Abascal, la testosterona y un capítulo cerrado

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El Congreso de los Diputados es ese lugar donde a veces se escuchan palabras gruesas y nadie se sorprende. Tan acostumbradas están sus señorías al verbo inflamado, el insulto, la bronca o la descalificación que casi todo suena ya igual… Pero llega un día en que Abascal habla de sus “experiencias placenteras” a costa de la testosterona y, entonces, en los escaños se observan caras de perplejidad, en las bancadas se escuchan aplausos y en las tribunas se preguntan qué derroteros puede tomar el debate y qué carajo tiene que pasar por la cabeza de un líder político para presumir desde la tribuna de sus vivencias a costa de la creadora de la energía y el impulso sexual. 

La testosterona de Santiago Abascal se coló en la comparecencia de Pedro Sánchez para hablar del escándalo Pegasus durante el cara a cara entre el presidente del Gobierno y el líder de Vox, que criticó a su oponente por “criminalizar una hormona” y hasta le llegó a preguntar si tenía algún trauma con ella. La psicología política daría para mucho, y no solo en el caso del presidente del Gobierno, que antes de la fanfarronada de Abascal había calificado la intervención de su interlocutor como “un alarde más de testosterona”. Y, claro, lejos de amilanarse, el portavoz de los ultras se vino tan arriba en la respuesta que, luego, en los pasillos alguien recordaba aquello de dime de qué presumes y te diré de qué careces.

Presumir también presumió lo suyo Pedro Sánchez, que dedicó sus 20 primeros minutos de intervención no al escándalo del espionaje, sino a recordar la retahíla de casos de corrupción que acumulaba el PP solo para contraponer aquella etapa en la que putrefacción política estaba en los primeros puestos de la lista de preocupaciones ciudadanos con la de un Gobierno, el suyo, “social y ejemplar”. 

Y ya metido en la harina de la descomposición, a la corrupción financiera [Gürtel] y a la corrupción política [Kitchen], el presidente acusó a la derecha española también de corrupción democrática, que es la de “no aceptar el resultado de las urnas o califica como ilegítimo cualquier Gobierno que no sea el suyo”. Algo de eso ha habido desde que empezó la Legislatura, aunque no era ese el objeto de un pleno que sirvió como anticipo de lo que se escuchará, seguro, durante el Debate de la Nación que se celebrará en julio.

A las puertas de un nuevo ciclo electoral que arranca en Andalucía el próximo 19J, quedó constancia de que el Gobierno ha pasado a la ofensiva e  hizo del ataque a la derecha su mejor defensa porque, más allá de desvincularse de las escuchas a los líderes independentistas y anunciar dos reformas legislativas -CNI y Secretos Oficiales-, poca o ninguna explicación ofreció Sánchez sobre lo ocurrido. Ni de quién puede estar detrás de las vigilancias a los otros 40 nombres vinculados al independentismo que no han sido reconocidas por el Centro Nacional de Inteligencia -tampoco de la que le afectó a él y a algunos de sus ministros-,  ni de los motivos del cese de la directora de los servicios secretos, ni de qué le ha impulsado a anunciar dos modificaciones legales cuando su versión es que todo se ha hecho desde “el respeto absoluto y escrupuloso a la  legalidad democrática”. Dos reformas comprometidas pero que la oposición califica de recorrido incierto tanto por la posible falta de apoyos para que salgan adelante como por lo avanzada que está ya la Legislatura.

En todo caso, en La Moncloa dan ya por finiquitado el escándalo porque están convencidos de que el asunto, por grave y escandaloso que sea, “ni está en el debate social ni le ha supuesto la más mínima erosión en los sondeos”. Cuestión distinta es el boquete que le ha abierto en las relaciones con sus socios parlamentarios, que salieron aún más descreídos de lo que entraron al pleno, pese a que Sánchez proclamó su determinación para seguir por la senda del diálogo con el independentismo catalán. 

Capítulo cerrado, sí, para el Gobierno, pero “cierre en falso”, en palabras del peneuvista Aitor Esteban, de un escándalo democrático cuya respuesta no ha calmado el malestar de los aliados nacionalistas. Será porque en política, como en la vida, es complicado nadar y guardar la ropa, que es lo que hizo Sánchez al solidarizarse con los que pudieron ser espiados ilegalmente y a la vez defender la actuación de los servicios secretos. 

De momento, Aragonés sigue sin facilitar la fecha para su entrevista con Sánchez y cuanto más habla el presidente de  diálogo, más amenazan los republicanos con un final abrupto.  Veremos...

El Congreso de los Diputados es ese lugar donde a veces se escuchan palabras gruesas y nadie se sorprende. Tan acostumbradas están sus señorías al verbo inflamado, el insulto, la bronca o la descalificación que casi todo suena ya igual… Pero llega un día en que Abascal habla de sus “experiencias placenteras” a costa de la testosterona y, entonces, en los escaños se observan caras de perplejidad, en las bancadas se escuchan aplausos y en las tribunas se preguntan qué derroteros puede tomar el debate y qué carajo tiene que pasar por la cabeza de un líder político para presumir desde la tribuna de sus vivencias a costa de la creadora de la energía y el impulso sexual. 

La testosterona de Santiago Abascal se coló en la comparecencia de Pedro Sánchez para hablar del escándalo Pegasus durante el cara a cara entre el presidente del Gobierno y el líder de Vox, que criticó a su oponente por “criminalizar una hormona” y hasta le llegó a preguntar si tenía algún trauma con ella. La psicología política daría para mucho, y no solo en el caso del presidente del Gobierno, que antes de la fanfarronada de Abascal había calificado la intervención de su interlocutor como “un alarde más de testosterona”. Y, claro, lejos de amilanarse, el portavoz de los ultras se vino tan arriba en la respuesta que, luego, en los pasillos alguien recordaba aquello de dime de qué presumes y te diré de qué careces.

Presumir también presumió lo suyo Pedro Sánchez, que dedicó sus 20 primeros minutos de intervención no al escándalo del espionaje, sino a recordar la retahíla de casos de corrupción que acumulaba el PP solo para contraponer aquella etapa en la que putrefacción política estaba en los primeros puestos de la lista de preocupaciones ciudadanos con la de un Gobierno, el suyo, “social y ejemplar”. 

Y ya metido en la harina de la descomposición, a la corrupción financiera [Gürtel] y a la corrupción política [Kitchen], el presidente acusó a la derecha española también de corrupción democrática, que es la de “no aceptar el resultado de las urnas o califica como ilegítimo cualquier Gobierno que no sea el suyo”. Algo de eso ha habido desde que empezó la Legislatura, aunque no era ese el objeto de un pleno que sirvió como anticipo de lo que se escuchará, seguro, durante el Debate de la Nación que se celebrará en julio.

A las puertas de un nuevo ciclo electoral que arranca en Andalucía el próximo 19J, quedó constancia de que el Gobierno ha pasado a la ofensiva e  hizo del ataque a la derecha su mejor defensa porque, más allá de desvincularse de las escuchas a los líderes independentistas y anunciar dos reformas legislativas -CNI y Secretos Oficiales-, poca o ninguna explicación ofreció Sánchez sobre lo ocurrido. Ni de quién puede estar detrás de las vigilancias a los otros 40 nombres vinculados al independentismo que no han sido reconocidas por el Centro Nacional de Inteligencia -tampoco de la que le afectó a él y a algunos de sus ministros-,  ni de los motivos del cese de la directora de los servicios secretos, ni de qué le ha impulsado a anunciar dos modificaciones legales cuando su versión es que todo se ha hecho desde “el respeto absoluto y escrupuloso a la  legalidad democrática”. Dos reformas comprometidas pero que la oposición califica de recorrido incierto tanto por la posible falta de apoyos para que salgan adelante como por lo avanzada que está ya la Legislatura.

En todo caso, en La Moncloa dan ya por finiquitado el escándalo porque están convencidos de que el asunto, por grave y escandaloso que sea, “ni está en el debate social ni le ha supuesto la más mínima erosión en los sondeos”. Cuestión distinta es el boquete que le ha abierto en las relaciones con sus socios parlamentarios, que salieron aún más descreídos de lo que entraron al pleno, pese a que Sánchez proclamó su determinación para seguir por la senda del diálogo con el independentismo catalán. 

Capítulo cerrado, sí, para el Gobierno, pero “cierre en falso”, en palabras del peneuvista Aitor Esteban, de un escándalo democrático cuya respuesta no ha calmado el malestar de los aliados nacionalistas. Será porque en política, como en la vida, es complicado nadar y guardar la ropa, que es lo que hizo Sánchez al solidarizarse con los que pudieron ser espiados ilegalmente y a la vez defender la actuación de los servicios secretos. 

De momento, Aragonés sigue sin facilitar la fecha para su entrevista con Sánchez y cuanto más habla el presidente de  diálogo, más amenazan los republicanos con un final abrupto.  Veremos...

El Congreso de los Diputados es ese lugar donde a veces se escuchan palabras gruesas y nadie se sorprende. Tan acostumbradas están sus señorías al verbo inflamado, el insulto, la bronca o la descalificación que casi todo suena ya igual… Pero llega un día en que Abascal habla de sus “experiencias placenteras” a costa de la testosterona y, entonces, en los escaños se observan caras de perplejidad, en las bancadas se escuchan aplausos y en las tribunas se preguntan qué derroteros puede tomar el debate y qué carajo tiene que pasar por la cabeza de un líder político para presumir desde la tribuna de sus vivencias a costa de la creadora de la energía y el impulso sexual. 

La testosterona de Santiago Abascal se coló en la comparecencia de Pedro Sánchez para hablar del escándalo Pegasus durante el cara a cara entre el presidente del Gobierno y el líder de Vox, que criticó a su oponente por “criminalizar una hormona” y hasta le llegó a preguntar si tenía algún trauma con ella. La psicología política daría para mucho, y no solo en el caso del presidente del Gobierno, que antes de la fanfarronada de Abascal había calificado la intervención de su interlocutor como “un alarde más de testosterona”. Y, claro, lejos de amilanarse, el portavoz de los ultras se vino tan arriba en la respuesta que, luego, en los pasillos alguien recordaba aquello de dime de qué presumes y te diré de qué careces.