Babylon (o la cultura que parasita a los pobres)

14 de marzo de 2023 22:33 h

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A finales de 2022 se publicaba un estudio en la Asociación Británica de Sociología sobre movilidad social en profesiones creativas. Sus conclusiones: el número de actores, músicos y escritores provenientes de la clase trabajadora se habría reducido a la mitad desde los años setenta. Si por entonces estaba en un 16.4%, ahora estaría en un 7.9%. Lo publicó The Guardian y no sorprendió a nadie. A lo mejor lo miramos, con pesar, como la constatación de algo que ya sabíamos todos, y lo compartimos, y hablamos, y luego de vuelta cada uno a sus quehaceres, y quizá lo compartimos y hablamos con fervor preciso si esos quehaceres implicaban seguir pagando el alquiler, currar, no contar con una red infinita de padres ricos y pisos caros en propiedad, pero luego volvimos a naturalizarlo, hibernando hasta que surja el próximo artículo que nos diga que la misma circunstancia se ha agravado una vez más.

La filósofa Chantal Jaquet ha dedicado buena parte de su producción a la cuestión «transclasse» para tratar aquellos procesos, y no identidades, en los cuales en la clase de origen se ve modificada irremediablemente por sus circunstancias. Ella la prefiere a la noción más clásica del tránsfuga o traidor de clase, del análisis típico o negativo del arribista ambicioso. Ernaux, por ejemplo, afirma querer con su escritura vengar su raza. Lo autobiográfico en Didier Eribon es de alguna manera otro proceso de la misma índole, como se da también en la obra de Édouard Louis. Allí, los sentimientos se entremezclan: culpa, orgullo, tensión.

Toda la crítica sobre la última película de Damien Chazelle, «Babylon» –añado: quizá una de mis películas favoritas de la cosecha de 2022– se ha centrado en su representación de los excesos del Hollywood del cine mudo, en rodajes temerarios, cocaína, fiestas y elefantes que irrumpen en medio de la vorágine. La película es larga, intensa, excesiva y rimbombante, como una inmensa resaca, y es fácil quedarse en esas expresiones. Pero también contiene, y fue de las cosas que más me interesaron, un retrato finísimo del hábito de clase y de las resistencias de la costumbre heredada a desaparecer.

Babylon es el retrato de un expolio: de lo que hace una industria con quienes entran en ella desde la nada, de aquello que les extrae, de cómo se beneficia de ellos, y de lo que les sucede después, sea que acaben en la locura, sea que terminen escogiendo el suicidio. Son capas y capas de crueldad escénica y trabajo entendido como tripalium, instrumento de goce, lujo y tortura. 

La industria incorpora y parasita a los negros que inventan el jazz, forzándoles a conformarse a un estándar que ella misma crea; se nutre de los sueños de quienes nada tienen para alzarse con sus fuerzas y luego romper una creación popular y estruendosa –como el cine mismo– cuando este se convierte en un negocio. Muchos de los protagonistas empiezan siendo pobres como ratas. Y este es su pecado mortal, su gran lacra, lo que arrastran hasta el final: el hambre y la sed de quienes no han tenido nada, han sido conducidos por el huracán a tenerlo todo y se han destruido a sí mismos en el proceso.

No quería que fuera necesario ver la película para leer este texto. Y tampoco destriparla; si acaso dar ganas, quizás, de ir al cine. En un momento de la película, convertida en una estrella en decadencia, una de las protagonistas es llevada de la manita, cual menor tutelada, porque ha de venderse ante los mejores postores del nuevo Hollywood con sonido. Su descaro era encantador en el cine mudo; con micrófonos resulta torpe, chirriante. En el fondo, se nota su origen. Y ella soporta todo un entramado de comentarios y referencias culturales, insoportables y pedantes insinuaciones sobre Proust, por parte de quienes ahora habitan el mundo del cine que era suyo: inversores, aristócratas, que lo han convertido en una máquina o han hecho que se dé cuenta de su carácter maquínico al quedar ya tan lejos la audiencia popular. Aguanta y sonríe, se calla, se siente imbécil y pobre. Hasta que explota y desvela lo que es, lo que ha sido, lo que era su madre; rompe las falsas apariencias de un mundo edificado sobre la miseria que se erige en falso esplendor, trajes y vestidos que se devolverán, galas de millones con curritos que a duras penas viven o devuelven las letras al banco.

A la cultura le encanta un buen pobre, un pobre con una historia de superación, con ambición, con fortaleza, que haya hecho frente a sus circunstancias. A toda industria le encantan las ilusiones perdidas que retrataba Balzac en los mundos periodísticos y literarios del XIX y que no tanto han cambiado desde entonces. Hay sitio para la clase trabajadora en la industria, sí, pero sólo entre un 10 y un 7%, y mejor si se ha asimilado, si no lo aparenta, si no tiene tics o dentaduras imperfectas. En Babylon, queda retratada una extracción de la fuerza de trabajo particularmente cruel: la que convierte al proletario en un ídolo, un trofeo, un dios… mientras lo destruye.

La realidad, y la película lo enseña de forma inteligente, no es tanto la pompa y esplendor de las galas como la miseria de los freelance, la precariedad o la ausencia de tiempo ni aunque sea para respirar. Babylon –único spoiler, o casi– empieza con unos obreros transportando el elefante a esa lujosísima fiesta y con las heces de ese mismo elefante derramándose en catarata por sus caras. Es bastante soez y explícito, pero se parece bastante a todo lo que viene después, aunque después esté revestido de símbolos, metáforas, mayores sutilezas. Toda industria se pararía sin el trabajo de aquellos a quienes parasita. No hace falta que en Babel se cercenen mil lenguas, porque las de esta ya estaban marcadas por su clase desde el principio. Sus tránsitos posteriores son otra cosa: lleguen en carruaje, en medio de una fiesta o en un elefante.