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Cachitos de democracia: apuntes para medio siglo de crónica sentimental

9 de mayo de 2026 22:07 h

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No sé si existe eso que llamamos memoria sentimental, pues en una sociedad conviven muchas memorias, a veces contrapuestas. Esta es la de alguien que ha nacido en 1974, se ha criado en Extremadura en una familia obrera y de izquierdas, y que llegó a la edad adulta en el Madrid del cambio de siglo. Quienes tengan más o menos años, hayan vivido otras realidades familiares o en otros territorios, seguramente tengan su propia memoria sentimental. Pero creo que hay elementos compartidos por una mayoría social en un tiempo y lugar. Son los que intento recoger aquí, década a década.

1981

¡Chanquete ha muerto!

Españoles, Franco ha muerto. Españoles, Chanquete ha muerto. La Transición se abre con una muerte y se cierra con otra. Las dos anunciadas en televisión, las dos recibidas con gran conmoción. Fin del paralelismo. En términos políticos podemos discutir si la Transición termina en realidad con la aprobación de la Constitución, el golpe de Tejero o la victoria socialista. En términos populares no ofrece discusión: ‘Verano azul’ es la bisagra entre dos tiempos. Hasta aquí la Transición, a partir de aquí la democracia. Silba un poquito la sintonía antes de seguir leyendo.

La mítica serie de Antonio Mercero tenía algo de ingeniería social: capítulo tras capítulo sus tramas daban carta de naturaleza a transformaciones que ya estaban en marcha, imparables pero que encontraban todavía fuertes resistencias: voto ciudadano, protesta social, divorcio, madres solteras, emancipación de la mujer, especulación inmobiliaria, enfrentamientos generacionales… Todo en versión suave, para todos los públicos, que nadie se molestase. Una serie donde los policías eran bonachones (aquel entrañable Barrilete); y que reinterpretó y desactivó un clásico canto de la lucha obrera (“No nos moverán”).

Con Verano azul, estrenada en octubre de 1981, se acabaron las vacaciones políticas como se acaban las vacaciones de la pandilla en Nerja, fin al tiempo de aventura y experimento que fue la Transición. Y con ella empieza la democracia, un tiempo de convivencia pacífica que se quería guiado por el sentido común, la calma y la sabiduría mediadora de un Chanquete.

Los 80

Ni la madre que la parió

A España, tras la victoria socialista del 82, no la iba a conocer ni la madre que la parió, profetizó Alfonso Guerra. Y en efecto la década de los ochenta fue una fuerte sacudida en la España todavía tardofranquista. La década prodigiosa para algunos, el desencanto para otros, arrasó astilleros y siderurgias en la reconversión industrial, barrios enteros con la heroína y más de 400 vidas a manos de ETA. Los obreros levantaban barricadas en carreteras y polígonos, y los estudiantes se enfrentaban a pedradas con la policía mientras el icónico Cojo Manteca rompía mobiliario urbano con la muleta. Los ochenta se llevaron también parte del ideario del PSOE, que una vez en el gobierno moderó sus posiciones (“OTAN, de entrada no”), se tragó sucesivos sapos ideológicos (la educación concertada) y dejó la economía en manos de un neoliberal: Miguel Boyer. Su relación con Isabel Preysler (ex de Julio Iglesias y del Marqués de Griñón) mezcló la política con la prensa rosa, y fue emblema de la ‘Beautiful People’: el coqueteo del socialismo gobernante con las clases altas y el poder financiero, para estupor de sus votantes más obreristas, que todavía tenían en la pared aquel póster naif dibujado por José Ramón Sánchez.

Los 80 son la zona cero de toda la chatarra nostálgica que todavía hoy nos enternece: la generación EGB, ‘La Bola de Cristal’, Naranjito, el 12-1 a Malta, la muerte de Chanquete...

Pero las palabras de Guerra se referían a la modernización de un país que se sacudía el atraso de décadas. Nuestros ochenta fueron lo que los sesenta a otros países occidentales, ya que no habíamos tenido revoluciones culturales y sociales en 1968. Había que acelerar para que la histórica entrada en la Comunidad Económica Europea no fuese un mero trámite: decir adiós al ‘Spain is different’. Mientras crecía la población universitaria y todavía funcionaba el hoy añorado ascensor social, los jóvenes daban salida a su rebeldía por la vía cultural, sobre todo musical.

La Movida puso la dosis justa de transgresión y radicalidad, pero sin pasarse: centralizada sobre todo en Madrid (con episodios locales), pronto institucionalizada y patrocinada por los socialistas (con el alcalde Tierno diciendo aquello tan loco de “el que no esté colocado, que se coloque”), la Movida excitaba (y despolitizaba) a los jóvenes y espantaba a los viejos, mientras opacaba una contracultura mucho más transgresora y menos publicitada. Ajenos a la Movida eran también quienes se integraban en tribus urbanas, tema habitual de la prensa de la época con su dosis de pánico moral. Por no hablar de los últimos quinquis que dejaron huella en barrios marcados por la heroína.

A la Movida la mayoría la vimos por la tele, como casi todos los grandes cambios. En la televisión pública triunfaban programas musicales como Tocata (más popular que el minoritario La Edad de Oro) que renovaban el más rancio Aplauso de los setenta, y cuya finalidad principal, ahora lo sabemos, era alimentar los Cachitos nostálgicos del futuro. Para los no tan jóvenes, los ochenta fueron los años dorados de la canción socialdemócrata: Serrat, Sabina o Miguel Ríos llenaban plazas de toros, mientras La puerta de Alcalá (Víctor y Ana) quedó para toda una generación como himno de la década. Pensaba enumerar grupos del entonces pujante pop español, pero la práctica totalidad siguen en activo cuarenta años después, con la excepción del más popular entonces: Mecano. Si te digo “no hay marcha en Nueva York”, tú me contestas “y los jamones son de York”. Te vas a pasar el día cantándola, ódiame.

Volviendo a la Movida, mientras copiábamos hombreras y cardados de aquellos artistas radicales ‘ma non troppo’ (algunos acabarían en la ultraderecha con el correr de los años) y queríamos ser chicas Almodóvar y dedicarnos a trabajos creativos (“¿Estudias o diseñas?”, era el chiste), vivíamos una revolución sexual (pese al SIDA), el divorcio y el aborto se normalizaban contra la resistencia de la derecha y de la iglesia católica, la homosexualidad asomaba del armario (a riesgo de recibir una paliza), a nuestras ciudades llegaban las primeras familias inmigrantes y también los primeros hipermercados o los restaurantes chinos. Los jóvenes seguían haciéndose hombres en la mili, las mujeres accedían a profesiones antes vetadas (las primeras policías), contábamos chistes sobre el recién creado IVA, y envidiábamos las vidas de ricos en culebrones como Falcon Crest.

Por aquella televisión pública desfilaban Jesús Hermida, Mercedes Milá, Pedro Ruiz, Rosa María Sardà, la Trinca, Juan Tamariz con su inolvidable “air-violin”, Torrebruno, Con las manos en la masa (te has puesto a cantar la sintonía, reconócelo), los “zero points” de Remedios Amaya en Eurovisión, Miguel Bosé con falda, y la mitificada La Clave de José Luis Balbín, donde señores hablaban de cosas serias (nada que ver con los tertulianos de hoy) mientras fumaban sin parar en una España que apestaba a Ducados en cines, autobuses y hospitales.

El fundido a negro de TVE el 14 de diciembre de 1988, en la huelga general , anticipó que bajo los grandes cambios crecía el malestar

En aquella tele cohesionadora vimos la muerte de Paquirri y a la Pantoja convertida en viuda de España, la victoria de Perico en el Tour y de Arantxa en Roland Garros, Lola Flores pidiendo una peseta a cada español, Camilo José Cela contando que podía absorber un litro de agua por el ano, Montserrat Caballé en extraño dúo con Freddy Mercury, Bárbara Rey y Ángel Cristo, los primeros pasos de un joven triunfador llamado Mario Conde y, por supuesto, a nuestra omnipresente Familia Real encabezada por un rey campechano al que respetábamos y queríamos. Y Felipe González, entonces un líder carismático, popular, de izquierdas y hasta guapo a ojos de unos votantes que le dieron tres mayorías absolutas.

Los ochenta son también la zona cero de toda la chatarra nostálgica que todavía hoy nos enternece: la generación EGB, ‘La Bola de Cristal’, ‘Barrio Sésamo’, la SuperPop y la Teleindiscreta, la serie V, el Un, dos, tres, la teta de Sabrina, las empanadillas de Martes y Trece, los anuncios que hoy seguimos canturreando (Tu primera colonia Chispas, Tenemos chica nueva en la oficina…), Naranjito, el 12-1 a Malta, la vajilla Duralex, el walkman y el VHS… Una década embellecida en el recuerdo, llena de conflictos sociales pero que hoy queremos recordar como despreocupada y hedonista, y que además remató con la caída del Muro y la promesa de un futuro mejor.

Ya que los ochenta los vimos en televisión, el quiebro de la década prodigiosa no pudo ser más simbólico: el fundido a negro de TVE el 14 de diciembre de 1988, la gran huelga general que paralizó el país como recordatorio de que, bajo esa superficie de grandes cambios, crecía el malestar.

Los 90

Póntelo, pónselo

A la sombra de los añorados y coloridos ochenta, los noventa parecen en el recuerdo una década gris. La Expo de Sevilla y los Juegos de Barcelona fueron el canto del cisne de la modernización: ahora sí que éramos del todo europeos, incluso estrenamos el AVE, que nos hacía parecer un país rico. Pero la resaca de los grandes eventos fue tremenda: crisis económica y corrupción con un gobierno socialista en descomposición y una sociedad que parecía agotar su empuje transformador. Hasta la revolución sexual parecía acabada, pese a que los noventa arrancaron con el ‘Póntelo, pónselo’ con que el gobierno escandalizaba otra vez a derecha e iglesia católica (nunca fallan) repartiendo preservativos a los jóvenes. Unos jóvenes que escuchaban la llamada de la legendaria Ruta del Bakalao, demonizada por los medios. Otros se hacían okupas, movimiento de gran fuerza, o se alistaban en una tribu en auge: los skinheads, nazis rapados que salían de cacería los fines de semana.

La modernidad llegaba por el lado tecnológico: no nos cabían en el bolso los primeros teléfonos móviles (ni podíamos llamar por lo elevado de la factura), y entraban en nuestras casas las prehistóricas conexiones al todavía misterioso Internet (aquellos modems cuyo ruidito tienes ahora en la cabeza, lo sé). Apenas nos servía para enviar correos, Google no existía (teníamos un buscador llamado Olé), ni redes sociales para difundir memes y bulos. Eso no impidió que convirtiésemos en meme cualquier anuncio (“hola, soy Edu, feliz navidad”), o echase a rodar el mayor bulo de nuestra historia reciente, protagonizado por el cantante Ricky Martin, un perro y un tarro de mermelada.

La televisión seguía siendo nuestra ventana, ahora ampliada con las primeras cadenas privadas: Telecinco, Antena 3 y un Canal Plus al alcance de unos pocos (otros se dejaban los ojos viendo porno codificado). La riqueza y pluralidad de las nuevas teles se confirmaron pronto: las Mama Chicho nos daban las buenas noches, Jesús Gil tenía programa propio, el fútbol era de pago, nos enganchábamos a culebrones latinoamericanos (sí, yo también vi Cristal), y descubrimos la televisión basura: el fundacional ‘Tómbola’, Pepe Navarro y Javier Sardá compitiendo por escandalizar, la infame “máquina de la verdad” de Julián Lago, o el morbo que alimentó la caza de brujas contra homosexuales famosos del ‘Caso Arny’, mientras Nieves Herrero cruzaba todas las líneas rojas con la cobertura del asesinato de las niñas de Alcàsser.

Por el lado más amable son los años de Chiquito de la Calzada y Carlos Arguiñano, Rafaella Carrá y el telecupón de Carmen Sevilla, Farmacia de guardia y Médico de familia reuniendo a las audiencias en un tiempo anterior a las plataformas, o los primeros programas del inmortal Jordi Hurtado. Y por supuesto las bodas reales, que prolongaban el idilio entre los españoles y la Familia Real: las infantas se casaban con pompa, una de ellas con un rubio jugador de balonmano de cuyo nombre no quiero acordarme.

Paco Lobatón buscaba a desaparecidos en ‘Quién sabe dónde’, mientras un terror más cotidiano se asomaba por primera vez a los hogares desde la televisión: la violencia machista, con la confesión de Ana Orantes, quemada viva por su exmarido días después. Su asesinato fue el germen de cambios legales para proteger a las víctimas. La terrible muerte de Orantes, los detalles espeluznantes del triple asesinato de Alcàsser con la fantasmal huida de Antonio Anglés, y la cruel ejecución de Miguel Ángel Blanco por ETA, conmocionaron a una España deprimida económica y socialmente. Así llegamos al final del siglo, pidiendo la hora para que acabase la década y llegase el esperadísimo año 2000.

Los 2000

Un euro, 166 pesetas

El siglo XXI empezó con dos sobresaltos, uno de broma y otro terrible. El primero, el ‘Efecto 2000’, el fin del mundo que temimos hasta minutos antes de comernos las uvas, y solo respiramos aliviados (y hasta un poco decepcionados) cuando comprobamos que no se apagaban los semáforos, ni se bloqueaban los cajeros ni caían los aviones en vuelo. El segundo susto, inesperado y terrorífico, derribó las Torres Gemelas en directo (en el telediario, mientras comíamos) e inauguró un tiempo oscuro y violento, que en España tuvo su coletazo mortal el 11-M de 2004. “Pásalo”.

En la primera década del siglo echamos muchas cuentas: para pasar a pesetas los euros y para tasar mentalmente nuestras viviendas

Otro mundo se esfumó, un mundo económico pero también popular: la España de la peseta. “Un euro, 166 pesetas”, recordamos los que tenemos ya una edad. Nos pasamos la década calculando mentalmente de pesetas a euros, redondeando para facilitar la operación, aunque el verdadero redondeo fue el de unos precios que nos empobrecieron. Tras ser incondicionalmente europeístas, empezábamos a desencantarnos de una Europa que mostraba su rostro más neoliberal.

En esta primera década del siglo echamos muchas cuentas: no solo para pasar a pesetas los nuevos euros, también para tasar mentalmente nuestras viviendas que no dejaban de subir (nos contábamos una y otra vez el cuento de la lechera), recalcular la hipoteca en plena burbuja, o intentar entender cantidades astronómicas con la crisis financiera global que venía.

Mientras no nos alcanzaba la crisis, nos dimos el gusto de conquistar derechos como el matrimonio homosexual (con la oposición, oh sorpresa, de la derecha y la iglesia católica), y una parte de la cultura vivió un romance con el Gobierno Zapatero, los artistas de “la ceja”: ahí empieza la culturofobia de la derecha. El entonces príncipe Felipe se casó con una periodista, y dejamos de fumar en bares y espacios públicos cerrados. Pocos cambios tan radicales en lo que a usos y costumbres se refiere.

Mientras esperábamos el estallido de la burbuja, nos distraíamos con los muchos canales de la TDT. El mundo de ayer se derrumbaba entre la “guerra contra el terrorismo” y la crisis global, y nosotros nos atontábamos con realities y talent shows, formatos triunfantes junto a las nacientes tertulias políticas. Tiempo de ‘Gran Hermano’ y ‘Operación Triunfo’, las primeras mañanas de Ana Rosa, fútbol diario y comedias para pasar el mal trago social (7 vidas, Los Serrano o Aquí no hay quien viva). Además, nos acostumbrábamos a algo que durante todo el siglo XX había sido una excentricidad: deportistas españoles triunfando en competiciones internacionales, de Nadal a Fernando Alonso pasando por las selecciones de fútbol y baloncesto.

Algunos se evadían de la fea realidad con atracones de películas pirateadas (quién se acuerda de aquel eMule), en un tiempo en que se nos decía que la gente nunca pagaría por ver cine o series pudiendo conseguirlas gratis. Ah, y en esos años apareció la familia Alcántara en TVE, contándonos una versión edulcorada de nuestra historia reciente, en un tiempo en que el espanto presente (la serie Cuéntame se estrenó el 13 de septiembre de 2001, con las Torres Gemelas humeantes) nos empujaba a refugiarnos en la nostalgia del pasado.

Los 2010

Un país de tertulianos

Crisis era la palabra más repetida en la segunda década del siglo. Todo entró en crisis: la economía, el empleo, numerosos sectores y empresas, la banca, la vivienda, el periodismo, la cultura, el Estado autonómico, el bipartidismo, la democracia y hasta la monarquía, con el rey borboneando a lo loco. El idilio del pueblo español con don Juan Carlos terminó en la mayor de las decepciones, el episodio de Botsuana (“Lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir”) y la posterior abdicación. No solo el rey, también su familia, caída en desgracia desde el caso Nóos que afectaba a aquel rubio jugador de balonmano que un día nos enamoró.

La democracia española acusaba fatiga de materiales. Hacía aguas por todos lados, y mirábamos al pasado con otros ojos: hasta la sacrosanta Transición empezó a ser cuestionada, sobre todo por los más jóvenes que se sentían estafados, llamados a ser “generación perdida”, “generación de la crisis” o “la primera generación que vivirá peor que sus padres”.

Años en que la sociedad parecía sacudirse una modorra de décadas y volver a interesarse por la política (el 15-M, aparecía Podemos, que en pocos años pateó el tablero político pero también la estética democrática. Solo unos años antes habíamos visto al presidente del Congreso (José Bono) regañar a un ministro (Miguel Sebastián) por quitarse la corbata, ahora la política se llenaba de gente corriente con aspecto de venir de la facultad, para felicidad de algunos y espanto de otros. Las mujeres, sobre todo las más jóvenes, convertían el feminismo en el movimiento transformador más fuerte de la década. También los balcones se llenaron de banderas de España.

Los 10 terminaron con un gesto tardío, pero altamente simbólico para la joven democracia: la salida de Franco del Valle de Cuelgamuros 

Normal que las televisiones apostasen por la política-entretenimiento, multiplicando tertulias a primera hora, media mañana, mediodía, tarde, noche y fines de semana, mientras los españoles tertulianeábamos en las nacientes redes sociales, que llegaron para transformar la conversación pública: aún esperábamos que Twitter o Facebook se convirtiesen en ágora democrática, plaza pública, espacio de encuentro y diálogo para organizar movilizaciones, compartir la creatividad, hacer amigos… No te rías, anda.

En el televisor ya no nos cabían más canales cuando irrumpieron las plataformas, convirtiendo el ver la tele de toda la vida en un acto cultural y exento de culpa: era la edad de oro de las series, acuérdate. Resultado: cada vez pasábamos más horas delante de pantallas, ya fueran de televisión (viendo tertulias y debates electorales, pero también Masterchef, First Dates o Amar en tiempos revueltos), plataformas (La casa de papel, entre nosotros) o redes sociales. O en Tinder y otras apps de citas que transformaron también nuestra manera de ligar.

La década terminó con un gesto tardío pero altamente simbólico para la joven democracia: la salida de Franco del Valle de Cuelgamuros.

Los 2020

¿Qué quedará de esta década?

Y así llegamos a la década actual, cuya memoria sentimental todavía no podemos atesorar por falta de distancia. Dentro de unos años seguramente recordaremos la pandemia, los aplausos en el balcón o a Fernando Simón. Contaremos los maratones de series que nos metíamos cada fin de semana, la locura de los grandes conciertos y festivales, la turismofobia y la crisis de vivienda que obliga a los divorciados a seguir conviviendo. Veremos en qué queda el “nuevo punk” de los jóvenes seducidos por la ultraderecha. No sabremos a dónde mirar para señalar referencias musicales compartidas, en tiempos de fragmentación de audiencias y consumo bulímico en Spotify. Hablaremos de youtubers y tiktokers, de adicciones digitales, del porno generalizado, de algún fenómeno social que no haya sido el enésimo vaticinio de suplemento dominical. Haremos recuento de monstruos y juguetes rotos. Recopilaremos memes y bulos, y señalaremos el miedo a la Inteligencia Artificial. Pero mira, este artículo no lo podría haber escrito una IA, porque en eso tampoco es inteligente: no tiene memoria sentimental. Yo sí, y tú también.