitución Española; 20 años de la creación de la Corte Penal Internacional y de la detención de Pinochet en aplicación del Principio de Jurisdicción Universal. Pese a los buenos resultados, nos enfrentamos a desafíos urgentes y amenazas ciertas.

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El pasado que quiere volver

Ya están aquí. Acaban de aterrizar con desparpajo en el escenario político andaluz con doce escaños, gracias a la inestimable colaboración de un Partido Popular que, vencido por la corrupción, necesitaba de forma imperiosa la ayuda de otra formación, supuestamente más extrema hacia la derecha en el espectro político, que le sirviera de apoyo y sostén a la hora de formar gobierno. Y allí estaba Vox, salido de sus propias filas, cuyo líder, Santiago Abascal, ya estuvo en las instituciones en cargos políticos de relieve por decisión del Partido Popular, al que abandonó cuando le pareció conveniente para convertirse en modesta alternativa.

Así de mal se veía el PP en estos comicios que, en vez de avisar “que podía venir el lobo”, como hubiera hecho cualquier partido constitucionalista ante la presencia de una formación que rechaza los principios fundamentales de nuestra Carta Magna, se limitó a no agredir y lanzar mensajes complacientes del tipo: “habrá que ver cuál es su programa”, como dijo el candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía o, peor aún, “compartimos sus valores esenciales”, en palabras del propio Pablo Casado, que después intentó desviar la atención de tan definitoria aseveración hacia otros derroteros, que, a la postre, y después del resultado electoral, se han visto inexistentes. Lo que quería y quiere el PP es nutrirse de la extrema derecha para gobernar, sin importarle el coste que ello implique para la democracia en Andalucía y España. En este sentido, el mismo PP ha anunciado con cierta ¿satisfacción?: “Vox ha venido para quedarse”. Curiosa reacción. En la misma línea, otros dirigentes populares como el presidente gallego por el PP, Alberto Núñez Feijóo, consideraban a Vox como “producto de ese disparate" que fue la moción de censura por la que Pedro Sánchez se convirtió en presidente del Gobierno “con el apoyo del independentismo catalán, Bildu y Podemos”. Sin más aseveraciones ni comentario alguno. O como las palabras de la portavoz del PP en el Congreso de los Diputados, Dolors Montserrat, que ha calificado a Vox como "una fuerza política más", fruto de "la elección que han hecho los andaluces". No son conscientes, o si lo son no les importa, de que la bandera de España hace décadas que se defiende sin aguiluchos de por medio, sin golpes en el pecho ni actos de fe. ¿Cómo van a pactar con un partido misógino, que no respeta la diferencia ni al diferente, que pretende encerrar a esta sociedad con una valla más alta que la de Melilla para no dejar entrar valor democrático alguno? ¿Tan bajo ha llegado el PP en sus niveles de ética? A esto les ha llevado la corrupción.

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Por el bien de la propia justicia

La separación de poderes no sólo es una aspiración, es un requisito mínimo, indispensable, de un Estado de Derecho democrático. Estamos en un buen momento para acometer una reforma del Poder Judicial que tenga como objetivo primordial intentar recuperar la confianza de los ciudadanos en sus jueces. La sociedad evoluciona y lo que exige son nuevas formas que se alejen de los viejos modos y en las que la ética y la responsabilidad ocupen un lugar primigenio por encima de otros intereses, ya sean políticos, económicos o corporativos.

Tantas acciones desnortadas del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) y de sus presidentes, elegidos por el PP abusando de la mayoría absoluta, han movido al descrédito de la justicia. Gracias a esta fórmula, cuando el Partido Popular era Gobierno nombró en los más altos cargos judiciales a quienes consideraban los suyos para salvaguardar así la malparada imagen de una formación en la que la corrupción hacía y sigue haciendo estragos. Han sido demasiadas designaciones de profesionales cuya valía, que respeto profundamente, quedó cuestionada por el aroma a incienso proveniente de la Obra de monseñor Escrivá de Balaguer y por proximidades sospechosas a entidades financieras y grandes corporaciones. A ello hay que añadir lo ocurrido con el Tribunal Supremo en su inflexible postura sobre el procés, sin olvidar el escándalo de ida y vuelta de las hipotecas, que después de conocerse el contenido de la sentencia y especialmente los votos particulares, desvela una carcoma que amenaza con destruir la escasa confianza que la ciudadanía le dispensa a la Justicia. Tales actuaciones resultan tan insoportables como fuera de lugar. Constatamos por tanto que esta sigue presentando una pátina casposa similar a la del antiguo régimen, que en nada sintoniza con la sociedad actual.

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La soberbia

La gran enemiga de la razón es la soberbia. Desgraciadamente, a lo largo de la historia, la soberbia ha llevado a muchos dirigentes a creerse imprescindibles y a considerar que su criterio es el único válido, hasta el punto de pensar que es innecesario someter sus decisiones a la estimación colectiva. Supone un peligroso camino, que un día cualquiera puede desembocar en la negación de la democracia y abrir nuevamente la puerta al totalitarismo trasnochado o al neofascismo. Es éste un mal que ronda a demasiados líderes políticos, una enfermedad que los aísla, que con frecuencia los envuelve y les hace vivir en una burbuja inaccesible, en la que corren el riesgo de ser arrastrados al autoritarismo, al despotismo y a la injusticia. De este padecimiento están aquejados en la actualidad diversos líderes políticos, propios y ajenos. La soberbia es lo que lleva a Donald Trump a reírse en sus tuits del presidente francés Emmanuel Macron por plantear la creación de un ejército europeo y a olvidarse de los asesinatos terroristas de París de hace tan sólo dos años, o a ningunear y despreciar a la paciente caravana de miles de seres humanos que intentan labrarse un futuro, enviando nada menos que a las tropas militares a defender las fronteras, como si de un enemigo se tratase. Está también teñida de soberbia la decisión del dirigente turco Erdogan cuando encarcela a millares de profesionales, funcionarios y simples ciudadanos acusados de pensar diferente, mientras simultáneamente pretende aparecer como el paladín de la transparencia en el caso Khashoggi. Como insoportable resulta la soberbia y arrogancia de Jair Bolsonaro con su anuncio de un futuro Brasil en el que los derechos humanos ya están haciendo las maletas.

Aquí, en nuestro país, vivimos muchos años gobernados por la soberbia y seguimos conviviendo con ella. Como si cuarenta años de un generalísimo por la gracia de Dios no hubiesen sido bastantes, tuvimos que soportar después más de un intento de golpe de Estado porque el país no caminaba por el rumbo que unos jactanciosos y nostálgicos creían el correcto para España. Más tarde tuvimos que padecer la soberbia de quienes hicieron de la “guerra sucia” un modo de combatir el terrorismo a través de los GAL. A continuación, asistimos al espectáculo de José María Aznar decidiendo la masacre de seres humanos en Irak desde el Olimpo de su “amistad” con líderes mundiales tan soberbios como él mismo. Recientemente asistimos a la soberbia de un Mariano Rajoy que, con una actitud distante y altanera, propició que la corrupción se mantuviera bien arropada en el seno de su propio partido. Ahora, nuevamente, somos testigos de la soberbia de un joven Pablo Casado que actúa como redentor de la patria, cuando se ofrece como solución “constitucionalista” como único detentador del bien y de la verdad, faro de salvación para los políticos erráticos que no pertenecen al PP, que no se doblegan ante su inequívoco liderazgo y consideran que fuera de él y de su grupo nadie es constitucional, nadie es legal, nadie ama a España. Qué decir de los falsos profetas de algunos medios de comunicación, parapetados en sus poltronas de impunidad, que, embriagados de soberbia, mueven los hilos de la información que transmiten al lector, espectador u oyente, lanzando noticias falsas o sin contrastar, arrasando con la verdad, que se acaba convirtiendo en un obstáculo molesto para una difamación decidida.

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Ya está bien

No sé si en el mundo entero, pero sí en un gran número de países, se está produciendo una metamorfosis política preocupante hacia la extrema derecha, que en forma larvada viene arrastrándose desde la crisis financiera de 2008, "resuelta" con medidas draconianas y austericidas que han dejado infinidad de daños directos y muchos más colaterales. De igual modo, han afectado el proyecto de vida de cientos de miles de seres humanos, en España y en todo el mundo, con una marcada deriva hacia la ultraderecha que en la actualidad se manifiesta de forma clamorosa y abierta.

En esta deriva internacional hacia una especie de neofascismo de corte neoliberal, asistimos en España a una desgraciada puesta en escena de los políticos de derechas locales, ansiosos de retomar el poder del que se sienten injustamente arrojados, utilizando para ello todo tipo de descalificaciones y mentiras, sin importarles incurrir en las más evidentes inconsecuencias. Vemos cómo arbitran la realidad a su medida, aplaudiendo las acciones de las instituciones cuando les benefician y denostándolas si les vienen de frente. Eso es lo que está haciendo el Partido Popular que, acostumbrado durante demasiados años a tener a su disposición a un sector de la justicia, de los medios de información, del poder económico y habituado al mangoneo más descarado, no se resigna a encontrarse en los asientos del público. La acción de su líder Pablo Casado llega a ser incluso poco ética. Todo vale con tal de recuperar el poder.

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El acoso de Casado y la ultraderecha con corbata

“Recibo cada cosa sobre mí, que casi desisto de votarme. Madre mía, cuántas mentiras”. Así se expresaba en una entrevista hace pocos días Fernando Haddad, quien lleva en Brasil la antorcha del presidente Luiz Inacio Lula da Silva frente a Jair Bolsonaro. “Es el tipo más rastrero que he conocido a lo largo de mi vida pública”, afirmaba Haddad. Bolsonaro consiguió el 46,6% de los votos en  la primera vuelta electoral y una expectativa actual para la segunda de un 52%, pese a sus promesas que no son sino amenazas de un futuro en que los diferentes o los que no comulguen con su intolerante doctrina se verán perseguidos y orillados. El líder ultraderechista basó su campaña en una serie de mensajes de desprestigio en redes sociales difamando a Haddad mediante noticias falsas. ¿Les suena?

Veo después los resultados de los comicios en Baviera y la subida de la Alternativa por Alemania, la ultraderecha que alcanza ahora el Parlamento. Se basa en el discurso del odio contra la inmigración y ese mismo discurso es el que se despliega en Austria con el Partido de la Libertad; Amanecer Dorado en Grecia; el gobierno de Urban en Hungría, el Frente Nacional francés de Marine Le Pen en Francia; la UKIP británica; los patriotas Suecos; la Liga Norte en Italia… y más. La extrema derecha y la ultraderecha se extienden por Europa y llaman ahora a nuestra puerta. Vox, Soluciona y otros elementos de similar ideología intolerante alimentan mediante algunos o bastantes medios digitales este mensaje hostil. Se asoman al espacio político español, previamente aderezado por vaivenes instrumentados y alentados por la autodenominada derecha moderada, cada vez con más aplomo y desparpajo.

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Por una España federal en una Europa federal

Catalunya es hoy uno de los principales problemas de España, junto a la cuestión social y la crisis de Europa.

Por eso es urgente situar a la izquierda fuera del duelo entre nacionalismos y de un inexistente derecho a la autodeterminación, al menos en la configuración que se le quiere dar interesadamente por algunos.

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Alertamos del golpe a la democracia en Brasil y sus consecuencias globales

La destitución de la presidenta Dilma Rousseff, el 31 de agosto de 2016, inició un ataque a la democracia en Brasil cuyo siguiente hito fue el pasado 1 de septiembre de 2018, la inhabilitación del ex presidente Luiz Inácio Lula Da Silva, favorito en los sondeos para las presidenciales del 7 y 28 de octubre. Como efecto de ambos actos, se pone a la ciudadanía brasileña ante la peligrosa perspectiva de la posible victoria de un candidato fascista, racista, misógino y homófobo, autor de llamamientos a la violencia y represión armada.

Hacemos constar que estos dos golpes ilegítimos, golpe parlamentario contra la Presidenta Rousseff y golpe judicial, por la condena sin pruebas a 12 años de prisión y ahora inhabilitación del candidato a la reelección Lula, son pasos de un plan para impedir que el Partido de los Trabajadores (PT), al que pertenecen, implemente el modelo de redistribución de riqueza, reducción de las desigualdades sociales, raciales y de género, que estos 16 años ha sido exitoso ejemplo de alternativa al neoliberalismo de la crisis global.

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