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LOS PARTISANOS

Zohran Mamdani, un musulmán en la corte del rey Arturo

4 de septiembre de 2026 22:45 h

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“Un tirano ya no es una pesadilla / sino una simple mediocridad”, escribió Joseph Brodsky. Cuesta aceptar el sentido que proponía a finales del siglo pasado el poeta ruso cuando, ante el horizonte de la tercera década del actual, los monstruos vuelven a escaparse del sueño de la razón. Sin embargo, Zohran Mamdani parece asumir la definición de Brodsky desde el momento mismo en el que supo que sería el nuevo alcalde de Nueva York: “Donald Trump, sé que me está viendo. Solo tengo tres palabras para usted: ¡suba el volumen [del televisor]!”, clamó desde la tribuna.

Trump no le puede acusar de africano –como hizo falsamente con Obama– por la sencilla razón de que Mamdani lo es. Nació en Uganda y lo exhibe al considerar su condición de migrante como un valor y no una rémora. Si gana las elecciones, amenazó el presidente, lo vamos a deportar: “No necesitamos un comunista en este país”. El ugandés ganó y, entonces, jugó sus cartas: asegura que si Benjamin Netanyahu pisa Nueva York podría ser detenido por la policía neoyorquina: “Debería estar en La Haya. Es un criminal de guerra acusado por la Corte Penal Internacional”, dijo. El presidente israelí tampoco se ha quedado de brazos cruzados y lo ha incorporado a su propio eje del mal: junto al presidente turco Recep Tayyip Erdogan, el líder supremo iraní Mojtaba Jamenei y el secretario general de Hezbolá, Naim Qassem, Mamdani ocupa un lugar preferente en los carteles de la campaña electoral de las próximas elecciones israelíes. ¿Y si allí también gana el alcalde de Nueva York?

Dicen que Mamdani dijo lo que él niega haber dicho: “Globalicen la Intifada”. Desde las páginas de la revista Jacobin, su fundador, el escritor Peter Frase, entiende las contradicciones a las que debe someterse el poder “pero nosotros sí podemos decirlo”, asegura en un artículo, en el que reconoce que, además, Mamdani, “tal vez no pueda llamar racistas a los policías ni pedir una reestructuración radical del departamento de policía de Nueva York, aunque en algún nivel pudiera estar de acuerdo con estas posiciones. Pero nosotros sí podemos, y debemos. Dejemos las celebraciones para la oficina del alcalde; nosotros tenemos que seguir diciendo la verdad”. Jacobin, desde el marxismo clásico que representa, encuentra una vía heterodoxa para acompañar esta experiencia.

¿Esta es parte de la guerra cultural que inaugura el dirigente más audaz de Socialistas Democráticos de América [DSA por sus siglas en inglés], el eslabón más escorado a la izquierda del Partido Demócrata? Puede que sí, pero a su manera y demostrando siempre un accionar rápido: poca retórica vana. En el discurso que dio el día que asumió el poder citó al líder socialista indio Jawaharlal Nehru, arquitecto de la India moderna: “a veces llega un momento, como esta noche, en el que se pasa de lo viejo a lo nuevo”. Atrás deja el impasse señalado por Gramsci en el que había que esperar a que terminara de extinguirse lo viejo para que emergiera lo nuevo. «Esta nueva era será una de mejora incesante», promete, haciéndose eco de la afirmación de Franklin Roosevelt en medio de la desolación de la Gran Depresión. Roosevelt decía que Estados Unidos exigía “una experimentación audaz y persistente”. Zohran ensaya la misma audacia pero su resistencia aún está en observación.

El nuevo alcalde tiene poca edad, 33 años, con lo cual resulta difícil entender el espacio que ha ido ocupando en tan poco tiempo. Es más, en la campaña electoral que lo llevó al ayuntamiento no era fácil procesar su capacidad para estar en todas partes a la vez. En un mismo día, cada media hora, cambiaba de escenario y esta mudanza era seguida en streaming a través de las redes. Hijo de una directora de cine nominada al Oscar, Mira Nair, Mamdani, tiene un especial criterio estético para la expresión audiovisual y, siendo nativo digital, desarrolló una batería incesante de publicaciones en las redes que –y este es el hecho revolucionario– inspiraron miles de réplicas atractivas de sus seguidores que, a su vez, generaban, exponencialmente, nuevas piezas espontáneas que acabaron por convertir a Mamdani, un joven diputado aspirante a la alcaldía en un fenómeno cool en TikTok. El candidato consiguió que la calle virtual le hiciera la campaña. ¿Quién puede detener esta ola?

Steve Bannon se quedó perplejo ante ese tsunami digital: «La campaña de Mamdani fue el equivalente actual a la de Barack Obama. Recorría los pasillos de los supermercados charlando en TikTok“, afirma Bannon: ”El Partido Demócrata tradicional ha muerto; Mamdani lo ha destrozado“. El redactor jefe de Financial Times le pregunta si ”un socialista descarado y partidario de la causa palestina es un regalo para Trump“, ante lo cual Bannon muestra su preocupación: ”Al contrario, Mamdani puede movilizar a mucha gente“.

La estrategia de la campaña electoral se basó en tres ejes: congelar el alquiler de los pisos de renta estabilizada de la ciudad (alquiler social), hacer que los autobuses sean gratuitos y más rápidos, y proporcionar guarderías a los niños a partir de las seis semanas de edad. Esta política tiene réplica en la también nueva alcaldesa de Seattle, la activista y militante de DSA, Katie Wilson, quien tiene como plan central instaurar la guardería universal y destinar 1.000 millones de dólares para construir viviendas sociales. Janeese Lewis George, también perteneciente al DSA, candidata a la alcaldía de Washington D. C, asume el mismo programa y propone, además, la gestión municipal de tiendas de alimentación. La prensa liberal, como The Atlantic o, incluso el New York Times alineado con la vieja guardia demócrata (que con sus gobiernos ayudó a forjar Make America Great Again) llama a estas políticas “socialismo de consumo”, actualizando el viejo rótulo de “socialistas de alcantarilla” [sewer socialism], con el que señalaba la izquierda a los socialistas que gobernaron Milwaukee, una ciudad en Wisconsin, a principios del siglo pasado, por construir un buen sistema de alcantarillado en lugar de combatir el capitalismo. Cuando Mamdani celebró los primeros cien días de gobierno recogió el guante: “Nueva York tiene cien mil baches y no estamos tan ocupados para no rellenarlos; pasamos del ”socialismo de alcantarilla“ a la ”política de baches“. Al contrario que los estudiantes del mayo francés, Mamdani no cree que debajo de los adoquines esté la playa.

Como no puede ser de otro modo, para la derecha que no excluye a demócratas y buena parte del sector inmobiliario, Mamdani es sinónimo de todo lo que está mal y comparten con Trump que se enfrentan a un “lunático comunista”. El billonario John Catsimatidis, dueño de una gran cadena de supermercados, afirma que “Fidel Castro tenía la misma sonrisa”. Ni él ha cerrado ninguna tienda ni nadie de quienes lo prometieron si Mamdani ganaba, abandonaron la capital financiera del mundo.

El alcalde no deja de citar a Nelson Mandela, F. D. Roosevelt, Toni Morrison y Aristóteles ni de reunirse contantemente con todos los que le ayudaron a ganar: musulmanes y sudasiáticos, inquilinos de barrios pobres, jóvenes y demócratas que se oponen a la guerra de Israel en Gaza. Cuando se le pregunta ante la empresa que tiene por delante desde su condición de socialista: “No tengo miedo de mis propias ideas”.

Más allá de la amplia gama de ideologías que ha reunido el alcalde bajo el paraguas del DSA, en las que no faltan tendencias revolucionarias, este joven musulmán cree que todos pueden converger en la creencia de que la socialdemocracia aún puede dar muestras de vitalidad en el siglo XXI.

Zohran Mamdani tenía todas las posibilidades de sentarse con la vieja guardia del partido en Camelot y ser uno más en la mesa redonda. No le hubiera ido mal. Pero como en el poema de Robert Frost, entre dos caminos ha elegido el menos transitado, el más difícil. De momento, esta decisión está haciendo la diferencia.