Cosecha azul

De repente, de un tiempo a esta parte, pareciera que el género policial se ha adueñado del relato político. Resignados al imperio de los mercados en la narración oficial, esta ha sido desplazada por una trama que cada vez se parece más a la urdida por Dashiel Hammet en Cosecha Roja.

El género negro se inicia en plena revolución industrial, con Edgar Allan Poe, y es coetáneo del capitalismo, hecho nada casual ya que el dinero y la ambición de poder son los motores de estos relatos.

El caso Bárcenas, el caso Blesa o la trama Gürtel no son otra cosa que historias concebidas al amparo del dinero –negro como su relato– y su exposición pública es una manifestación de poder o, mejor, de la defensa de ese poder.

En Cosecha Roja por primera vez aparecen los diálogos cortos y secos, posiblemente influenciados por el cine ya que la obra se puede leer como un guión. Hoy podríamos decir que ese estilo está volcado en los miles de correos electrónicos que van y vienen sin dejar prácticamente a ningún personaje fuera.

En la novela de Hammet el equilibrio de todos los matones de la ciudad, incluidas las autoridades, se desbarata cuando entran en colisión sus intereses y el enfrentamiento deja un reguero de muertos y un río de sangre que da título a la obra.

Correos, filtraciones, confidencias y demás gestos son los que se ponen en marcha en lugar de balas para atacarse entre los distintos sectores del Partido Popular. La ciudad donde transcurre la acción de Cosecha Roja se llama Personville y el detective que llega allí para tomar cartas en el asunto la bautiza como Poisonville, es decir la villa del veneno. Teniendo en cuenta que Moncloa, la FAES, la sede partidaria de la calle Génova y la presidencia de la Comunidad, usinas y gargantas profundas de la artillería de unos contra otros, tienen lugar en la Villa y Corte, podríamos volver al barroco y llamarle Mentidero de la Villa, dado el tráfico desmedido de denuncias y el envenenamiento mediático de unos contra otros.

Pero hay una diferencia de peso entre esta realidad y la novela. En esta es el detective quien consigue con astucia y empecinamiento personal que los mafiosos se enfrenten entre sí para llegar a su aniquilamiento. En el partido de la gaviota azul el relato se hace torpe y expone la oquedad de sus protagonistas, ya que el exterminio es una reacción espontánea para anular al oponente sin medir las consecuencias de que la batalla los puede llevar a la disolución mutua. Pareciera que, a simple vista, se trata solo de una explosión controlada en la que el sistema judicial, que forma parte del juego, mantiene cierto orden y la supervivencia de las facciones. Quitarle la causa al juez Silva o la negación de que los correos de Miguel Blesa sean válidos por considerarlos íntimos y no corporativos, parece indicar ese perfil. Pero el asunto no es tan simple.

Edipo Rey es el primer policial o su antecedente trágico y, la resolución de esa trama se alcanza cuando Edipo queda ciego. La moraleja es que la verdad tiene un precio y es la ceguera. Nosotros estamos accediendo a verdades todos los días, en este diario y en otros medios porque, indudablemente, sus protagonistas están ciegos y su enfrentamiento no responde a otra cosa que el exterminio del oponente.

No estamos, como especulábamos al principio, ante un relato policial que, en definitiva, busca redención. Menos aún una tragedia griega, en la que, como es sabido, el público asistía conociendo el argumento y el placer era presenciar un modo de representarla no visto. Estamos, quizás producto del tiempo en el que vivimos, ante un videojuego. Se trata de aniquilar al bando contrario con reflejos y no con el pensamiento. Normalmente en estos juegos queda un solo sobreviviente, el que consigue matar a todos sus oponentes y soporta la muerte de la totalidad de sus compañeros de lucha.

Un solitario superviviente, en medio de una tierra arrasada, en la pantalla de plasma. La misma que suele utilizar el presidente Rajoy.

Si yo fuera él, me lo pensaría.