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Las brechas digitales, ¿las cierra el dinero o la educación?

Ilustración de Quan Zhou sobre la brecha digital

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Málaga ahora está en boca de todos: boom económico, boom turístico, boom tecnológico (Google va a abrir su sede de ciberseguridad)… Boom para todos, menos para las y los malagueños. 

El salario medio malagueño es de 17.500€ anuales aproximadamente, según CCOO (casi 3.400 menos que la media española) y el paro juvenil (menores de 30 años) es del 24,4%, según el Observatorio Argos de la Junta de Andalucía. Los pisos de alquiler que costaban 350€ o 400€ al mes hace tiempo que volaron; los precios de Málaga hoy son los precios de Madrid antes de la inflación, pero sin los sueldos de Madrid de ayer ni de hoy.

Pero si hay boom de la industria tecnológica, ¿podría la juventud malagueña (y los no tan jóvenes) trabajar en las tecnológicas que están llegando y desarrollándose en Málaga?

Si quieres desarrollar tu carrera en algún oficio tecnológico, las opciones suelen ser limitadas y concentradas en el ámbito privado. En lo público, encuentras carreras como la de ingeniería informática, pero, tras estudiar mucho cuatro años, te gradúas... un poco desfasado para los empleos tecnológicos de hoy.

La velocidad a la que avanza la tecnología ha hecho avanzar también la educación en la propia tecnología: puedes formarte en la comodidad de tu casa con cursos online y youtube o hacer un bootcamp de desarrollo de software, data science o similar… Los bootcamps son cursos hiperintensos en los que te redirigen la carrera, están enfocados para salir con trabajo en la mano (lo ponen en su propuesta de valor: “ferias de trabajo”, “empleabilidad del 95%+”, etc). El pero, porque siempre hay un pero, es su precio. Precios de masters privados para dos o tres meses de formación, entre 6.000 y 7.000€. Y, mientras en 2017 era casi seguro encontrar trabajo nada más terminar (yo hice uno, y salí con tres trabajos para elegir), la realidad del 2023 es que ya llegó la calma, y más si vives fuera de las capitales. ¿Pedirías un préstamo y excedencia del trabajo (o inclusive dejarlo) para hacer un bootcamp, sabiendo que en los próximos meses después de terminarlo vas a seguir en el paro o tu situación no mejorará?

Uno de los bootcamps más de moda en España, ISDI, intentó instalarse en Málaga para enseñar programación (digo intentó, porque ya cerró). Un exalumno me contó que la primera edición de Málaga se canceló porque eran solo cinco inscritos; los que querían seguir estudiando tenían que desplazarse a Madrid (solo dos pudieron asumir ese costo). Cuatro meses después de terminar el bootcamp en la capital, solo una persona de su clase encontró trabajo, y comenta que no hubo muchos esfuerzos por parte de la escuela en facilitarles la inserción al mercado laboral. Considerando el perfil que accede a estos masters exprés –gente de alrededor de 30 años de edad que quiere escalar o reciclar su carrera, que tiene responsabilidades económicas, que ha pedido préstamos económicos o ha invertido ahorros, además de excedencias o vacaciones para poder estudiar–, a estas personas normalmente les supone un verdadero ahogo pasar medio año (o quizás más) sin ningún ingreso económico. Otro exalumno opina que, aunque la educación fue de muy alto nivel, se lo atribuye al profesor, y que si hubiera sabido que estaría meses parado, lo hubiera pensado mucho más antes de hacer el bootcamp.

Quizás el mensaje con el que se queda la gente es que hay empleos para quien pueda pagarlos, y que lo que cierra la brecha digital es el dinero, no la educación.

¿Y entonces? ¿Dónde queda lo universal y gratuito? ¿Relegado al ámbito de formación desfasada?

Lorena Fernandez, de la universidad de Deusto y mentora en InspiraSTEAM, comenta que ya hay nuevos modelos de educación gratuita: los MOOC (Massive Open Online Course), cursos gratuitos online y accesibles ofrecidos por universidades como la Autónoma de Madrid o, incluso, el MIT de EEUU. También, espacios físicos como el Campus 42, que enseña programación y ofrece educación subvencionada por la Fundación Telefónica, lo que resulta en gratuidad para quienes sean aceptados en el programa. 

El Campus 42 tiene una metodología innovadora, sin profesores y a tu ritmo. A cambio, piden un alto compromiso del alumnado. Tienen una prueba de acceso llamada piscina de 26 días. En el 42 hay que echarle ganas y trabajar de forma comunitaria. Su director, Luís Quero, dice: “Aquí, la educación gira en torno a lo que se van a encontrar en el mercado laboral. Nadie va a guiarlos en nada, en la programación hay mucho de buscarse la vida”.

Si no haces comunidad, no hay forma de que nadie te corrija tus proyectos, y si no entregas, no ganas más tiempo para seguir en el programa (un poco como 'El juego del calamar' de Netflix, si pasas los juegos tienes más tiempo).

¿La demanda? Las piscinas se suelen llenar con 200 solicitantes; además, la dirección del 42 pone especial énfasis en la diversidad de edad, género y racial. Por ejemplo, en la última piscina entró una persona de 71 años, aunque la media de edad sea 30. Son casi 600 estudiantes; del total, el 17% son de origen extranjero y el 21%, mujeres (con expectativa de crecer). Y sí, ofrecen un 100% de empleabilidad.

Leila, de 18 años, lleva unos meses estudiando en el 42 “Mi entorno familiar es muy problemático, con lo cual tengo que compaginar estudiar y trabajar porque me independicé pronto. No me veía estudiando una carrera, mucha gente de la que conozco ni trabaja en lo que estudió. Si esto no fuera gratuito, no podría estudiar”. En la importancia de la gratuidad la secunda otra estudiante. Rosalía, de 52 años, cuenta que toda su vida laboral ha sido precaria, trabajando temporalmente de formadora para personas en el paro. Sin vacaciones, sin jubilación. “A mí siempre me gustó el código, esto es el último cartucho para conseguir continuidad en mi vida laboral y poderme jubilar. Claramente, si no fuera gratuito no podría hacerlo, ni esto llegaría a una masa crítica importante”. Además, comenta que el nivel de salida una vez terminados los proyectos del common core (lo obligatorio) es de una ingeniería de software.

En las provincias hay talento. En Málaga hay talento y también empleo en las tecnológicas, pero a difícil alcance de los y las malagueñas, teniéndose que importar mano de obra extranjera y, además, mejor pagada. Es cuanto menos mezquino que el derecho a la educación pública y gratuita no incluya formación tecnológica actual. Nos da miedo la Inteligencia Artificial (AI), nos sentimos fácilmente sustituidas por ella, pero a la vez hay escasos recursos formativos accesibles. Hay múltiples brechas digitales que cerrar: la generacional, la de género, la geográfica… y la responsabilidad no debería de ser únicamente individual. Tenemos que crear más infraestructuras educativas accesibles y fuertes, para que todas y todos estemos preparados para esos trabajos del futuro que ya están aquí. 

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