Bajar impuestos para que se muera tu madre

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En política económica suele haber una norma que se cumple de manera radical: cuando no hay ingresos suficientes en impuestos para soportar el gasto social se recortan derechos y prestaciones que puedan hacer asumible la cuadratura de las cuentas públicas. Siempre que escuches a un partido o dirigente político presumir de impuestos bajos o pedir reducciones generalizadas tienes que asumir que a cambio existirá una merma en los servicios públicos o en algunas prestaciones que suelen ser las que usan aquellos que tienen más necesidad de la protección del Estado. Las bajadas para los ricos son recortes para los pobres. Matemáticas de primaria.

Esta semana hemos visto cómo Isabel Díaz Ayuso promovía un informe sobre impuestos bajos en la Comunidad de Madrid que había creado Daniel Lacalle, el gurú anarcoliberal con más fallos que el test de autoescuela de un primerizo, y que había difundido el panfleto de la gusanera venezolana rentista del Barrio de Salamanca con vestidores que tienen más metros cuadrados que una manzana de Lavapiés. El informe de parte sirvió una vez más para difundir la falacia liberal de que a bajos impuestos se recauda más y se activa la economía sin necesidad de reducir servicios públicos. El problema aparece cuando la propaganda se tiene que confrontar con la realidad de quién sí usa los servicios públicos. La Comunidad de Madrid anunciaba después que reducía la frecuencia de los trenes de Metro en un 10% debido al alto coste de la electricidad. Esa es la lógica consecuencia de sus políticas, deteriora el servicio del transporte público que usan los más pobres y vulnerables para gastar menos y así poder bajar los impuestos a los más ricos, que no montan en metro. Por eso para ellos siempre Madrid es un poco mejor, porque los recursos derivados de las tasas se invierten en lo que ellos usan y necesitan y los recortes se dan en aquellos servicios destinados a los más vulnerables. Es normal que los ricos adoren a Ayuso, no es tan normal que lo haga quien necesita de unos servicios públicos robustos. La batalla sobre el relato fiscal la están ganando por aplastamiento. 

Tarde o temprano vivirás las consecuencias de esta dinámica fiscal. Todos y cada uno de los ciudadanos en algún momento de vuestra vida vais a necesitar un tratamiento, una prueba, una operación o una estancia hospitalaria que no podrás pagar si no estuviera cubierta por la cartera de servicios básicos de la sanidad pública. Es ley de vida. La necesitarás, verás cómo algún familiar la necesitará. Puede que esté ocurriendo en este mismo momento. No es un recurso retórico. Es un hecho. La sanidad pública sirve para que cuando recibes el golpe de un diagnóstico de cáncer, o de algún tipo de enfermedad con capacidad letal, no tengas además que preocuparte por cómo vas a pagar el tratamiento. No hay una angustia añadida sobre el sufrimiento y el pesar de recibir esa noticia y la incertidumbre sobre el devenir de la enfermedad. 

No tener que pensar en las posibilidades de supervivencia por los ceros que existan en tu cuenta corriente es posible gracias a la declaración de la renta. La tuya, y la de aquellos que más tienen que cada día pagan menos gracias a las políticas esquilmadoras de lo público que defiende Ayuso y que se han convertido en el núcleo fundamental de las políticas de Alberto Núñez Feijóo. Puede parecer un horizonte lejano aquel que haga que la sanidad pública no aporte tratamientos caros para curar enfermedades graves, pero es un camino que se aproxima con el discurso tóxico contra los impuestos. No es una situación imposible, porque ya ha ocurrido, el Partido Popular se negó de manera sistemática a incluir el tratamiento de curación de la hepatitis por su alto coste y durante la lucha para lograr incluirlo, hasta que se logró, hubo muchas personas que murieron esperando. Estos días mi madre está recibiendo un tratamiento farmacológico puntero contra el cáncer que tiene un coste de 4.000 euros al mes. No podríamos haberlo pagado ni juntando los recursos de toda la familia. Ella tiene una oportunidad gracias a los servicios públicos, a los impuestos, a la cooperación entre iguales. Hay mucho adorno retórico con el discurso fiscal, pero al final del camino hay una sentencia cruda pero certera: bajar impuestos sirve para que se muera tu madre. 

En política económica suele haber una norma que se cumple de manera radical: cuando no hay ingresos suficientes en impuestos para soportar el gasto social se recortan derechos y prestaciones que puedan hacer asumible la cuadratura de las cuentas públicas. Siempre que escuches a un partido o dirigente político presumir de impuestos bajos o pedir reducciones generalizadas tienes que asumir que a cambio existirá una merma en los servicios públicos o en algunas prestaciones que suelen ser las que usan aquellos que tienen más necesidad de la protección del Estado. Las bajadas para los ricos son recortes para los pobres. Matemáticas de primaria.

Esta semana hemos visto cómo Isabel Díaz Ayuso promovía un informe sobre impuestos bajos en la Comunidad de Madrid que había creado Daniel Lacalle, el gurú anarcoliberal con más fallos que el test de autoescuela de un primerizo, y que había difundido el panfleto de la gusanera venezolana rentista del Barrio de Salamanca con vestidores que tienen más metros cuadrados que una manzana de Lavapiés. El informe de parte sirvió una vez más para difundir la falacia liberal de que a bajos impuestos se recauda más y se activa la economía sin necesidad de reducir servicios públicos. El problema aparece cuando la propaganda se tiene que confrontar con la realidad de quién sí usa los servicios públicos. La Comunidad de Madrid anunciaba después que reducía la frecuencia de los trenes de Metro en un 10% debido al alto coste de la electricidad. Esa es la lógica consecuencia de sus políticas, deteriora el servicio del transporte público que usan los más pobres y vulnerables para gastar menos y así poder bajar los impuestos a los más ricos, que no montan en metro. Por eso para ellos siempre Madrid es un poco mejor, porque los recursos derivados de las tasas se invierten en lo que ellos usan y necesitan y los recortes se dan en aquellos servicios destinados a los más vulnerables. Es normal que los ricos adoren a Ayuso, no es tan normal que lo haga quien necesita de unos servicios públicos robustos. La batalla sobre el relato fiscal la están ganando por aplastamiento. 

Tarde o temprano vivirás las consecuencias de esta dinámica fiscal. Todos y cada uno de los ciudadanos en algún momento de vuestra vida vais a necesitar un tratamiento, una prueba, una operación o una estancia hospitalaria que no podrás pagar si no estuviera cubierta por la cartera de servicios básicos de la sanidad pública. Es ley de vida. La necesitarás, verás cómo algún familiar la necesitará. Puede que esté ocurriendo en este mismo momento. No es un recurso retórico. Es un hecho. La sanidad pública sirve para que cuando recibes el golpe de un diagnóstico de cáncer, o de algún tipo de enfermedad con capacidad letal, no tengas además que preocuparte por cómo vas a pagar el tratamiento. No hay una angustia añadida sobre el sufrimiento y el pesar de recibir esa noticia y la incertidumbre sobre el devenir de la enfermedad. 

No tener que pensar en las posibilidades de supervivencia por los ceros que existan en tu cuenta corriente es posible gracias a la declaración de la renta. La tuya, y la de aquellos que más tienen que cada día pagan menos gracias a las políticas esquilmadoras de lo público que defiende Ayuso y que se han convertido en el núcleo fundamental de las políticas de Alberto Núñez Feijóo. Puede parecer un horizonte lejano aquel que haga que la sanidad pública no aporte tratamientos caros para curar enfermedades graves, pero es un camino que se aproxima con el discurso tóxico contra los impuestos. No es una situación imposible, porque ya ha ocurrido, el Partido Popular se negó de manera sistemática a incluir el tratamiento de curación de la hepatitis por su alto coste y durante la lucha para lograr incluirlo, hasta que se logró, hubo muchas personas que murieron esperando. Estos días mi madre está recibiendo un tratamiento farmacológico puntero contra el cáncer que tiene un coste de 4.000 euros al mes. No podríamos haberlo pagado ni juntando los recursos de toda la familia. Ella tiene una oportunidad gracias a los servicios públicos, a los impuestos, a la cooperación entre iguales. Hay mucho adorno retórico con el discurso fiscal, pero al final del camino hay una sentencia cruda pero certera: bajar impuestos sirve para que se muera tu madre. 

En política económica suele haber una norma que se cumple de manera radical: cuando no hay ingresos suficientes en impuestos para soportar el gasto social se recortan derechos y prestaciones que puedan hacer asumible la cuadratura de las cuentas públicas. Siempre que escuches a un partido o dirigente político presumir de impuestos bajos o pedir reducciones generalizadas tienes que asumir que a cambio existirá una merma en los servicios públicos o en algunas prestaciones que suelen ser las que usan aquellos que tienen más necesidad de la protección del Estado. Las bajadas para los ricos son recortes para los pobres. Matemáticas de primaria.

Esta semana hemos visto cómo Isabel Díaz Ayuso promovía un informe sobre impuestos bajos en la Comunidad de Madrid que había creado Daniel Lacalle, el gurú anarcoliberal con más fallos que el test de autoescuela de un primerizo, y que había difundido el panfleto de la gusanera venezolana rentista del Barrio de Salamanca con vestidores que tienen más metros cuadrados que una manzana de Lavapiés. El informe de parte sirvió una vez más para difundir la falacia liberal de que a bajos impuestos se recauda más y se activa la economía sin necesidad de reducir servicios públicos. El problema aparece cuando la propaganda se tiene que confrontar con la realidad de quién sí usa los servicios públicos. La Comunidad de Madrid anunciaba después que reducía la frecuencia de los trenes de Metro en un 10% debido al alto coste de la electricidad. Esa es la lógica consecuencia de sus políticas, deteriora el servicio del transporte público que usan los más pobres y vulnerables para gastar menos y así poder bajar los impuestos a los más ricos, que no montan en metro. Por eso para ellos siempre Madrid es un poco mejor, porque los recursos derivados de las tasas se invierten en lo que ellos usan y necesitan y los recortes se dan en aquellos servicios destinados a los más vulnerables. Es normal que los ricos adoren a Ayuso, no es tan normal que lo haga quien necesita de unos servicios públicos robustos. La batalla sobre el relato fiscal la están ganando por aplastamiento.